Dicen que en el semblante de Víctor Valdés se dibuja el rostro eterno de la contrariedad, aunque desde mi punto de vista y conociendo su historia, creo que el prisma correcto desde el que más acertadamente se le definiría, sería el del rostro eterno del guardameta enfadado. Y es que Víctor nunca quiso ser portero, comenzó con tan solo ocho años y fue su hermano quien le hizo jugar por primera vez. Este solía jugar en la puerta de casa y utilizaba a Víctor porque necesitaba a alguien al que chutarle el balón. Fue entonces cuando comprobó que tenía buenas condiciones y recomendó al entrenador del Sant Esteve Sesrovires – equipo en el que jugaba- que le probara en la portería.

Víctor tenía aptitudes y en su interior permanecía latente, aunque dormido, el alma de un grandísimo portero. No se sentía guardameta, estaba incómodo, cada fin de semana recibía siete u ocho goles y según ha contado él mismo, hasta los dieciocho años fue más un sufrimiento que una diversión.  Ser portero no es fácil y Víctor y su historia dan buena fe de ello. El sufrimiento seca los huesos, desnuda el alma y humedece la vida y llegó un momento en el que Víctor decidió dejar de sufrir. Desoyendo los consejos de los técnicos que le rodeaban y veían en él a un portero de futuro, llegó a plantarse y asegurar que no iba a jugar más. Fue entonces cuando un psicólogo cambió el curso de su carrera y su futuro, aquella terapia le hizo ver las cosas de otra manera, a través de la cual comenzó a disfrutar de su profesión.

En la temporada 2002/03 aquel chaval que no quería ser portero comenzó a sentirse guardameta, pero aún le quedaba por superar el reto más complicado de su carrera. Para aquel entonces, Víctor sabía ya hacia donde iba, y lo afrontaba con total seguridad y la mayor  pasión. Víctor encontró un sitio en el primer equipo alternando sus apariciones con el argentino Roberto Bonano y Van Gaal le hizo debutar en Liga ante el Atlético de Madrid.

Desde entonces su crecimiento resultó exponencial y el mérito acumulado muy grande, puesto que tras unos inicios titubeantes en los que por algún que otro error puntual se discutió su capacidad como guardameta, Víctor fue consciente de la enorme presión que conlleva ser portero del Barça. Fue complicado, pero el alma de gran guardameta que permanecía latente y aletargado en su interior, había despertado para no marcharse jamás. En aquellos momentos  demostró la que sin duda se convirtió en su mejor virtud: su instinto de superación, aquella capacidad que tienen los grandes guardametas para sobreponerse a los momentos difíciles.

Sobre esa base Víctor logró silenciar muchas bocas, demostrando que era el guardameta idóneo para el Barcelona y uno de los mejores guardametas del fútbol español.  El joven portero de Hospitalet se consagró en la portería de la mano de Frank Rijkaard y se convirtió en pieza clave del conjunto de Pep Guardiola. Cada año, cada curso, y cada temporada que pasaba, a su espectacular aguante en el mano a mano, sumaba calidad y naturalidad en el juego con los pies, concentración y reacción en el desarrollo del mismo, y seguridad en las salidas y reflejos bajo palos.

Su evolución fue fantástica, pues hoy sus manos son realmente fiables, manos de la casa, manos de portero, de una gente especial, de una pasta distinta al resto de los futbolistas, acostumbrados a vivir de forma constante sobre la delgada línea que separa el éxito del fracaso. Por ello nunca olvidará aquella temporada 2005/06 en la que Frank Rijkaard le convirtió en portero del Barcelona, tal y como Víctor reconoce, pues el técnico holandés mantuvo su confianza en él cuando sus errores levantaron el murmullo de la grada y la duda de la prensa.

Todo acabó un 17 de mayo de 2006 en París, fecha bordada en oro sobre su calendario vital y en la que Víctor se convirtió en pieza esencial de una legendaria victoria. Cuando el árbitro pitó el final, Valdés salió esprintando hacia el banquillo, se abrazó con Frank y le dijo lo siguiente: ‘Apostaste por mí y no te has equivocado. Somos campeones de Europa’. Es más, desde entonces Víctor no tiene la menor duda en asegurar: “Sin Rijkaard yo no sería portero del Barça”. En aquel abrazo quedó representada la foto de su carrera.

Una carrera que con Pep Guardiola encontró la consagración y el éxito, los títulos, los mejores años. Y es que son 74 los guardametas que el Barcelona ha tenido a lo largo de su historia, en la que Víctor Valdés ocupa un lugar muy destacado. De ellos tan solo cuatro han conseguido superar la barrera de los 200 partidos: Andoni Zubizarreta, Antoni Ramallets, Salvador Sadurní y Víctor Valdés, y de entre estos cuatro grandes, únicamente Víctor ha conseguido dos Copas de Europa y tiene ante sí la posibilidad de conseguir una tercera.  En un escenario que recuerda desde pequeño,  y una fecha que nunca olvidará: 20 de mayo de 1992, cuando el ‘Dream Team’ coronaba su sueño en Wembley, y Víctor lo vivía intensamente en Terrasa, en el bar de su padre, vibrando junto a los aficionados.

La del sábado 28 será la tercera final para el de Hospitalet, para aquel chico de gesto contrariado que dejó de sufrir, pero que mantuvo para siempre aquella pose eterna de enfado bajo palos. Un portero que nunca poseerá la garra de Puyol, la clase de Piqué, la maestría e inteligencia de Xavi, la intangible magia de Iniesta, la rapidez de Pedro, el gol de Villa o la genialidad de Messi.  Aquel personaje que al fondo, en el rincón del gol y la soledad, disfruta viéndoles jugar, interviniendo tan solo para salvarlos. Ese sobre el que nunca recaerán los agasajos, ni al que jamás apuntarán los focos, pero aquel sin el que ninguno de ellos hubiera sido campeón, pues en los guantes de Víctor reside un porcentaje muy alto de los títulos y especialmente de las dos Copas de Europa que el Barcelona consiguió en la romántica París y Roma la eterna.

En Wembley le aguarda el éxito o el fracaso pero sobre todo la leyenda…

Mariano Jesús Camacho.