Mario Benedetti, escritor y poeta uruguayo integrante de la Generación del ’45 fue confeso hincha de Nacional. Su poesía llegó al corazón de la gente tanto por su calidad como por la sencillez de su lenguaje. Autor de uno de los cuentos más célebres de la literatura futbolística llegó a ejercer como periodista deportivo durante sus inicios. Su pluma deslizó por el papel legendario la raíz trágica, el drama del fútbol y la soledad del perdedor. Para el recuerdo su genial “Puntero izquierdo”, y entre sus recuerdos aquellos años cuarenta en los que como periodista deportivo cubrió los partidos de Nacional o Peñarol.  Bajo el pseudónimo de Mario Fino escribía crónicas en tono humorístico sobre lo que presenciaba en el estadio Centenario de Montevideo.En la imborrable línea literaria que trazaron las musas de sus recuerdos futbolísticos, su infancia, su padre Brenno y Tuacarembó, lugar en el que con solo cuatro años y la vieja radio de su padre, siguió  el campeonato olímpico obtenido por Uruguay en 1924 en Colombes, París.  También la leyenda, cuando cuatro años más tarde, ya en Montevideo,  siguió las incidencias de la selección charrúa en los JJOO de Ámsterdam, desde la plaza Libertad, a través de unas pizarras. Los recuerdos esféricos de un literato que vibró con dos títulos mundiales que navegaron por el ancho estuario del Río de La Plata sobre el que fue germinando el fútbol del doce y a cuyas orillas crecieron grandes genios del fútbol uruguayo. Sus ídolos, sus musas futbolísticas: Pepe Schiaffino, José Nazassi, Pedro Petrone y Héctor Scarone.

La musas de un fútbol que dominó y mostró al mundo en sus inicios su talento racial, el fútbol de la costa Noreste del Río de La Plata, aquel que inspiró a Mario Benedetti a escribir estas líneas:  “El césped. Desde la tribuna, es un tapete verde. Liso, rectangular, aterciopelado, estimulante. Desde la tribuna quizás, crean que, con semejante alfombra, es imposible errar un gol y mucho menos errar un pase”.

Unas líneas con las que el escritor uruguayo introdujo al lector a su genial cuento titulado “El césped” y en el que nuevamente abordó la raíz trágica de este deporte. Tan atrayente y aparentemente sencillo, pero tras el que subyace un enorme grado de dificultad e historias amargas.  Quizás por ello Mario Benedetti  situaba a Héctor Pedro Rasquetita’ Scarone en uno de los pedestales que conformaron sus recuerdos de niñez. Y es que aquel chaval que entreveraba en las pachangas de los terrenos baldíos, al lado de la Capilla de Arroyo Seco, hizo creer a la gente que jugar al fútbol era fácil y que sobre semejante alfombra era imposible errar un gol y mucho menos un pase. Scarone conocía el secreto de la magia, sobre los cordones de sus botas brotaba el malabar y se anudaba la leyenda. Siendo un niño se divertía haciendo pasar la pelota por un agujero (de no más de 60 centímetros de diámetro) en un alambrado.

Desde su debut con Nacional en 1916, el ‘Mago’ Scarone encontró en aquel aterciopelado y estimulante césped, el escenario idóneo para ofrecer y fabricar espectáculo. Scarone tenía 19 años y en aquel Nacional al que llegó la figura era un ariete apodado “El rasqueta”, Carlos Scarone, su hermano mayor. Por ello en sus inicios fue apodado “El rasquetita”. Jugaron juntos casi diez años en el equipo tricolor, obteniendo seis ligas conjuntamente, además de la Copa América de 1917. Pero el tiempo opacó la figura de Carlos ante la de Héctor, que después de la retirada de su hermano obtuvo otra Liga Uruguaya más, tres Copas América, dos oros olímpicos y un Mundial.

Un adelantado a su época, un genio creador, no en vano afirman los historiadores del fútbol uruguayo que aquellas mágicas paredes que se atribuyen a la también mágica dupla compuesta por Coutinho y Pelé, fueron inventadas cuarenta años antes por la dupla Cea-Scarone. Como recuerdo aquella jugada conocida como “Tuya, Héctor“, y que quedó grabada en forma de placa en el Estadio Centenario, leyenda del “Bolso”, de Nacional, equipo en el que jugó 24 años. La jugada en cuestión, rompió la igualada en el minuto 20 de la segunda mitad de la final de los JJOO de Amsterdam ante Argentina. Iniciada con un regate de Tito Borjas, un pase a Scarone y un gritó legendario: “¡Tuya, Héctor!”. Scarone recibió el balón y anotó el gol que le dio el segundo oro olímpico a Uruguay

“El Mago” además era un consumado cabeceador, pese a su corta estatura, su gran secreto aparte de marcar los tiempos en el remate de manera perfecta, residía en su capacidad única para mantenerse suspendido en el aire. En derredor de su figura se construye la memoria hablada de sus coetáneos y se desborda la imaginación de aquellos que transmitieron sus hazañas con una pelota. Cuentan que en una ocasión durante un entrenamiento en Parque Central, protagonizó una anécdota legendaria: En un momento de descanso, encontrándose un dirigente de Nacional charlando con un particular sobre un costado del terreno de juego, llama a Héctor y le dice:

-Le aposté a este señor que si le tirás ese rancho de paja que puse sobre el palo del córner, vos no le errás.

-Y … a lo mejor, dice Scarone.

Estando a más de diez metros del palo, paró la pelota, la acomodó y le pegó con una sutil caricia de su bota. No solamente le pegó al rancho de paja sino que el sombrero se elevó por un instante, permaneciendo arriba de la pelota, ante el asombro de los presentes. Un futbolista del que cuentan en Uruguay que entrenaba su puntería chutando contra botellas a 30 metros de distancia. Llegó tan lejos su leyenda que aún a día de hoy se defiende que más de medio siglo antes que Ronaldinho, Scarone logró la hazaña de enviar el balón contra el asiento de la fila 1, recogerlo al rebote, volver a rematar contra un asiento de la fila 2, luego uno de la 3, y así sucesivamente hasta la 40, sin que la pelota tocara el suelo. Una leyenda que pertenece al aura místico de sus celestiales malabares, aquellos de los que no quedaron testimonios gráficos.

Cuentan que su fútbol estaba rodeado por un halo enigmático puesto que no se sabía por donde podía salir, su amplia gama de recursos le convertían en único. Se desempeñaba en la posición de “entreala izquierdo”, la jugaba con ambas piernas, llegó a ser considerado mejor jugador del mundo de la década de los veinte. Ricardo Zamora lo describió como “el símbolo del fútbol”; Meazza dijo de él que “fue el jugador más fantástico” que tuvo ocasión de ver.

Jamás falló un penalti, como dato curioso hay que destacar que llegó a vestir los colores azulgranas del Barcelona pero tras el advenimiento del profesionalismo en España, decidió abandonar el club catalán porque si firmaba contrato se complicaría la preparación para los Juegos Olímpicos de 1928 con Uruguay, y además, nunca volvería a jugar en Nacional. El club que llevaba en el corazón, aquel en el que se convirtió en leyenda e ídolo de todo un pueblo  que le profesó gran admiración. Un genio pero también un divo, por sus imprevisibles y caprichosas reacciones, que le llevaron a ser bautizado como “La Borelli”, prima donna de la época.

Regresó a Nacional y tras un año en Uruguay se marchó a evangelizar con la precisión de su golpeo las tierras italianas, en las que portó las camisetas del Inter y el Palermo.  En 1934 retornó por segunda vez a Nacional, donde obtuvo su octava Liga. Permaneció allí hasta 1939, cuando con 41 años decidió retirarse jugando en el Montevideo Wanderers.

Finalizaba así su indómita carrera, se difuminaba su magia por Parque Central. Comenzaba su leyenda, la de un futbolista de hazaña y un personaje de novela. El Gardel del fútbol, una de las musas esféricas que inspiraron y acercaron a Benedetti al fútbol. Aquel sobre el que a los pies de su tumba José Nasazzi, dijo: “Éramos jóvenes, éramos ganadores, estábamos unidos, creíamos que éramos indestructibles”. Y aquel sobre el que yo digo que su leyenda lo fue y eternamente lo será…

Mariano Jesús Camacho