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Con puntualidad suiza España acudió una vez a la llamada del destino para citarse con la historia y poner freno a una mestiza selección Suiza surgida de la inmigración y la biónica. Fruto de la inmigración balcánica, a través de los “Yugos“, y de la biónica a través del Centro de Alto Rendimiento de Lausana, lugar en el que tras un profundo análisis del funcionamiento real de los sistemas vivos, fueron diseñados y materializarlos en máquinas sus futbolistas.  Los Xherdan Shaqiri, Admir Mehmedi, Patjim Kasami, Amir Abrashi, Granit Xhaka, Daniel Pavlovic , Mario Gavranovic

Chavales transformados en relojes suizos, dotados de gran calidad técnica, precisión, fiabilidad, y resistencia, que en este Campeonato de Europa sub 21 habían hecho pleno de victorias hasta cruzarse en su imparable y preciso camino a la gloria con la España de Milla, ‘La rojita’. Un equipo con la herencia del buen gusto por el fútbol, construido a imagen y semejanza de sus mayores, y con los mismos conceptos táctico-técnicos, aunque con otras piezas. Unos chicos que defendieron con mucha dignidad y otro gran éxito el estado de gracia y talento por el que atraviesa nuestro fútbol.

Aunque este nuevo éxito podría personalizarse en dos o tres nombres–como son los casos de Javi Martínez, Thiago y Adrián- sería tremendamente injusto dejar fuera al resto del equipo, pues el gran valor de esta selección española sub 21 ha radicado en la fuerza y el poder de su conjunto. El trabajo de equipo, el juego de combinación, la presión con y sin balón, la búsqueda del espacio y la circulación del balón.

 En el Aarhus Stadion de Dinamarca, lugar en el que España hace ya un tiempo encontró su identidad, los pequeños han cerrado el círculo, pues una vez más una selección rival de España ha optado por sacrificar el talento de Shaquiri o Xhaka, para competir abrazánsose a la pelea por la destrucción. Un entramado táctico con el que lo consiguió tan solo en parte, puesto que el talento y la magia siempre aguardan el momento idóneo y el mínimo resquicio para aparecer y establecer la diferencia.

Dicen que las finales no se juegan sino que se ganan y aunque España intentó en todo momento jugar, acabó ganándola gracias a dos momentos, dos instantes mágicos en los que consiguió parar el reloj. Primero se detuvo en la parabólica trayectoria del mágico centro de Didac –que nos hizo recordar a Míchel, legendario nº8 del Real Madrid, aunque en la otra banda- y en la certera y fulminante aparición desde la segunda línea de Ander Herrera, que con un cabezazo y a cuatro minutos del final de la primera mitad, comenzó a encarrilar la final. Instantes para la leyenda, para parar la maquinaria suiza y detener nuevamente el reloj. Un segundo instante en el que de la cabeza de Thiago, siempre maquinando e inventando, surgió una idea de genio y una acción celestial, un golpeo plano de empeine, rebosante de precisión y sutilidad, con el que desde unos 40 metros, sorprendió a Sommer y escenificó el gol del campeonato.

Aquel fue el  broche de oro a un gran Campeonato y a un grupo que nuevamente nos hizo felices y nos demostró que pese a que futbolistas como Iniesta, Casillas, Xavi, Silva difícilmente volveremos a ver más, si se tiene una idea, un estilo y una identidad, el camino hacia el éxito es más firme y la posibilidad del fracaso no asusta porque nuestro fútbol, por fin sabe de dónde viene y hacia el lugar al que va.

Volvamos a sincronizar nuestros relojes, pues aquel reloj que el pasado sábado se detuvo en el Aarhus Stadion sigue avanzando firme hacia nuestra próxima victoria.

Mariano Jesús Camacho