Sobre un campo de acianos, la flor azul que representa el amor metafísico por lo infinito, la memoria eterna de un grupo de bosteros que rechazan y se resisten al olvido, han hecho posible que junto a la estela de bronce de un diez incorpóreo como Diego, la figura de otro diez permanezca para siempre en las entrañas del templo boquense. Nacido para la claridad, para la leyenda, para el fútbol y para ser bostero, de sus pies fértiles surgieron racimos amarillos que reposan en el inconsciente colectivo del barrio de La Boca.

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