Viajar a la Región Toscana de Italia y repasar la historia e incomparable belleza de sus estatuas y monumentos haciendo únicamente referencia a uno de los grandes ídolos del calcio, solo puede corresponder a una falta grave de sensibilidad por la historia y la cultura. Especialmente porque en la incomparable Florencia, cuna del arte, se vivió la época más grandiosa del Renacimiento y el Humanismo. En ella grandes genios como Leonardo da Vinci y Miguel Ángel dejaron testamento vital de su grandeza e inspiración a través de sus obras.

La Florencia renacentista es la Atenas del esplendor griego, es Ponte Vecchio el pantanoso y verde caudal de Río Arno, es la Piazza del Duomo y su imponente catedral, una de las mayores del mundo, es el baptisterio de San Juan con sus puertas de Pisano y de Ghiberti, la situada al Este llamada por Miguel Ángel como la puerta del paraíso y considerada como una de las mayores joyas del renacimiento. Florencia es la iglesia de San Lorenzo, la iglesia de los Médicis, aquella en la que Miguel Ángel hizo brotar del mármol figuras que según el maestro permanecían escondidas en el interior de la piedra. El conjunto arquitectónico y las magníficas esculturas de la noche y el día, con las que el maestro de Caprese honró el túmulo funerario de Lorenzo de Médici. Es también el Palacio degli Uffizi, lugar en el que el arte y la historia se funden en una de las pinacotecas más importantes del mundo. Y Florencia, cómo no, es la Galería de la Accademia de Florencia, donde una estatua maravillosa de unos cinco metros nos muestra la obra cumbre de la escultura renacentista: El David de Miguel Ángel.

Por todo ello relatar una historia sobre estatuas y arte Florentino haciendo referencia únicamente a Gabriel Omar Batistuta, uno de los mayores ídolos de la historia de la Associazione Calcio Firenze Fiorentina,  solo podría corresponder a una inexcusable herejía artística. De ahí la introducción artística, pues en esencia la escultura y el escultor siempre han perseguido la finalidad de expresar en piedra tanto la historia como la poderosa presencia física del héroe y su leyenda. Y aquel que fuera bautizado en su época de militancia en “la Viola” florentina, como “Bati-gol”, constituye una fiel representación de todo ello.

 Italia en esencia es historia, es arte y una infinita galería de estatuas, en las que reside una parte de la historia de la humanidad. Quizás por ello encuentro especial relevancia en el hecho de que Batistuta, cual emperador, sea uno de los pocos futbolistas –el único creo- que encontró un lugar de bronce entre las inmortales estatuas de piedra y mármol de un país tan fascinante como aquel. Y a Gabi Batistuta corresponde el citado honor desde que un grupo de aficionados de la Fiore decidieron convertirle en eterno encargando la realización de una estatua que hoy se puede contemplar en la Curva Fiésiole, en el estadio Artemio Franchi.

Cuentan que en aquella curva, junto a la figura que celebra un nuevo gol asido al banderín, reside su biografía deportiva y vital, aquella que se inicia un 1 de febrero de 1969, en Reconquista, Provincia de Santa Fe, Argentina. La historia de una gran batalla que se inicia cuando su padre con buen razonamiento prefiere que estudie a que sea jugador. También la historia de pequeñas batallas con las que consiguió ganar una gran guerra. Su ingreso en Platense y su posterior formación en las inferiores de Newell’s Old Boys de Rosario, donde el incipiente talento de un romperredes de raza fue descubierto por Jorge Griffa y logró hacerse un hueco para jugar una temporada en la primera del club rosarino. Club del que salió con destino a River Plate tras brillar en un torneo disputado en Inglaterra junto a equipos de la talla del United, River, Milan y Juventus.

Entonces lo que paradójicamente pudo convertirse en un decisivo salto en su carrera acabó resolviéndose en un paso atrás, puesto que Daniel Passarella por entonces técnico de River no era partidario del estilo de juego del futbolista de Reconquista. Curiosamente cuentan que con aquel pasó atrás que le sacó de River, se estableció un puente de plata entre Batistuta y el equipo de sus sueños: Boca. Y es que en los más profundo de su interior residía el alma xeneize y bostero de un seguidor confeso de la azul y oro.

En el club de la Ribera logró por fin brillar y encontrar su lugar en el fútbol, en su primera temporada jugó 29 partidos y firmó trece goles que le sirvieron para conquistar el Torneo Apertura y ser citado para la Copa de América de 1991 disputada en Chile. En aquel torneo y con la camiseta albiceleste de la selección dirigida por Basile, se mostró al mundo y por extensión al mercado futbolístico europeo.

Fruto de ello se resolvió su pase a la Fiorentina, y a su llegada a Italia, necesitó un periodo de adaptación para consolidarse en el Calcio y el fútbol europeo. Gabi lo pasó mal y la Fiore llegó incluso a perder la categoría, pero una vez más aprovechó un paso atrás para coger el impulso necesario como para alzar el vuelo y planear por la leyenda inmortal de la historia de Florencia.

Batistuta sacó con sus remates a la Fiore del infierno de la serie B y reconquistó los corazones de los tifosi viola. La voracidad de su instinto goleador propició su consolidación junto a lo más granado del fútbol mundial. Pronto, Gabriel Omar Batistuta, fue bautizado por los tifosi como ‘Batigol’, y el ‘Rey León’, erigiéndose además como uno de los máximos goleadores extranjeros de todos los tiempos de dicha competición. Sus casi 300 goles con la Fiorentina así lo atestiguan.

Para el recuerdo viola quedará para siempre la Copa y la Supercopa italianas conquistadas en 1996 y los 26 goles con los que se convirtió en capo canioneri en la temporada 1994-1995, en cuyo transcurso llegó a marcar durante 11 partidos consecutivos. Fueron nueve años inolvidables en los que los implacables derechazos de Batistuta levantaron las gradas del Stadio Comunale Artemio Franchi.

Así hasta el año 2000, en el que el ‘Rey León’ de Florencia dijo adiós a la cuna del arte para dejar su huella en Roma la eterna. Y en la eternidad de Roma y su curva Sud, obtuvo lo que le faltaba: el codiciado Scudetto del Calcio. La ‘Fiore’ ingresó 35 millones de dólares y Batistuta llegó al Olímpico de Roma, para formar un equipo memorable junto a Totti y Montella, y Fabio Capello en el banquillo que le dio al conjunto romano un título que el club no lograba desde 1982. ‘Batigol’, como siempre, contribuyó con el patrimonio esencial de su fútbol: 20 goles.

Tres temporadas estuvo en Roma y en 2003 probó un nuevo cambio de aires al firmar por el Inter de Milan, pero las cosas no le fueron bien, por lo que decidió vivir los últimos años de su carrera en el Al Arabi de Qatar. Allá donde además de ganar mucha plata hizo muchos goles (fue el máximo anotador de la temporada 2003/2004, con 26). Y fue en las ardientes arenas qataríes donde el 13 de marzo de 2005, puso fin a su carrera con la conquista del Campeonato.

Atrás quedaba su poderosa y terrible zancada, su temible y devastador golpeo de diestra, el de un goleador de leyenda que defendió y portó la casaca albiceslete en 73 ocasiones, una segunda piel para Batistuta. Con 53 goles máximo goleador de la albiceleste y también mejor artillero que ha tenido Argentina en los mundiales (10 goles). El número ‘9’ de Argentina que conquistó dos Copas América y disputó tres mundiales (Estados Unidos ‘94, Francia ‘98 y Corea y Japón ‘02).

No debe ser fácil ser héroe en el Stadio Comunale Artemio Franchi y, nada menos que un Dios en la memoria colectiva de los aficionados viola, mucho menos ser estatua en Florencia, pero Batigol lo consiguió. Por ello y como poseedor de tres de las 12 llaves de acceso a la antigua ciudad de Florencia, siempre le tendré presente en mi memoria como uno de aquellos emperadores futbolísticos que lograron trascender con sus goles a su propia leyenda.

Mariano Jesús Camacho