Escribió en una ocasión mi admirado García Márquez, que entre sus reflexiones sin base científica, pero con gran peso emocional, descubrió que las vocaciones y las aptitudes venían de nacimiento y que resultaba crucial saber identificarlas a tiempo para desarrollar con armonía, presteza y talento, nuestro crecimiento personal y profesional. Es más, el escritor colombiano defiende que se nace escritor, pintor o músico. Se nace con la vocación y en muchos casos con las condiciones físicas y el talento propicio para desarrollar determinadas actividades humanas. En ese sentido defiende que aprender es recordar y que nuestros destinos podrían ser mejores si alguien nos ayudara a descubrir a tiempo nuestra vocación y predisposición genética natural.

En la mayoría de los casos y por circunstancias sociales el citado talento natural no encuentra el adecuado cauce de expresión, por lo que acaba pasando inadvertido en el interior de muchos de nosotros, pero si ese talento o vocación encuentran el más mínimo resquicio de salida y acaba saliendo a flote, brilla con la intensidad e inmensidad de aquel que es feliz y creativo expresando aquello para lo que realmente nació.

Y esta pequeña gran historia que les voy a recordar es un buen ejemplo de todo ello, pues José Ribamar de Oliveira encontró en la figura de su padre (Sr.Cecilio) al involuntario descubridor de su talento natural. Nacido un 24 de septiembre en Croatá (interior de Maranhao) vino al mundo con un latente talento natural para el fútbol y la música. El pequeño José se sentía tremendamente atraído por el fútbol, por aquellas peladas que jugaba junto a sus amigos mientras su fino oído escuchaba acordes que luego interpretaba con un balón pegado a sus ajadas alpargatas. Algo le decía que encontraría la Rosa de los vientos de su destino a través del arte, bien por el camino musical o deportivo, pero su padre, el Sr.Cecilio, pensaba que su hijo merecía un futuro mejor que el que él había tenido y estaba plenamente convencido que había nacido para ser médico. Por ello y pensando en su futuro dedicó gran parte de su esfuerzo diario en que José estudiara, aunque empleando métodos un tanto drásticos que acabaron por convertirle en descubridor involuntario del talento natural de su hijo.

Cuentan los archivos biográficos de José Ribamar que su padre le ataba la pierna derecha (la que era su pierna buena) a la mesa para que estudiara, y así evitar que su garoto se marchará a jugar al fútbol en el Caroaté (equipo de su barrio). A través de aquella medida represora, la creatividad de José encontró su cauce de salida, pues usando bolas de papel y tapones de garrafas, se dedicaba a hacer toques con su pierna izquierda llegando a adquirir un control sublime de la pelota.

La leyenda de canhoto (zurdo), Canhoteiro había nacido para brillar con toda su inmensidad. Aquella medida del Sr.Cecilio propició el nacimiento futbolístico del que cuentan que fue el mejor extremo zurdo de la historia del fútbol brasileño, aquel por el que Mestre Ziza sentía profunda admiración. Un garoto sublime que comenzó su carrera en Paysandú de San Luis y fue descubierto en Ceará por un ojeador de Sao Paulo, que se lo llevó a probar al conjunto tricolor. Allí le esperaba el zaguero Turçäo, que siguiendo las instrucciones técnicas de su entrenador, sometió a un férreo marcaje a ese descarado zurdito de canelas finas al que no pudo parar.  “¿Qué le voy a hacer? Es bueno y rápido. Es bueno porque me regatea con la cintura, y es rápido porque ni siquiera me ha dejado pegarle alguna patada. Que lo fichen

La exhibición de fútbol fue de tal calibre que la unanimidad fue absoluta a la hora de cerrar su contratación. Pacaembú primero y Morumbi después abrieron las puertas de su historia a un chico de 1,67 m y 61 kilos de peso, que hizo feliz a la torcida divirtiéndose sobre el terreno de juego. De personalidad muy extrovertida, Canhoteiro no concebía la vida sin el arte, la expresión y sobre todo la diversión, antes de ser profesional fue camionero de día y músico de noche mientras seguía haciendo diabluras con un balón.

Canhoteiro era un genio de proporciones bíblicas, pero como todo genio tenía sus cosas, y es que como dicen no se le pueden poner fronteras al mar. José necesitaba del fútbol y la música, no podía vivir sin diversión y acostumbraba a escaparse de las concentraciones para vivir la noche y tocar la madrugada con una copa en la mano y los acordes de un violón.

Y en los viejos acordes de aquel violón descansa la armonía mágica de un extremo zurdo y puro bohemio que se ganó el apodo de “O Mago”,” Mandrake” y “Cantinflas”, por su increíble inventiva y capacidad para el desborde. Especialmente por un regate llamado “solavanco”, un quiebro asombroso con el que desparramó rivales por los suelos y precipitó defensas por el precipicio de la línea de cal izquierda. Un eléctrico golpe de cintura con el que salía para el lado contrario y que patentó magistralmente sembrando el terror y la admiración entre sus adversarios. El “solavanco” contribuyó a crear el mito, aquel sobre el que se construyeron acciones entre las que descansa su leyenda, como la que protagonizó ante el duro Idario, lateral diestro de Corinthians al que llegó a driblar hasta en catorce ocasiones  y catorce jugadas consecutivas.

Una acción tras la que se convirtió en su amigo y tras la que cuentan, llegó a un acuerdo con Canhoteiro para dejarse robar la bola en una de cada cuatro jugadas. No le podían parar, cuando tenía una tarde inspirada cuentan que Gino, delantero centro de Sao Paulo, se frotaba las manos y cargaba su remate de cabeza porque sabía que la pelota le iba llegar. Antoninho de Palmeiras le sufrió y padeció, llegando a lesionarse tras caer por las escaleras de Morumbi después de un regate eléctrico de Canhoteiro.

Era un tipo único, capaz de pedir que no le pasaran la pelota con tal de no humillar más al rival. Su grandeza es equiparable a la de las máximas leyendas del fútbol brasileño, Bela Guttman mítico técnico húngaro que tuvo a sus órdenes a Zizinho y a Canhoteiro, solía decir que libraba a los dos de las charlas técnicas y algunas sesiones de preparación porque ellos ya no tenían nada que aprender. Vicente “el Gordo” Feola le marcó profundamente para bien y para mal, pues le tuvo como técnico del Sao Paulo y la selección. Se puede considerar que fue el entrenador que más le conoció. Junto a él vivió sus mayores momentos de gloria y su principal motivo de decepción. Feola le conocía bien, sabía lo que podía dar pero también era conocedor de su peculiar personalidad. Cuentan que en más de una ocasión tuvo que salir a buscarle bien entrada la noche, en aquel reino de las sombras en el que Canhoteiro se disfrazaba y perdía para ser libre viviendo a todo tren.

Y digo a todo tren porque no concebía la vida sin diversión, también porque prefería mil veces el citado medio de locomoción al avión, por el que sentía aquel atávico pánico que sentimos en la oscuridad. Por todo ello Feola (su técnico en Sao Paulo) actuó como cómplice en su negación de la gloria, dejándole fuera de una delantera que nunca se dio en aquel histórico mundial de Suecia de 1958.  Aquella línea delantera que solo existió en los sueños musicales y creativos de Chico Buarque, que cantó con nostalgia a Mané-Didí-Pagäo, Pelé y Canhoteiro .

Feola prefirió a Zagallo y la leyenda de Canhoteiro quedó flotando en las gradas de Morumbi, donde un violón toca acordes de madrugada por la línea de cal para recordar aquel Campeonato paulista de 1957, en el que Mandrake llevó a su equipo a la victoria.

En 1960 y poco después de participar en la legendaria inauguración de Morumbi, una lesión sufrida tras una entrada de Homero dio inicio a su declive futbolístico, escenificando su adiós en 1963 tras 415 partidos disputados con la camisa tricolor.

Aunque siguió jugando al fútbol  en México en las filas de Deportivo Nacional y del Toluca, para luego concluir su carrera en Brasil, en el Saad de Sao Cateano, su música esférica quedó para siempre en los oídos de los torcedores de Sao Paulo. Aquellos que creyeron reconocer en los acordes de su cintura el talento natural para el que nació, con el que vivió a todo tren y murió prematuramente a la edad de 42 años.

Mariano Jesús Camacho