La maldad del ser humano no tiene límites y a lo largo de la historia ha utilizado macabros métodos de tortura para satisfacer su sadismo y superioridad sobre el más débil. El refinamiento que hemos demostrado en este campo de la crueldad con la construcción de máquinas infernales de tortura, no representa más que un vergonzoso ejemplo de nuestra maldad y sadismo. El oscuro placer por el dolor ajeno  y el irreprimible deseo del poderoso por imponer sus criterios ideológicos o religiosos sometiendo a los demás sin respetar la libertad de otros pueblos o individuos.

 Aunque los elementos de tortura y la acción como tal son rasgos inherentes al ser humano, a todos nos viene a la mente la Edad Media y La Inquisición nada más recordar los horribles engendros de hierro que se crearon con la intención de establecer nuestros límites de dolor y satisfacer la sed de sadismo de aquellos que dieron rienda suelta a sus instintos más primitivos e irracionales. Aquellos que aprovecharon la cortina de la guerra y el poder para engendrar asesinos y psicópatas encubiertos.

Una de aquellas máquinas fue la mítica Doncella de hierro de Nuremberg, un engendro de hierro con forma de ataúd o sarcófago, antropomórfica, con una cara que se podría reconocer como María la madre de Jesús y un cuerpo formado por dos puertas, en cuyo interior se colocaban clavos de hierro situados estratégicamente con la intención de empalar a la víctima infringiéndole un gran castigo sin llegar producirle la muerte, al menos instantáneamente.

 Aunque en un principio se atribuyó su uso como instrumento de tortura de la Edad Media, esta teoría pertenece tan solo a la leyenda. No así en el siglo XIX, cuando su uso sí que parece que fue extendido con fines más que macabros.  Además de la encontrada en Nuremberg, otras Doncellas de hierro han sido localizadas en colecciones privadas en poder de seres indeseables que aprovecharon su situación de superioridad para satisfacer su sadismo y placer por el dolor ajeno.

Uno de aquellos indeseables fue Uday Hussein, hijo mayor del tirano iraquí Saddam, y máximo dirigente deportivo iraquí. Aquel que entre otras muchas muestras de tiranía utilizó su ventajosa posición para torturar y hacer la vida imposible a la selección de fútbol de su país. Una historia que salió a la luz pública una vez derrocado el régimen iraquí, momento en el que los testigos del horror se sintieron liberados para contar al mundo las fechorías de un tirano, que llevando un psicópata latente en su interior, encontró el idóneo campo de cultivo de su maldad en la excusa de la guerra y la represión.

El mediocampista iraquí Abbas Rahim Zair, relató el terror que llegaron a sentir tanto él como sus compañeros por las represalias de Uday, pero en su momento no se atrevió a contarlo todo. Siempre con el corazón al borde del precipicio y los pulsos saltando por los aires ante la posibilidad de cometer un error. La enorme responsabilidad de patear un penalti, como le sucedió en las eliminatorias para el Mundial  en un partido disputado en Jordania ante los Emiratos Árabes.

La humillación pública, la cárcel y las sesiones de tortura, tras errar aquel lanzamiento de pena máxima. Todo silenciado hasta que Uday desapareció del mapa, momento en el cual comenzaron a florecer las historias de horror y terror que vivieron los chicos de aquella selección. Amenazas como la de cortarles las piernas y arrojárselas a una jauría de perros hambrientos,  sesiones de picana eléctrica y/o baños forzados en aguas, cada vez que perdían o empataban un encuentro. Penas de cárcel por ausentarse a entrenamientos, castigos ejemplarizantes por ver una tarjeta roja.

La amenazadora mirada de Uday siempre sobre sus cabezas. Un sádico en toda regla que como comentó, Yasser Abdul Latif, ex capitán de la selección, utilizó con él aquellas tácticas de tortura en el campo de prisioneros de Radwaniya, en las afueras de la capital iraquí. Un lugar en el que fue confinado en una celda de dos metros cuadrados, y obligado a hacer flexiones hasta la extenuación, para luego afeitarle la cabeza y aplicarle descargas eléctricas. Por último la humillación, sacándolo al patio, en pleno invierno, para lanzarlo al borde del colapso contra el barro.

 “Irak era una gran cárcel, pero nunca tuve otra alternativa que jugar al fútbol para la selección. Vivía amenazado y si no me sumaba a los entrenamientos del equipo, me aseguraban que me considerarían un enemigo del régimen y me volverían a golpear, incluso, hasta la muerte” declaró Latif cuando todo había pasado.

Las cicatrices permanecen hoy como huellas imborrables de la sinrazón sobre el mapa de tortura que representan los cuerpos de estos deportistas. Unas heridas físicas que hace tiempo curaron, pero que jamás dejarán de doler, pues el dolor físico puede llegar a soportarse, no así el dolor psíquico, que es irreparable y permanece para siempre. La estrella de aquel equipo, Habib Jaffar, nunca olvidará las vejaciones, las vomitivas arengas de Uday, irrumpiendo en vestuarios con una docena de hombres armados lanzando improperios y amenazas sobre la actuación individual de un jugador.

Durante muchos años fueron víctimas y testigos mudos del dolor, Jaffar jamás pudo demostrar lo gran futbolista que era y, cuando encontró la oportunidad de escapar firmando un contrato en Qatar, tuvo que entregar el 40 por ciento de su salario a la federación, en concepto de “comisión”.

Nunca sabremos hasta dónde fue capaz de llegar la mente perversa de este sádico, pero poco después de la caída del régimen, fue encontrada una Doncella de hierro en las cercanías del edificio de la Asociación iraquí de fútbol, en el cual Uday Hussein tenía un despacho. Y algunos miembros del equipo afirmaron que llegó a ser utilizada…

Mariano Jesús Camacho