Cuentan que en Villa Alemana, la ciudad chilena conocida como la de la eterna juventud, aquella en la que por su templado clima la juventud no le teme a la vejez y la vejez vive en eterna juventud, la famélica silueta de un pequeño de frágil salud comenzó a beber la pócima secreta que le libró de su cadena perpetua y le situó en la línea legendaria del tiempo.

Y es que este joven natural de Cerro Polanco, en Valparaíso, tercero de cuatro hermanos e hijo de Don Gonzalo y Doña Lidia, sufrió durante sus primeros años de vida una galopante difteria que le dejó azul y su corazón al borde del colapso. Eran otros tiempos, el hacinamiento, el hambre y la ausencia de vacunas conformaban el mapa vital de muchos que quedaban en el camino y otros que asentaban su fortaleza sobre aquella presunta debilidad. Ese fue el caso de Elías Ricardo Figueroa Branden, un niño asmático al que los médicos profetizaron un futuro bastante incierto y prohibieron toda actividad deportiva. Un chico por el que su padre, ferroviario de profesión, buscó destinos profesionales en ciudades con climas más adecuados a su dolencia respiratoria.

Primero en Quilpué, donde desoyendo todos los consejos médicos y las reprimendas de su madre comenzó a tener sus primeros contactos con la pelota, en las filas del Club Alto Florida, conjunto del barrio en el que de nuevo (a los once años) la enfermedad le golpeó con dureza, pues un incipiente proceso de poliomelitis le dejó durante todo un año postrado en una cama.

El pequeño Elías tuvo que aprender a caminar de nuevo, pero lo hizo con una pelota de trapo cosida a su pie, envidiando el correteo de sus amigos por las calles de Quilpué y soñando con las reprimendas de su madre. Soñando casi con volver a jugar antes que aprender a caminar, pues el fútbol era su pasión, su principal obsesión. Club Alto Florida le vio renacer para la vida y el fútbol, su salud bebió de la fuente eterna de la juventud, mientras su frágil constitución física fue moldeando con el acero del ferrocarril y las canchas de tierra un futuro tan sólido e indestructible como su empecinado sueño de ser futbolista.

Con catorce años pasó al Deportiva Liceo, para aquel entonces Don Gonzalo (su padre) ya sabía que había nacido para ser futbolista, por ello le consiguió una prueba con Santiago Wanderers a través de Víctor Parra (ayudante técnico). El argentino José Pérez le vio y le pidió que fuera al día siguiente para entrenar con los adultos. El desempeño del por entonces volante central fue tan satisfactorio que se quedó como miembro de pleno derecho del conjunto reserva. Allí en el reserva del decano del fútbol chileno tuvo la oportunidad de vivir en 1962 una de las experiencias más intensas y recordadas de su carrera.

Corría el año 1962 y en la sede de Viña del Mar, la selección brasileña ultimaba su preparación de cara al Campeonato del Mundo a celebrar en Chile, en el que los brasileños defendían su condición de campeones. Al frente de la expedición futbolistas como Pelé, Garrincha y Didí, y entre los entrenamientos concertados por los brasileños un enfrentamiento ante el conjunto reserva de Santiago Wanderers, que sirvió como sparring a la legendaria formación brasileña.

Tenía solo 16 años y en apenas unos meses pasó de jugar con sus amigos en el barrio a marcar a los mejores futbolistas de la época en un entrenamiento que marcó su carrera. Aquel día Figueroa sufrió y disfruto con el desempeño de los genios brasileños, pero  a su vez, se percató de que aquellos dioses del balón eran personas normales como él. Pensó entonces, que si no medían y saltaban cinco metros, se les podía ganar y marcar. Y así lo hizo, a partir de ese momento reubicó su posición en la cancha a la demarcación de defensa central, en la que encontró su primer obstáculo en la figura de Raúl Sánchez, titular indiscutible del primer equipo y baluarte de la selección chilena que obtuvo el tercer puesto en el Mundial de Chile de 1962.

Por ello se marchó cedido, encontrando minutos y una idónea etapa de crecimiento y progresión en las filas de un modesto club del interior, Unión la Calera, en el que se destapó como gran revelación del fútbol chileno.

El “Mariscal de campo” del fútbol chileno acababa de nacer para la leyenda e historia, Santiago Wanderers le acogía nuevamente en sus filas y la selección encontraba el mejor sucesor a Raúl Sánchez en su eterna silueta de campeón. Con el equipo cementero jugó su primer partido el 26 de abril de 1964 y ese mismo año, en un triunfo ante el Colo Colo, “El Mariscal de campo” del fútbol chileno, “Don Elías”, nacía para la leyenda de la voz del locutor radial Hernán Solís, que dejó para el recuerdo la siguiente frase: “Estamos frente a un muchacho de diecisiete años que juega como un crack maduro, desde hoy yo no puedo más que llamarlo Don Elías Figueroa

En Inglaterra 1966 se mostró al mundo y tras el Sudamericano disputado en Uruguay en 1967, se lo rifaban los mejores equipos de Sudamérica. Independiente, Huracán y Peñarol pujaron por su pase y cuando todo indicaba que Avellaneda sería su destino, el conjunto carbonero de Peñarol cerró su pase tras dos años defendiendo la camiseta de SW. Peñarol era un grande a nivel mundial y cerrando su pase acogió a otro grande en el centro de su zaga.

Figueroa ejerció de Mariscal de la defensa aurinegra llegando a ser considerado mejor futbolista de la liga uruguaya y aunque Peñarol no obtuvo la gloria eterna a la que llegó en la primera mitad de la década de los sesenta, se coronó bicampeón uruguayo y campeón de la Supercopa ante el Santos de Pelé. Jugó una final de la Libertadores en 1970, pero Estudiantes le arrebató la gloria. Don Elías pasaba por ser uno de los mejores centrales del mundo de la época, y como tal, coincidiendo con la crisis económica que atravesó el conjunto aurinegro en 1971, recibió ofertas de Real Madrid e Internacional de Porto Alegre.

El Madrid y Europa le seducían, pero aquella imagen de 1962, aquel entrenamiento ante Garrincha  y Pelé y, sobretodo la majestuosa exhibición de Brasil en el campeonato del mundo de 1970, le hicieron decantarse en su decisión del lado de la oferta de Internacional. Una oferta importante en el aspecto económico y que en el aspecto deportivo le garantizaba jugar y competir ante los mejores futbolistas del momento.

Entre 1972 y 1976 Elías Figueroa se convirtió en figura referencial del Colorado, viviendo sus mayores cotas de grandeza durante los “Brasileiraos” de 1975 y 1976. Especialmente en aquella histórica final del 15 de diciembre de 1975 ante Cruzeiro en la que dejó para el recuerdo “El Gol del iluminado”

Caía la tarde sobre el estadio Beira Río, el reino de las sombras se apoderaba del ancho y largo césped de la leyenda, cuando a los once minutos de partido una pelota aérea lanzada por Valdomiro en un libre directo voló firme hacia su destino. Justo hacia la imponente figura de Don Elías, que iluminado por un misterioso haz de luz que pudo ver todo el estadio, se elevó por encima de los defensores de Cruzeiro y mandó el esférico con un potente cabezazo al Desván en el que descansa la inmortalidad de su leyenda. Un fenómeno natural y seguramente explicable a nivel científico, pero sobrenatural e inexplicable a nivel futbolístico, a nivel popular. Tanto, que muchas personas a partir de ese momento llevaron a sus hijos enfermos a las prácticas para que el zaguero los curase con sus supuestos “poderes”.

Este hecho acabó por conformar su leyenda casi mística con los colores rojos de Internacional, campeón gaúcho en 1972, 1973, 1974, 1975 y 1976, balón de oro al Mejor Jugador del Brasileirao 1975, y Mejor Futbolista de América durante tres temporadas consecutivas: 1974, 1975 y 1976.

Los colores de Palestino, Fort Lauderdale y Colo Colo le acompañaron y completaron su carrera hasta que en 1982 se produjo su retirada. El adiós de la eterna juventud de Don Elías, la luz del área grande, leyenda entre leyendas, aquel que hizo del área su casa y en la que solo dejó entrar a su propia sombra y un misterioso rayo de luz que le acompañó desde su infancia.

Mariano Jesús Camacho