Redacto esta Carta Esférica sintiendo sobre mis pies descalzos la suavidad de la arena de la Playa de San Sebastián, en la que tantos chicos limaron sus pies en busca de un sueño futbolístico. Uno de ellos destacaba por encima de los demás, un flacucho y rubio chaval cuyos pies delicados no soportaban el roce de la arena y jugaba con unas alpargatas que siempre llevaba embarradas a casa.

Aquel chaval era diferente a los demás, diferente también a su hermano, que jugaba de portero. Llamado Elías era uno de aquellos diablillos a los que les gusta esconder la pelota, enseñarla y en el momento preciso hacerla desaparecer para efectuar el regate. Era un encarador empedernido que buscaba el pase corto y exacto a la espalda de la defensa. Soñaba y disfrutaba con el fútbol, aunque desde que su padre llegó a casa con un objeto escondido bajo su abrigo, quedó hipnotizado por aquella misteriosa máquina. Era un  proyector de cine Pathé Baby, y en aquella sábana blanca planchada que servía como pantalla, germinó la pasión cinematográfica de un chico que repartió sus sueños de niño entre balones, libros y la filmografía de Charlot.

Elías fue un gran extremo y jugó en aquella Real de estudiantes y caseros, haciendo intermediario entre ellos, pues siempre se consideró parte integrante de ambos grupos. Y es que Elías, que no pudo debutar con 17 años porque estaba prohibido, lo hizo un año después, en 1953, a la edad de 18 años y para dar comienzo a una carrera bastante fugaz, en la que dejó destellos de su enorme clase. Y digo destellos porque en seis años portando la casaca azul y blanca de la Real disputó tan solo 41 partidos en los que firmó 6 goles.

Partidos dilatados en el tiempo y el espacio debido las inquietudes académicas de Elías, que mientras jugaba estudió dos carreas, la de Química y la de Derecho. De la de Químicas fue expulsado tras mantener un acalorado enfrentamiento con su profesor, que le acusó de copiar y recibió la enérgica y negativa respuesta de Elías, que por ello fue expulsado y expedientado con el ejemplar castigo de no poder examinarse más en aquella Facultad murciana, ni en ninguna otra del territorio español.

Querejeta se volcó en el fútbol, donde dejó para el recuerdo grandes goles, uno al Barcelona de Kubala en Atocha, con Helenio Herrera de entrenador, un partido que fueron ganando 2 a 0 en el descanso, con un gol de Querejeta a Ramallets, pero que acabaron empatando en la segunda mitad…, aquel que dio origen a la citada anécdota:  “Un día en la mili, que yo hice de soldado raso y no en las milicias universitarias, como me había tocado en Loyola, muy cerca de casa, solo iba al cuartel cuando quería… Pues bien, un día me dice mi madre: “Te llaman del cuartel. El coronel quiere verte”. ¡Ay, Dios mío! Cuando llegué al cuartel y me llevaron delante del coronel, solo quería felicitarme por el gol que le había metido al Barcelona…

Como tampoco se olvidará el gol que el nº7 de la Real le hizo al Real Madrid en Atocha en la temporada 55/56. Cuentan que aquel enjuto futbolista de cabello rubio dribló hasta cuatro defensores blancos, que murieron en la orilla de su regate y velocidad; luego encaró a Juanito Alonso, al que también tumbó al suelo.

Regateó a medio Madrid y anotó desde una esquina tras superar al portero con un balón lento, muy lento, que por efecto del barro pegó en el poste y traspasó la línea pero sin llegar a la red…Un golazo por el que al final del partido, una Saeta Rubia se le acercó para decirle lo siguiente: “¡Vaya gol, pibe!”. Mientras, Zárraga, que lo marcaba, le intimidaba de la siguiente manera con su afilada personalidad: “Querejeta te voy a mandar a la enfermería“. Aquel día su hermano estaba en la grada, y al reconocerle le acabaron sacándolo a hombros por la calidad de aquel gol de Elías.

Aunque fue un muy buen futbolista, Querejeta siempre tuvo en su cabeza otras inspiraciones que pasaron indefectiblemente por el fútbol, los libros y el cine. Cofundó un cine-club y estuvo muy integrado en los cine-clubs hasta los 23 años, edad en la que el fútbol perdió a un gran extremo y el cine encontró a un gran director y productor. Con aquellos 23 años colgó sus botas y se fue para Madrid, donde utilizó aquella sabana como lienzo y pantalla de su extensa y talentosa producción cinematográfica.

Cuentan que Querejeta jamás había tenido dudas sobre su condición de gran jugador, hasta que una mala crítica de la Hoja del Lunes, colmó el vaso de su paciencia y escenificó el final de su leyenda como jugador. La crónica recibida de Pamplona calificó fríamente a Querejeta, al que secamente definió como un futbolista de pundonor. La cualidad deportiva más lejana a su concepción del fútbol y que decantó definitivamente el adiós de un futbolista de cine y el inicio de la carrera de un extraordinario director, guionista y productor.

Mariano Jesús Camacho

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