El destino gira constantemente entre la casualidad y la causalidad, gravita incesantemente entre la predestinación y el libre albedrío, entre aquella ley escrita que parece marcar nuestro camino y aquella otra que con nuestras acciones podemos cambiar.

Y ese libre albedrío del que os hablo llevó a Ferruccio Novo a vivir el mayor sueño futbolístico jamás contado. El sueño de un ex futbolista y defensa del Torino que tras su retirada se convirtió en un industrial mediano de la ciudad de Turín y accedió a la presidencia del club que llevaba en el corazón en 1939.

Un sueño llamado Gran Torino que comenzó a gestar con su ambiciosa idea de club y el fino olfato del que reconoce a un gran futbolista nada más verle controlar un balón. Un sueño y una plantilla que comenzó a armar partiendo de un genio llamado Valentino Mazzola, posiblemente el mejor futbolista del mundo de la época, aquel al que rodeó de jóvenes y talentosos futbolistas que crecieron teniendo como privilegiado espectador a Bacigalupo, el portero de un equipo inolvidable.

Un sueño que el inteligente Ferruccio puso en manos del segundo de Herbert Chapman, Lesley Lievesley y de Egri Erbstein, un húngaro de origen judío al que arrancó de las garras de las SS y sacó de un campo de concentración nazi. El sueño también de un puñado de chicos que trabajaban además de jugar al fútbol y tenían conciencia de la dificultad de unos tiempos en los vivieron una Guerra Mundial.

Eran un grupo de amigos que expresaban los sentimientos de su época jugando al fútbol, desde Aldo Ballarin a Maroso, pasando por Mario Rigamontti, el falso central, por los dos medios que hacían mover la pelota, Grezar y Castgliani, aquellos que jugaban por detrás de un genio llamado Mazzola, un todocampista que jugaba por el centro, por los costados, que bajaba a recibir y tenía tanto gol que llegó a ser capocanonnieri del calcio en varias ocasiones. Arriba por la derecha Romeo Menti hacía posible lo imposible a pierna y vida cambiada, pues su personalidad se transformaba en el terreno de juego, donde era un torrente de alegría. Por detrás, una locomotora lanzaba las diagonales de Menti, era Loik, aquel al que apodaban El Elefante por su estilo de juego. Por la izquierda Gabetto era el gol un delantero centro de época y Ossola la clase, un ala finísimo que poseía la picadura mortal de una cobra.

Once chicos que con un Toro cerca del corazón ganaron los cinco campeonatos que disputaron y dejaron de ganar muchos más por culpa de una Guerra y un desastre aéreo llamado Superga. Un desastre acaecido en la tarde de un 4 de mayo de 1949, una brumosa tarde que acabó con la vida y el mayor sueño futbolístico jamás contado.

En aquel amasijo de hierros quedó para siempre el Gran Torino, contra aquella Basílica que domina el valle sobre el Po, se rompió el sueño de muchos, especialmente de Ferruccio Novo. Y en aquella expedición que pasó a la leyenda del fútbol se encontraba un futbolista llamado Julius Schubert, cuyos orígenes parecen bifurcarse biográficamente entre la húngara Budapest y la alemana Silesia. En cualquier caso en un época tan convulsa a nivel mundial un futbolista que acabó abrazándose a la nacionalidad checoslovaca, como hizo Kubala.

Schubert que había jugado en el Slovan y había sido internacional por Checoslovaquia, tuvo que buscar nuevos destinos futbolísticos porque la expansión del comunismo llegó a su nuevo país. Por ello emigró a Italia, y allí el técnico húngaro Ebri Erbstein, reclutó para su Gran Torino a un fantástico medio ala que conocía bastante bien y que tanto les iba aportar.

Schubert llegó mediada la temporada 48/49 y aunque la tarea era bastante complicada fue consiguiendo minutos en el mejor equipo del mundo de la época. Llegó a jugar cinco partidos y su calidad seguro que le hubiera valido para abrir brecha en aquella inolvidable alineación titular que medio mundo se sabía de carrerilla, pero aquel 4 de mayo de 1949 la casualidad del destino, la predestinación y la causalidad, le convirtieron en leyenda junto a sus compañeros.

Dicen que llegó para morir, mientras que yo opino que lo hizo para vivir su último gran sueño: jugar en el mejor equipo del mundo de la época. Sueño que compartía con otro húngaro llamado Ladislao Kubala Stecz, al que Ferruccio Novo había reclutado en su idea de construcción del mayor sueño jamás contado.

Pero Kubala a diferencia de Schubert, el destino y la causalidad le sacaron de aquel avión, pues Laszy no acudió a aquel partido homenaje a Ferreira, (capitán del Benfica) que se iba a disputar en Portugal y en el que iba a debutar. La razón, un telegrama urgente que le comunicaba que su madre había sido liberada en Budapest y que llegaba a Roma al día siguiente. Se lo dijo al presidente y Novo no tardó en consumar aquella jugada maestra del destino: “Vaya para Roma hijo, el Toro le esperará”

Y no le esperó, como tampoco lo hizo Schubert, un trotamundos de sueños con un balón al que no le encontraron familia alguna. Cuentan que en aquel multitudinario adiós en el cementerio de Turín, con los féretros de plomo en fila velados por sus familiares, amigos y seguidores, el de un recién llegado situado junto al del queridísimo Gabetto, fue velado por una sola persona que lo acompañó hasta el final: era Ladislao Kubala Stecz, que ejerció como único testigo de dos vidas paralelas a las que diferenció tan solo una jugada del destino.

Hoy ambos son leyenda, Kubala no cumplió su sueño granata, pero construyó los sueños azulgranas de otra ciudad. En cambio Schubert sí cumplió el suyo, jugó en el mejor equipo de la época, pero pagó un alto precio pues en Turín una tumba con nombre envejece sin flores y en el olvido desde que Laszy nos dejó. Es la tumba de Julius Schubert, leyenda y medio ala del Gran Torino de los cuarenta…

Mariano Jesús Camacho

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