Hace unos días mientras trabajaba en un reportaje histórico sobre Armando Ufarte, una de sus anécdotas vitales me llamó poderosamente la atención. En ella Ufarte, que dirigía a las categorías inferiores de la selección, se acercaba a Andrés Iniesta la primera vez que le tenía a sus órdenes  y le decía lo siguiente: “Chaval procura mejorar en lo físico porque con la edad que tienes sabes y juegas más al fútbol  que muchos que llevan 15 años jugando en Primera”

Esta frase que lo dice todo, me lleva a la reflexión y al camino mágico en el que unos pocos  privilegiados tocados por los dioses con un don natural son capaces en un solo segundo de cambiar el curso de los acontecimientos en los que están involucrados. Un segundo en el que una sola intervención, un gesto, una acción, una frase inteligente o una palabra les basta para marcar la diferencia.

Y hablando de genialidad, frases, palabras y diferencias, quisiera exponeros en unas líneas la pequeña anécdota esférica que vinculó  a uno de los mayores genios que ha habido y habrá con el fútbol. En uno de aquellos instantes mágicos en los que el sarcasmo inmortal e inteligente de la privilegiada cabeza de Julius Henry Marx, alías Groucho Marx, sacó a paseo su afilada, provocadora e incomparable lengua.

Y entre dientes, bigotes y puros, el profesor Groucho nos mostró uno de los caminos paradójicamente más sencillos y complicados para aprender a vivir. El insondable camino del humor, aquel que empleó como base cultural para convertir el sarcasmo en sentencia y la ironía en frase inmortal.

Frases como: “La televisión ha hecho maravillas por mi cultura. En cuanto alguien enciende la televisión, voy a la biblioteca y me leo un buen libro.” “Es mejor estar callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente.” “Jamás aceptaría pertenecer a un club que me admitiera como socio” “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnostico falso y aplicar después los remedios equivocados.”

Un hombre capaz de rematar la faena dejando para la posteridad el epitafio de su vida y enseñanza en su túmulo funerario: “Perdonen que no me levante”

Y perdonen que me levante para aplaudir literal y físicamente el relato de esta curiosa anécdota, esta vivencia personal del gran Groucho en la siempre brumosa y atractiva Londres:

Tras rodar su segunda película titulada El Conflicto, estrenada en agosto de 1930, los hermanos Marx, aquellos chicos de Nueva York que despuntaban sobremanera en el teatro, se encontraban a un solo paso de dar su salto definitivo a Hollywood. Una conquista en toda regla que llegó poco después de una exitosa gira europea efectuada por Londres y Paris.

 La familia Marx firmó un contrato de seis semanas, a finales de año en un teatro de vodevil en Londres. Al completo se trasladaron a Londres y se divirtieron a fondo en la ciudad londinense. Instalados en el Hotel Savoy, y según cuenta  David Brown en su libro “El mundo según Groucho Marx”, las mujeres emplearon las mañanas en ir de tiendas, mientras Groucho salía con su hijo a ver la ciudad y a hacer turismo. Dicen que un día le expulsaron de la Cámara de los comunes porque Groucho se levantó, en medio de un debate entre el Primer ministro y el líder de la oposición, y se puso a cantar en voz alta “When Irish Eyes Are Smiling”. También cuentan que compró una pelota de fútbol en Harrods y jugaba cada día con su hijo en Hyde Park. Una tarde, un policía les indicó que dejaran de jugar porque no estaba permitido “usar el pasto de los jardines de la Reina para actividades deportivas” Entonces Groucho se quedó atónito y recurrió a una de aquellas salidas y ocurrencias geniales con las que conquistó el mundo e hizo brotar una sonrisa eterna sobre el rostro de la ironía y la faz de la inteligencia.

Groucho exclamó: ¡El pasto de los jardines de la Reina! ¿Qué le pasa a la comida del palacio de Buckingham para que tenga que salir fuera a comer hierba?

Simplemente genial, la espontaneidad y ocurrencia de aquel que lograba transformar las escenas cotidianas de la vida en algo genial a través de su irónico humor. Y como me gustaría que esta historia y este viaje tuvieran el mejor colofón, os dejo como regalo el final de aquel maravilloso viaje en el que Groucho se topó de forma cirunstancial con el fútbol y aquel pasto al que siempre aludió otro genio del sarcasmo y el balón como  Don Alfredo Di Stéfano:

Su estancia en Londres generó gran expectación y muchos éxitos, que cosecharon entre Londres y París, pero la familia Marx ya ansiaba su regreso a casa. Un regreso que como siempre, en todo viaje de partida o regreso quedó supeditado a las travesuras del  genial  Julius.

A su llegada al puerto de Nueva York, los oficiales de aduanas les entregaron unos formularios que debían rellenar y Groucho completó el suyo de la siguiente manera:

Nombre: Julius H.Marx

Dirección: 21, Lincoln Road, Great Neck, LI

Nacido:

Profesión: Contrabandista

Lista de objetos adquiridos fuera de Estados Unidos, dónde se adquirieron y a qué precio: ¿A que te gustaría saberlo?

Los oficiales de aduana que estaban de servicio, no supieron captar la ironía y el matiz divertido de la travesura de Groucho, por lo que tras someterles a un profundo registro les infligieron una última humillación obligándoles a desnudarse para completar el registro a todo el grupo.

Así fue Groucho, un tipo genial que tras aquel puro y aquel bigote nos enseñó muchas cosas, capaz en un segundo de ponerlo todo patas arriba con su genial ironía y su capacidad para restar trascendencia a la cotidianidad, dándole importancia tan solo a las situaciones de la vida que verdaderamente la merecen, siempre bajo el prisma complicado del humor, una filosofía de vida que en estos jodidos tiempos tanto echamos en falta…

Mariano Jesús Camacho