En la isla de Manhattan la luz vital de un anciano de casi cien años se apaga como una vela. Hace tiempo ya que la bulliciosa Gran Manzana, la ciudad que nunca duerme, acogió entre sus ciudadanos al ilustre Pedro Patricio Escobal López. Y a media luz luce el barrio de Queen, cuyo alumbrado planificó aquel ingeniero español exiliado que rezuma nostalgia en su mirada de ojos de ayer y consume entre recuerdos los últimos instantes de su vida.

Recuerdos que nos transportan a tierras riojanas, a Logroño, donde un 24 de agosto de 1903 nació en el seno de una buena familia. Un chico que creció entre libros y balones soñando con ser algún día ingeniero del área metropolitana de la leyenda, un joven que comenzó sus estudios en su Logroño natal, donde cursó los dos primeros cursos de bachillerato. Luego se marchó con sus bártulos, sus sueños y un balón a la capital de España, donde concluyó sus estudios de Ingeniería a la vez que despuntó en aquel football de los años veinte.

Una década en la que un famoso y elegante  back conformó junto a Quesada una de las parejas más regulares y eficientes de la historia del Real Madrid. Cuentan que aquel joven que se llevaba a las chicas de calle por apuesto, culto y elegante, se ganó el respeto de los críticos deportivos, que le apodaron como “el Fakir”.

Durante ocho años (entre 1921 y 1929) fue dueño del área blanca, llegó a ser capitán del Real Madrid y asiduo integrante de las convocatorias de la selección nacional española, estando presente en los JJOO Olímpicos de París de 1924, donde los italianos nos dejaron fuera en el primer partido disputado en el legendario Colombes. Estuvo también presente en la inauguración del “Campo del Hipódromo” y en aquellas fechas no se concebía otra pareja defensiva mejor para el conjunto blanco que la compuesta por Escobal y Quesada.

La vida le sonreía, lo tenía todo, pero una enfermedad se cruzó en su camino y puso punto y final a su etapa como jugador madridista. Le recomendaron que dejara la práctica activa del fútbol y aunque siguió vinculado al Madrid como ‘equipier’, continuó jugando al fútbol en el Racing de Madrid (dos años) y en el Nacional (por un breve periodo de tiempo). En la temporada 1929/30 coincidiendo con la finalización de sus estudios de Ingeniería Industrial dejó la práctica activa del fútbol.

Perico era un joven con profundas inquietudes políticas, afiliado a las Izquierdas Republicanas creía firmemente que pronto se viviría en España una etapa de gran prosperidad, pero sus sueños personales y vitales se fueron desvaneciendo a la vez que sus aptitudes físicas. El odio entre las facciones políticas fue sembrando una tenebrosa sombra de duda en el sentir de la gente, Escobal buscó refugio en su Logroño natal, donde regresó a la práctica activa del fútbol.

En las filas del Logroñés jugó temporada y media, (entre 1933 y 1934) formando pareja defensiva junto a Recarte, encontrando acomodo en el fútbol y la sociedad riojana. Una pareja que integró en Las Gaunas aquel equipo que llegó a ser Campeón de la región Guipuzcoana en la temporada 1933/34.

Un 2 de septiembre de 1934, jugó su último partido como jugador en activo, entonces dejó el fútbol para dedicarse por entero a la ingeniería, profesión en la que vivió un esperanzador comienzo en el Ayuntamiento de Logroño, pero en la que también sufrió la convulsa etapa que oscureció el horizonte vital de los españoles en aquellos años treinta. Solo cuatro meses pudo conservar su trabajo de Ingeniero en el Ayuntamiento, una plaza ganada por derecho propio y oposición, de la que fue injustamente desposeído en septiembre de 1934, las derechas nombradas le dejaron en la calle anulando el Concurso y la plaza.

Escobal se ganó entonces las antipatías del sector contrario de las fuerzas políticas riojanas, pues luchó por su plaza con la misma intensidad que exhibió en los campos de fútbol, pero aquella lucha le valió para dar con sus huesos en la cárcel. Luego con la victoria electoral del Frente Popular, el 14 de septiembre de 1936, fue restablecido en su cargo e indemnizado por despido improcedente, pero su lucha vital no había hecho más que comenzar.

Permaneció de nuevo cuatro meses en el ejercicio de su puesto de trabajo, hasta que el 19 de julio de 1936, las tropas golpistas tomaron el Ayuntamiento. Escobal fue a la calle una vez más, pero esta vez enfilando un oscuro camino sin retorno, pues lo hizo siendo acusado de izquierdista y masón y dando una vez más con sus huesos en la cárcel. Aquellos duros recuerdos le marcaron para siempre y perfilaron la personalidad de un hombre que hasta ese día había sido tremendamente bondadoso y que a partir de entonces endureció su corazón. Pedro derramó sus ideas y sentimientos en el frontón de Logroño, donde entre piojos y ratas, esquivó hasta en cuatro ocasiones el pelotón de fusilamiento. Aquellos dieciocho meses que pasó enfermo de tuberculosis, en un camastro infecto, envilecieron su alma siendo testigo del fusilamiento de muchos de sus compañeros.

Para entonces Perico “el Fakir”, tenía consciencia de que la vida tocaba a su fin para él, por ello en más de una ocasión de aquel pequeño hilillo de voz que le quedaba, sacó una de aquellas potentes voces con las que ordenaba la defensa, para plantarle cara al temido Millán Astray, ante el que repudió de forma iracunda a las huestes de Franco.

La obra de su vida parecía condenada a escenificar su acto final frente a un pelotón de fusilamiento, pero la acomodada y buena posición de su familia le acabó salvando in extremis de aquella sinrazón. Escobal esquivó las balas en el último instante, huyó apesadumbrado y apresuradamente de su tierra para tomar un barco en 1940, en Portugalete, que le llevó junto a su mujer, María Teresa Castroviejo al exilio.

Así llegó Perico a Estados Unidos, donde la luz de una antorcha y la esbelta mirada de la Libertad le dieron la bienvenida y, como a tantos otros emigrantes y exiliados, hizo creer ver que ante ellos un nuevo mundo les invitaba a comenzar una nueva vida. Una nueva vida partiendo de cero, una nueva etapa en la que una vez más, Pedro Escobal demostró todo lo aprendido y todo lo sufrido para hablar inglés en tiempo record y desarrollar la profesión de Ingeniero industrial con la que se asentó en la Gran Manzana. Y allá en la bulliciosa New York alumbró las calles de la Gran Manzana y llevó a cabo una intensa vida social junto a su cuñado Ramón Castroviejo.

En el año 2002 sus recuerdos se agolpaban a las puertas de su vida, dicen que aquel pelotón de fusilamiento le esperaba a la vuelta de un aparcamiento, entonces recordó su libro “Las Sacas” donde plasmó aquella etapa de penalidades y represiones que vivió en las cárceles políticas del 36, pero también recordó que había sido feliz siendo pareja de Quesada en el Real Madrid, que había sido feliz siendo pareja de Recarte en el Logroñés, que había sido feliz siendo futbolista. Y sobretodo  que había sido inmensamente feliz realizándose como persona y profesional libre en la Isla de Manhattan, donde nunca dejó de sentir nostalgia de La Rioja y donde puso fin a sus días entre recuerdos en 2002, en un aparcamiento de New York.

Mariano Jesús Camacho