Nacido en Iruñea, un 19 de diciembre de 1992 el linaje del fútbol navarro encontró en la figura de Iker Muniain Goñi al futbolista capaz de aglutinar la característica garra de los jugadores navarros con el talento de un niño que regateaba sombras a golpe de cintura en el barrio iruindarra de La Chantrea.

Cuentan que su chispeante y viva mirada ya imaginaba jugadas en La Txantrea, club al que llegó con cinco años y en el que la pelota se encariñó de sus pies, tan veloces como las nubes. Y allí por la senda del atrevimiento una raspa llamada Iker sembraba de recuerdos y emociones la memoria de José Luis Nagore, presidente de La Txantrea: “Era una raspa, pero con cinco años ya metía goles de vaselina”.

Y aquel habilidoso fútbol de salón que hoy exhibe lo perfeccionó ávidamente en los 40×20 del fútbol sala, hermano menor en el que los genios nacen para hacer malabares sobre una baldosa. Allá donde Txuma Miranda (entrenador suyo en su último año de fútbol sala y fútbol 7) quedó prendado de su fútbol eléctrico y osado: “A esas edades hacen lo que pueden, se trata de que se diviertan pero ya se le veía que era un chaval con unas cualidades innatas para jugar. Era muy habilidoso y siempre lo intentaba”

Y anudando el balón a su bota derecha el viento se enredaba en su eléctrica carrera y su velocidad de aceleración para generar tornados en las defensas rivales, que sorprendidas por el acontecimiento inusual que representaba la explosiva irrupción del pequeño Muniain,  se rendían a su talento. El talento de un joven que sin levantar apenas un palmo del suelo constituía todo un fenómeno natural. Una imparable ventisca que tornó en huracán cuando con doce años llegó a Lezama para convertirse en uno de los cachorros con más futuro de la eterna camada rojiblanca.

Su talento no pasó desapercibido para los responsables de Lezama, que manejaban unos informes excepcionales sobre Iker. Sus primos Adrien y Julen Goñi, ya estaban en Lezama e Iker no se lo pensó un solo segundo cuando su padre le dijo que el Athlétic le quería. Pasó momentos duros al separarse de su familia pero el Athlétic  puso todos los medios posibles para que aquella separación voluntaria le resultara lo menos dolorosa posible, una circunstancia que fue viable gracias a Koldo Alsúa, aquel en el que Iker encontró una segunda familia.

En la cantera del Athlétic, Vicente Gómez, Unai Melgosa, Bingen Arostegi y Kike Liñero, se encargaron de pulir a la joya navarra. Aquellos técnicos de Lezama fueron testigos de la naturalidad innata del chaval para el regate y su capacidad de decisión para elegir la jugada acertada en el momento correcto. Regatear, pasar o cambiar de velocidad, aquel chaval era diferente y Kike Liñero (experimentado técnico que aceleró su paso del juvenil al Bilbao Athlétic) siempre lo tuvo muy claro: “Era de esos que cuando le ves piensas: si este no llega no sé quién puede llegar”.

Se adaptó a velocidad de crucero a una categoría tan complicada como la Segunda B, en la que en lugar de comportarse como un chaval parecía ser uno de aquellos veteranos que están de vuelta en el rodar de la pelota. Por ello y por tantas cualidades que le adornaban no tardó en llamar la atención de Joaquín Caparrós, uno de aquellos técnicos que no dudan a la hora de dar oportunidades a los chavales de la cantera si a estos les acompaña el talento, la aptitud y la actitud.

Tenía apenas quince años cuando Caparrós le abrió por primera vez las puertas del vestuario en Covaleda en la pretemporada 2007-08: “Al primero que vi fue a Joseba Etxeberria, que para mí era un ídolo”. Le cayeron muchos palos entonces al técnico utrerano, que tuvo el tacto y la paciencia suficiente como para ir dosificando la integración del genial cachorro rojiblanco al fútbol de elite.  Así, el 30 de julio de 2009 batió por una semana el record de precocidad del legendario Piru Gainza. Con 16 años, 7 meses y 11 días, se convirtió en el segundo futbolista más joven en debutar con el Athletic Club al participar en el partido de ida de la Liga Europea ante el Young Boys suizo. Iker Muniain afirma que todavía le “entran ganas de llorar” cuando recuerda la ovación que le brindó San Mamés en su debut oficial.

Fue un primer paso para luego regresar al cadete, donde no hizo otra cosa que trabajar y trabajar. Su poderoso tren inferior, su habilidad y su descaro hicieron el resto, Caparrós hizo una vez más un trabajo encomiable en la adaptación de un futbolista de talento al fútbol profesional. Con 16 años y 289 días se convirtió en el futbolista más joven en marcar un gol en la historia de la Primera División. Asiduo en la categorías inferiores de la selección española, se proclamó el pasado verano campeón de Europa sub21, compartiendo éxito con compañeros suyos como Javi Martínez, Mikel San José, Ander Herrera y estableciendo una fructífera sociedad con otros como Juan Mata, Adrián y Thiago Alcántara, con los que demostró tener gran sintonía.

En noviembre de 2010 fue nominado al “Golden Boy”, premio al mejor futbolista de Europa menor de 21 años y para el que ha vuelto a ser nominado esta temporada.

Una temporada en la que le vemos evolucionar con enorme talento y descaro por la zona noble de los campos españoles y La Catedral gracias al juicioso proceder de Joaquín Caparrós, al que seguro la afición y el propio Iker se sienten agradecidos, pues hoy un profesor chiflado llegado allende de los mares (Marcelo Bielsa) le ha otorgado total libertad ofensiva para dar rienda suelta a su talento. Aquel que convertirá al Rooney vasco, al más prometedor cachorro de la cantera del Athlétic en el próximo Rey León rojiblanco.

 Mariano Jesús Camacho