Dante Chirichini no nació para ser una estrella ni nunca copó las portadas de los periódicos, es más surgía del anonimato y la humildad de un ciudadano de a pie para hacer rugir a una afición. Aunque su nacimiento físico se produjo mucho antes, se puede considerar que Dante Chirichini nació para el fútbol un 20 de noviembre de 1960, cuando las gradas del viejo estadio Olímpico romano dieron a luz a una intensa y apasionada historia de fidelidad incondicional. Aquel día y a la conclusión del choque entre el Roma y el Padua, Dante decidió dar un paso más para demostrar su inquebrantable amor por el equipo romano. Chirichini pintoresco personaje, bajito, panzudo y de piernas frágiles, saltó al terreno, ya vacío, con una gran bandera romana y dio la vuelta al mismo saludando y atrayendo hacía sí mismo la atención de los tifosi.

En un primer momento la peculiaridad física de Dante provocó la burla en el graderío, desde ese instante pasó de ser un humilde barrendero a la ‘mascota’ de la grada romanista. Pero Chirichini siguió a lo suyo y acabó ganándose el respeto de su afición. Corrían otros tiempos en los que el tifoso era un tipo pirado por su equipo, con ganas de juerga y sobre todo con la única intención de divertirse animando, sin pensar en ningún momento en recurrir a la violencia para imponer sus cánticos sobre la afición rival.

Aunque muchos se reían de él, todos esperaban verle llegar con su vespino a las inmediaciones del estadio y entrar con su inconfundible indumentaria (camiseta grana, bufanda y sombrero en mano), y la singularidad de su personalidad. Dicen, cuentan,  que cuando llegaba a su localidad se corría el rumor por la grada y en la “curva sur” todo el mundo aguardaba en silencio hasta que Dante alzaba su mano para comenzar a animar.

Al respecto el escritor italiano Angelo Bocconetti recuerda un ejemplo de aquella liturgia: Chirichini se alzaba en toda su breve estatura y gritaba: “Hoy es un día bellísimo…”, la grada lanzaba un alarido; “ésta es la señal…”, otro aullido colectivo, “…de que el Roma…”, instante de clamor, “…¡vencerá!” Y surgían las pancartas y los cánticos.

Muchos vieron el perfil de un bufón en su figura, su actitud, pero en su interior la sabiduría de aquel que expresa sus emociones, sin temor ni prejuicios ante la sociedad, daba lecciones de felicidad e inteligencia existencial a todos sus congéneres. Dante era uno de aquellos ‘locos incomprendidos’, objeto de la mofa continua de otros muchos que acabaron por imitarle y aprender.

Y es que si todos hubiéramos seguido su camino, el fútbol se habría ahorrado muchas vidas que se fueron por la senda de la violencia, la intolerancia y la sinrazón.  Lo suyo fue pura docencia, la expresión más sana de cómo animar, cómo sentir y expresar la pasión por unos colores sin pedir nada a cambio y sin insultar al rival. Desafortunadamente no todos captaron su mensaje y muchos confundieron afición con radicalización, equivocando de pleno el camino y utilizando como excusa el fútbol y como refugio la masa, la territorialidad de un estadio y sus gradas, para desatar su violencia de forma injustificada.

Por ello repito que personajes como Dante no han hecho otra cosa que ejercer docencia desde su ‘pequeña locura’. Y en la vertical temporal de aquella locura genial me topo con el recuerdo y la leyenda de un hombre que por proximidad me tocó muy de cerca: Pascual García de Quirós Caballero, conocido por todos como Macarty. Un cacereño que se crió en el Barrio de la Viña, y creció como un gaditano más. Caletero de profunda convicción y cadista de profesión desde que se volvió loco por los colores amarillos, pues cuando no estaba repartiendo cafés en el Andalucía, en la Plaza de Abastos, la peculiaridad de su físico y su personalidad se transfiguraban en sabio bufón amarillo que bordeaba por las gradas de la inconsciencia y la genialidad.

Por aquel entonces  ‘Macarty’, era el único vestido de corto, uniformado de amarillo. Para muchos un bufón en su sentido peyorativo, para mí un ‘loco bajito’ con carta blanca para la risa y la felicidad. Ese era Pascual García de Quirós Caballero, Macarty, la primera persona de este mundo que se volvió loco por el cadismo. Un ser de apenas metro y medio de estatura que al igual que Dante desafió las costumbres recatadas de su querida ciudad y puso la primera piedra al sueño de una afición.

Un sueño que sufre reveses continuos pero que perdura gracias a pioneros de la risa, la pasión y la fidelidad como él, pues miles de cadistas le emulan cada domingo con su camiseta amarilla. Seguro que todos vosotros habéis conocido personajes como Dante, como Macarty, de los que os habéis mofado en alguna ocasión, pero la próxima vez que os topéis con ellos, recordad estas líneas, pues tras aquel disfraz, la burla se viste de enseñanza para mostrarnos el camino de la felicidad.

En el caso de Dante era además respetuoso con los rivales, cuando viajaba con su equipo, se encargaba de hacer un discurso en el que elogiaba la belleza y la hospitalidad de cada ciudad que visitaba. Su pasión era tal que dicen que llegaba a desmayarse en los momentos de más tensión. Desafortunadamente, con el paso de los años, Dante fue perdiendo protagonismo “ahogado” por una corriente de violencia injustificada de grupos que ni interpretaron correctamente, ni tomaron como ejemplo su mensaje.

Pese a todo siguió acudiendo al Olímpico hasta prácticamente el día de su muerte. Tal y como vino se fue, enfermó y se regresó a su anonimato, recibiendo su última despedida en la intimidad por un reducido grupo de familiares y amigos, siendo objeto del olvido del fútbol que tanto amó. Así fue hasta que en un partido europeo contra el Boavista, alguien desplegó una pancarta que decía: “Atentos, chavales: Dante os observa”. De manera muy acertada unas jornadas después, un grupo de aficionados localizaron su vespino y antes de un Roma-Reggina lo introdujeron en el campo. El capitán y símbolo del conjunto romano, Francesco Totti, se acercó a él, dejó una rosa sobre el sillín y lanzó un beso al cielo. Aquel día Totti fue más grande que nunca y le tributó el pequeño homenaje que aquel pequeño pero gran hombre se merecía.

“Daje Roma daje”… Dante ti guarda.

En definitiva vayan estas modestas pero emotivas líneas para aquellos pequeños pero grandes hombres que con su locura, su bendita locura, mucho antes que nadie se enfundaron la casaca de su equipo para expresar sin prejuicios y de forma incondicional la historia de una gran pasión, importándoles bien poco que pudieran ser tildados como locos.

Fuentes:

http://www.asromaultras.it/dante.html.

http://superga.blogspot.com/2004/03/historias-del-calcio-el-recuerdo-de.html.Enric González es autor de Historias del Calcio

Mariano Jesús Camacho.