“Soy el médico de los pobres y aunque me pagan los ricos no distingo a un mendigo de un banquero”. Con esta frase podría haber iniciado su discurso el interminable Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliviera, conocido por todos como Sócrates, el Doctor del fútbol, aquel que escondía una escuela de pensamiento en su pies de cirujano, en aquel diminuto nº37 que equilibraba la inmortal elegancia de sus 191 centímetros de estatura.

Un futbolista que desde que se calzó por primera vez las botas con la camiseta del Botafogo de Ribeirao Preto intentó expresar a través de su fútbol que la medida de todas las cosas se encontraba en la rapidez del pensamiento y la expresión artística de nuestro corazón. Que las  enfermedades son en su mayoría consecuencia de la alimentación, en muchos de los casos deficiente, y en otros desmesurada. Consecuencia directa de la desigualdad, quizás por ello utilizó la privilegiada y acomodada situación que vivió desde pequeño para cultivarse y expresar con un balón su idea de fútbol y de un nuevo Brasil. Quizás también por ello y para equilibrar siempre fue enemigo de la desmesurada preparación física y se abrazó a su desmesurada genialidad.

Y con aquella parsimonia genial con la que derribó barreras ideológicas y defensas un nuevo profeta del fútbol, nacido a las puertas del Amazonas, en la ciudad de Belem, se convirtió en el mayor ídolo de la historia de ‘O Timao’. Y en El Estadio Alfredo Schürig, conocido por la leyenda del fútbol paulista como Parque São Jorge, demostró que la liviandad de su número ocho era el mejor antídoto contra la desesperación de un pueblo que encontró en su figura el carisma de un líder popular. A través de sus pies el Doctor redactó tratados de fútbol y remedios con los que sanaba el corazón de la torcida brasileña. Sus hermosos pases generaban a la vista del aficionado una guía de perplejos que reconciliaba la razón con el sentimiento.

Para el recuerdo su sociedad junto a Casagrande y Vladimir, junto a ellos llevó al Corinthians a la consecución de tres Campeonatos paulistas conquistados en 1978, 1982 y 1983, y así se erigió en bandera de la libertad en tiempos complicados para Brasil. Sócrates supo aprovechar su condición de ídolo inmune y su vasta preparación para erigirse como bandera de una corriente de pensamiento y un movimiento sociocultural llamado Democracia Corintiana. Un movimiento a través del cual logró democratizar la idea de gestión de su propio club, dando voz y haciendo partícipe a los futbolistas a través de la votación en las decisiones de la dirigencia de Corinthians. Además como referente de las clases sociales más oprimidas luchó por la creación de un nuevo Brasil libre de cadenas, democrático y concienciado de la necesidad de erradicar los excesos de la dictadura y el régimen militar. No descansó hasta que el movimiento “Directas Ya”, vio cumplido su sueño con la celebración de elecciones directas para presidente de la República.

Bajo la batuta de sus maravillosos pies una idea futbolística se plasmó físicamente en un Mundial, en España 1982, Campeonato en el que Telé Santana encontró en aquel armador la voz mediática y futbolística de una corriente de pensamiento que no concebía el fútbol de otra forma y manera que a través del arte y el espectáculo. De esta forma todo aficionado al fútbol que se precie y tuvo la suerte de seguir el Mundial de Naranjito, quedó prendado de la parsimoniosa belleza de su elegante carrera, de aquel barbudo nº8 con pintas de revolucionario que interpretó la docencia del profesor Telé e hizo jugar a Junior, Toninho Cerezo, Eder, Falcao, Zico…

La grandeza y miseria del fútbol que convierte este deporte en único, disfrazó a Italia de ganadora y bajó a los infiernos a Brasil, pero aquel espectáculo que la derrota quiso enterrar en el olvido jamás se borró de la memoria del aficionado.

El Doctor que llevó el brazalete de capitán de la selección en un mundial más, paseó su magia por Italia con la camiseta de la Fiorentina y regresó a Brasil, donde se enfundó la camiseta de Flamengo, Santos y de nuevo Botafogo. Fue campeón carioca con Flamengo en 1986, y en 1989 portando la camiseta del legendario Santos, la esfera del reloj, que vuela imparable con la fuerza del espacio y el tiempo sobre la elegante punta de sus manillas, sus agujas, se detuvo en la demócrata concepción de su fútbol de leyenda.

Sócrates se marchó del fútbol para abrazarse a la medicina, pero la nostalgia, aquella enfermedad silenciosa que va minando poco a poco nuestro corazón, le hizo caer en la idea que desde que se despidió del balón, sus diminutos pies de cirujano habían perdido la capacidad de expresión, por tanto de transmitir sus conocimientos. Aquellos con los que un tipo que inventó el penalti de tacón inundó de esperanza a la torcida brasileña.

Quizás por ello se sintió como un Dios roto y quizás por ello cual vagabundo sin control abrazó su futuro al pasajero y engañoso olvido del alcohol. Y sumido en aquel averno en el que otros grandes genios escribieron su epitafio, su corazón de sabio, filósofo y doctor se detuvo en el otoño de 2011, cercano a cumplir los 58 años. Cual hoja caída de otoño su mensaje y su concepto del juego fue recogido del suelo del olvido para florecer para siempre en el primaveral archivo de nuestros recuerdos. Su muerte fue llorada por los grandes genios del fútbol que sintieron tras su partida la marcha de un rebelde con causa y el adiós de un animal futbolístico en extinción, el armador y constructor del juego.

Mariano Jesús Camacho