Una de las mayores virtudes que puede tener una persona es gozar de la capacidad de reírse de sí mismo, un acto que lleva implícito el hecho de desdramatizar lo que nos sucede. Una forma de afrontar y resolver con sentido del humor todo tipo de problemas, y es que hasta que no hayas conseguido ridiculizarte a ti mismo no tendrás el camino libre para disfrutar. Muy equivocado está todo aquel que piensa que el humor es la reacción del superficial, del que no sabe tomarse la vida en serio, del que se evade cobardemente de ella. Nada más lejano de la realidad puesto que el humor es una manera de ser objetivo ante las circunstancias, las situaciones, y de darles un acento más sereno y relativo. Es más, para llorar hemos de poner en acción a más de 300 pequeños músculos, mientras que para reír solo necesitamos poner en funcionamiento tres. El caso es que por un motivo u otro el ser humano suele tender a dramatizar situaciones que afrontadas desde la perspectiva positiva que nos aporta una acción tan sana y simple como la risa tendrían mucha menor trascendencia y más fácil solución.

Y os cuento todo esto porque el próximo e inminente clásico que vivirá la Liga española debe servirnos para desdramatizar un poco el fútbol, para disfrutar simplemente con el excepcional y mejor momento del Real Madrid de la era Mourinho, que llega al mismo líder con todo merecimiento y para deleitarnos una vez más con la innegociable apuesta de Guardiola, de ese Barça tan humano que dobla las rodillas en Getafe pero acude a Madrid como siempre, a ganar. Una vez más veremos el duelo de la consolidación de un equipo que fortalece sus virtudes en la ambición de su entrenador, ante una idea que ha dominado el fútbol español y europeo en estos últimos años.

Por todo ello me gustaría que viviéramos este partido como “el  Clásico del humor”, pues en estos tiempos que corren el fútbol no debe representar otra cosa que una excusa para reir y ser feliz. Todo ello utilizando el acertado juicio del discernimiento, para que en el caso de que el Madrid de Mou se lleve la victoria y abra brecha en la Liga, reconocer un trabajo bien hecho y muy merecido, y a su vez ser consciente de que una derrota jamás podrá acabar con una idea que ha hecho historia y puede seguir haciéndola.

Aunque no soy nadie para ello, simplemente pediría a madridistas y culés, que disfrutaran y pensaran que en el deporte siempre hay vencedores y vencidos, que todos hemos protagonizado uno de aquellos papeles en más de una ocasión. Y que lo verdaderamente importante es tomarse con humor y filosofía la derrota, más con pasión y alegría la victoria, siempre respetando al rival y desdramatizando en todo momento lo que en definitiva no es más que un juego. En definitiva saber ganar y saber perder, simplemente, tan complicado y sencillo como eso. Sobre todo disfrutar de uno de los duelos más intensos e igualados de la historia de la Liga, una de las mejores versiones de todos los tiempos del Real Madrid ante la posible mejor versión de la historia del Barcelona.

Todo ello con un único y principal protagonista: el balón, protagonista de aquella magnífica historieta que el  legendario dibujante de comics español Francisco Ibáñez nos contó en uno de sus maravillosos “Clásicos del humor”. Una historieta de Mortadelo y Filemón en la que el genial dibujante ridiculizaba y desdramatizaba todo lo relacionado con el fútbol. Genial historia titulada El balón catastrófico, una historia en la que Ibáñez imaginó una divertida trama en la que combinaba la euforia futbolística (capaz de “emburrecer”) con el terrorismo islamista, mucho antes de ser conocido como hoy lo conocemos. En la misma un balón de fútbol inflado con un gas bacteriológico convierte en burro a quien lo aspira. Ese balón que prepararon unos terroristas del mando del coronel Gamberraffi (sosias de Gadafi), de Gibia, para atentar en los Estados Juntitos de Norteamérica y que llegó a España tras un accidente aéreo. Un balón que ha de ser detectado y destruido antes de que lo encuentren los terroristas, una misión que encomiendan a los agentes Mortadelo y Filemón y para la que toman un antídoto del profesor Bacterio (contra su voluntad).

Una desternillante historia en la que Ibáñez usa el doble sentido como solo él sabe creando constantes confusiones entre los deseos y la realidad que llevan a transformarse en asnos a directivos de fútbol, hombres notables, damas de alta alcurnia, aldeanos del pueblo de Valdecascote de la Ciénaga…

El gas que contiene el balón genera diversos desastres hasta que logran traspasar el gas de la pelota a una escafandra autónoma preparada para realizar submarinismo.

La mejor forma de desdramatizar, la clave que nos muestra un dibujante que se burla de todo lo que rodea al fútbol pero a su vez da la clave para que aprendamos a reírnos de nosotros mismos, la fórmula mágica para desdramatizar. Una historia que si no la habéis leído no os la podéis perder.

Y es que como decía Unamuno: “todos deberíamos aprender a ponernos en ridículo ante los demás”. Para ilustrar esta idea utilizó la siguiente anécdota: “Murió D. Quijote y bajó a los infiernos, y entró en ellos lanza en ristre, y libertó a todos los condenados, como a los galeotes. Cerró sus puertas y quitando de ellas el rótulo que allí viera el Dante – Abandona todas tus ilusiones – puso el que decía: ¡Viva la esperanza!, y escoltado por los libertados, que de él se reían, se fue al cielo”

Mariano Jesús Camacho.

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