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Las recientes investigaciones científicas han situado a la ciencia y a la física muy cerca de corroborar una idea que defienden los físicos desde hace mucho tiempo, especialmente desde que el físico escocés Peter Higgs y otros conjeturaron con la existencia de una partícula hace más de 40 años, cuando intentaron explicar por qué los átomos, y todo lo demás en el universo, tiene masa.

Y en el Gran Colisionador de Hadrones (LHC, por sus siglas en inglés) de Ginebra, un anillo de 27 kilómetros de circunferencia, 100 metros bajo tierra, los físicos provocan choques de protones, con la esperanza de encontrar rastros de aquella partícula de Dios conocida como el bosón de Higgs. Una partícula divina sobre la que siempre se ha teorizado pero que jamás se ha visto, por ello su confirmación científica representaría el fin del vacío, y su presencia corroboraría que la nada no existe.

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Una idea que dejaría de serlo para convertirse en una realidad científica, aquella que hoy quisiera trasladar al fútbol para exponer las sensaciones que me deja un equipo para el que ya no existen adjetivos calificativos y que parece empeñado en la denodada búsqueda de aquella partícula futbolística divina. Y es que aunque muchos equipos históricos, entrenadores y futbolistas de leyenda la han buscado denodadamente y vienen teorizando desde hace años con su existencia, creo que nadie ha estado tan cerca de ella como Pep Guardiola y su equipo.

Aquel equipo que en cada partido parece saltar a su Gran Colisionador de Hadrones (LHC) particular, una alfombra verde de 107 x 72 sobre la que intentan demostrar la existencia de la citada partícula futbolística. El bosón de un fútbol perfecto, ese mismo que buscó y sobre el que teorizó el Wunderteam austriaco, La Máquina de River, el Madrid de Di Stéfano, la Hungría de los cincuenta, el Manchester United de los Busby babes, el Santos de Pelé y Brasil del 70, el Ajax de Cruyff y la Holanda del 74, el Bayern de Franz Beckenbauer, el Milan de Sacchi, el Dream Team, y tantos otros que seguro dejo en el olvido.

Ese bosón divino del fútbol de leyenda en el que el Barcelona de Leo Messi hace tiempo que busca la perfección. En aquel gran colisionador de espectáculo que es para ellos un terreno de juego, en el que el Barcelona de Pep Guardiola exhibe el mejor fútbol que se práctica en este planeta. Una idea sobre la que se ha teorizado hasta la saciedad y que se ha llevado a la práctica con anterioridad, pero que jamás ha estado tan cercana a la perfección. A aquella partícula esférica de Dios que demuestra que en el movimiento sin balón, en la posesión, la velocidad de la pelota y su buen trato, reside una verdad científica. Y es que aunque como dije, muchos otros dejaron su imborrable huella llevándolo a la práctica, nadie hasta ahora había logrado fusionar con tanto talento y eficacia las ideas, las teorías, los estilos y las tácticas de juego.

Lo cierto es que no sé si aquella partícula de Dios reside en la cabeza de Pep, en el fútbol de otro planeta de Iniesta, en el minimalismo genial de Xavi, o en los neutrinos que desprende la carrera de Leo Messi, siempre en busca de su próxima quimera, pero lo que no me cabe la menor duda es que este Barcelona parece jugar en su particular campo de Higgs, donde esas maravillosas partículas subatómicas que son sus jugadores, teorizan y demuestran científicamente la existencia de un metafórico balón con morfología física de partícula divina, mientras sus rivales parecen empeñarse en permanecer en el tradicional vacío absoluto.

Pues en la sinfonía cósmica azulgrana, en el bosón de Pep, se encuentra el camino para encontrar la última pieza del Modelo Estándar, presente en todos y cada uno de los rincones del Universo fútbol, aquella que aún no ha sido descubierta y que da sentido al Fútbol tal y como lo conocemos.

Mariano Jesús Camacho