El pasado año cuando por estas fechas Iniesta y Xavi parecían disputarse el Balón de oro en todas las quinielas, Leo Messi aguardaba sereno el momento para felicitar a uno de sus dos compañeros, quizás por ello cuando Pep Guardiola pronunció su nombre las piernas comenzaron a temblarle de igual manera que aquella tarde, cuando niño su abuela Celia le llevó al  4700 de la calle Laferrére, donde a un costado de los complejos del Fonavi, en  la canchita de tierra de Grandoli, Ricardo Aparicio “Don Apa”, técnico del Abanderado Grandoli le puso de extremo para que no le ‘pegaran’ demasiado y estuviera más cerca de su abuela. Aquella que desde la banda, con su protectora y vidriosa mirada observaba la insolente genialidad de un niño predestinado a ser Rey.

Dicen que en aquellos segundos que empleó en trazar su camino hacia el escenario se sintió como un niño una vez más, ese niño tembloroso de Grandoli que olvidó citar y saludar a sus dos compañeros por la sencilla razón de que no se lo esperaba. Por ello a un Messi que nunca supo improvisar a través de la palabra sino con una pelota en los pies, la sorpresa le abrumó y se sinceró a través de aquella inseparable timidez que le acompañó desde pequeño.

Leo no lo esperaba y aunque como número uno del mundo lo mereciera, creía como muchos de nosotros que a Xavi e Iniesta les había llegado su momento y tenían más posibilidades que él, pero como todos sabemos el gol siempre tuvo más peso y repercusión en lo que a reconocimientos individuales se refiere. De esta forma y manera Leo se hacía con el segundo Balón de oro consecutivo de su carrera mientras Xavi e Iniesta sentían que perdían solo a medias, pues no hay mayor gloria en fútbol que levantar al cielo una Copa del Mundo.

Por todo ello en esta nueva edición y gala de entrega del Balón de oro, además de competir con un grandioso futbolista como Cristiano Ronaldo y optar a la posibilidad de entrar en un reducido y selecto grupo de genios (compuesto por Platini, Cruyff y Van Basten) e igualar a Michel Platini consiguiendo su tercer Balón de oro consecutivo, para mí lo más interesante era conocer el contenido de su discurso. Y es que en esta ocasión no había quinielas, no había duda. Leo iba a sortear una nueva quimera haciendo historia con la consecución de un Balón de oro muy merecido, pero el rosarino que no llevaba palabras improvisadas y portaba la serenidad de aquel que se sabe ganador, tenía reservada una dedicatoria muy especial para un invitado con el que quería compartir su gloria: Xavi Hernández.

Cuando Ronaldo, ‘el fenómeno(que añora tanto al fútbol como nosotros a él), pronunció con su voz rota el nombre de Leo, este se fundió en un abrazo con el de Terrassa y subió sereno, decidido a abrir las puertas de la gloria y leyenda a la mesocracia del fútbol, a su compañero y amigo:

“Es un grandísimo honor, un placer haberlo ganado, pero lo quiero especialmente compartir con mi amigo Xavi”, afirmó para inmediatamente dirigir su mirada a la primera fila de la platea donde Xavi le escuchaba visiblemente emocionado: “Vos también te lo mereces, es el cuarto año que estamos juntos aquí”, “la relación con Xavi va mucho más allá del fútbol, es algo más personal”.

El ya consagrado mito mostraba de esta forma su gratitud eterna a Xavi, el Rey del fútbol se inclinaba ante el caballero, ante el maestro que dio vida e imagen a los reflejos de un espejo en el que seguro se fijarán millones de niños que sueñan con ser futbolistas. Pues Messi I el grande, con su discurso, su edicto real, quiso mostrar y demostrar que su indiscutible reinado no sería posible sin la mesocracia futbolística de un tipo normal de Terrassa.  ¡Larga vida al Rey y a su más insigne y modesto caballero!

Mariano Jesús Camacho