Imagino que no es fácil ser del Espanyol en Barcelona, imagino que de treinta niños que nacen en la Ciudad Condal, veinte serán del Barça, cinco del Madrid, tres no sentirán atracción por el fútbol y solo dos abrazarán los colores blanquiazules.

Quizás por ello aquellos dos valientes crecerán con el sentimiento perico clavado en el pecho y la coraza característica de aquel que se siente diferente.  Ser del Espanyol en Barcelona es por tanto abrir minoritarios caminos, nuevas veredas hacia la recordada Diagonal y el mítico Estadio Sarriá. Aquel templo perico en el que con timbre sonoro y hueco se cantaron goles de un equipo histórico pero modesto. Soñando caminos de la tarde, cantando a lo largo del sendero,  con el corazón atravesado por la espina de una pasión y en el eterno cristal de la leyenda algún imborrable recuerdo.

Y entre ellos, en el Nuevo campo de Cornellà-El Prat, como Sarriá, apenas florido por los títulos, pero copado por la emoción y la mística de un sentimiento, trona un imponente silencio. Un silencio que se viste de ovación en el minuto veintiuno de cada partido para recordar a Daniel Jarque González central perico de leyenda.

Un chico que debió sentirse diferente pero abrazó sus sentimientos al fútbol y a un chándal perico entre una marea azulgrana que se preguntaba de dónde había salido. Un barcelonés que desde que a los doce años dejó el CF Cooperativa de San Baudilio de Llobregat para abrazarse a la causa perica, llevó con orgullo el escudo del Espanyol en el centro de la defensa.

Central barcelonés forjado en la cantera blanquiazul que debutó en Primera División en 2002, ante el Recreativo de Huelva y que tras alternar el filial con el primer equipo durante dos años se consolidó en el equipo de la mano de Lotina en 2004. A partir de ese momento, aquel chaval, aquel niño curtido desde que prácticamente tenía uso de razón en el sentimiento blanquiazul, demostró ser un central noble, de carrera elegante, limpio y eficiente, que basaba su éxito en la colocación, la intuición, la rapidez y la anticipación.

Un joven noble que al otro lado del cristal y del camino encontró grandes amigos, especialmente uno azulgrana que compartió con el los valores éticos de la vida y la pasión por el fútbol. Aquel que en su brevísimo periodo de existencia aún tuvo tiempo para conseguir su primer título como profesional, la Copa del Rey de 2006 que el club blanquiazul ganó ante el Real Zaragoza y, disputar en Glasgow, en mayo de 2007 ante el Sevilla, la final de la Copa UEFA.

Ese mismo al que Pochettino entregó en 2009 el brazalete de capitán, que aceptó el reto con los ojos cerrados. Sintiéndolo en todo momento como un orgullo, una recompensa a una vida entregada al club, una satisfacción redonda que le iba a permitir estrenar el brazalete en un campo nuevo como Cornellá. Un sueño por cumplir y un sueño cumplido una semana antes de la tragedia, aquella que sacudió el alma perica un 8 de agosto de 2009, cuando en plena temporada, en el hotel de Coverciano (Florencia) una arritmia cardiaca detenía para siempre el corazón de Dani Jarque.

En pleno agosto un temporal derramaba sus manchas de sangre negra entre lágrimas pericas y cegando una luna veraniega. Tendiendo un manto de tinieblas sobre una expedición blanquiazul, que encontraba preguntas para las que no tenía respuestas. Mientras, a muchos kilómetros, el pulso frágil del alumbrado eléctrico dibujaba un camino entre farolas que parpadeaban y se extinguían como velas al viento en la cerrada y doliente noche barcelonesa. Un camino por el que una procesión de lágrimas pericas, derramaron sus penas y espanto en la puerta 21 de una nueva casa.

 Allá un gran 21 formado con velas recibía a los compungidos aficionados que expresaban su dolor dejando flores, notas y pancartas. “Siempre estarás en nuestros corazones”, rezaba una;  “Honor a todo aquél que se deja la vida por el amor a unos colores“, expresaba otra. “Tu corazón sigue latiendo a través de los nuestros”, escribió un chico con la camiseta del Ciudad Cooperativa, el primer club de Jarque, y a las afueras del estadio una enorme pintada resumía lo que había sido Dani y lo que había supuesto aquel tremendo golpetazo emocional para el aficionado: “Jarque, capitán eterno”.

 La voz del aficionado, de sus iguales se despedía de Dani y convertía su número en la representación icónica de un hombre que entregó su vida al Espanyol. Borrada la historia de un plumazo del destino y contada la honda pena, frente al horizonte dorado moría un joven con toda una vida por delante, un capitán perico de leyenda.

La puerta nº21 de Cornellá pasaba desde aquel instante a ser la puerta de Dani Jarque y el minuto 21 de cada partido el elegido para recordarle. Recordarle con orgullo, emoción y tristeza, pero sobre todo con la certeza de que uno de aquellos niños diferentes y pericos, allá arriba, convence a San Pedro que el perico es lo que se lleva. Aquel que con ojos cristalizados de lágrimas sintió la grandeza del fútbol y el verdadero valor de la amistad, cuando en la final de la Copa del Mundo un genio le otorgó el mejor homenaje posible: su entrañable amigo Andrés Iniesta.

Y tras aquello parecía imposible brindar mejor homenaje a tu figura, pues Andrés te llevó a la cima del Mundo, pero entre las hierbas, una humilde flor ha nacido, azul y blanca. La alegría pasó una vez más por tu puerta, pues en la número veintiuno el perfil legendario de Dani recibe a todos aquellos que jamás olvidarán tu camiseta

Y en bronce y de las manos de la escultora, Marta Solsona, que se implicó emocionalmente de tal manera que la considera como la obra más emotiva que ha hecho en su carrera. Surgió la icónica y estilizada figura de Dani, aquella en la que había puesto y entregado su alma barcelonesa. El bronce inmortal de la puerta 21, aquella que servirá para que esta generación y las futuras generaciones, recuerden eternamente los valores de lucha, fuerza, esfuerzo y nobleza de “Jarque, capitán eterno”.

Mariano Jesús Camacho

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