Los brazos abiertos del personaje que abrazan la leyenda inmortalizada en bronce junto al Emirates Stadium del Arsenal, ejemplarizan la figura más que de un líder de un referente en la historia gunner. Y es que personalmente no concibo un recuerdo de la Liga inglesa de los ochenta y noventa sin citar a su referencial figura, puesto que pese a que jamás destacó por sus cualidades técnicas, ni por su virtuosismo con el balón, su personalidad, su presencia física y su dominio del juego aéreo le convirtieron como dije en un referente histórico en lo que al terreno de juego y el fútbol inglés se refiere, en uno de los defensores centrales eternos que cohabitan con la leyenda en las alturas del fútbol inglés. Su nombre: Tony Adams

En su figura identificamos a aquel futbolista que pasó por problemas personales pero que ejemplarizó con su conducta en el terreno de juego determinados valores e influyó positivamente la conducta de los demás. Su voz moral y sus galones le convirtieron en modelo hasta el punto de ejercer sobre sus compañeros una capacidad de atracción e imitación. Y es que la altura, nobleza y el brillo del gran Tony Adams generó la tensión moral del Arsenal durante muchas temporadas, en las que sin ejercer como líder sino como referente fue faro en la oscuridad y cumbre destacada de la cordillera del histórico Arsenal.

Nacido un 10 de octubre de 1966 en Romford, Essex, se formó en las divisiones inferiores del Arsenal, al que llegó en 1980 con 14 años y con el que debutó a nivel profesional tres años después, un 5 de noviembre de 1983, cuando en un Arsenal 2-1 Sunderland, Terry Neil, otro gran defensor central le brindó la oportunidad de dar inicio a su excelente trayectoria.

Hablar de Adams es hacerlo de la pureza del fútbol inglés, de un central tipo torre que dominó en las alturas del fútbol británico. En sus comienzos Tony formó una gran pareja central junto a David OLeary, pero una lesión le sacó del equipo.  En su lugar entró Martin Keown, que lo sustituyó a la perfección y tras la marcha de Keown al A.Villa, Adams pasó página y aprovechó la segunda oportunidad que se le presentó. A partir de ese instante Tony rindió a gran altura y fue considerado el jugador más valioso del Arsenal en 1987.

Su contribución defensiva resultó crucial para que los “gunners” conquistaran la Littlewoods Cup en 1987 y los Campeonatos de la liga inglesa de 1989 y 1991 con él como capitán. Siempre le recordaremos como referente de aquella defensa junto a su socio Steve Bould y los laterales Lee Dixon y Nigel Winterburn. A lo largo de su carrera siempre ligada al Arsenal, desde 1983 hasta 2002, sufrió una serie de contratiempos de los que finalmente pudo sobreponerse. De un lado su lesión de tobillo, que le castigó en más de una ocasión y del otro sus problemas con el alcohol, que le ocasionaron más de un disgusto, no pudieron con la brillante trayectoria de Adams, que durante 19 años fue la torre central defensiva del Arsenal. Aquella torre que los gunners eligieron en su momento como el tercer mejor futbolista de su historia y que los aficionados rivales conocían como Donkey (burro) por su tosquedad.

La dilatada experiencia de Adams queda resumida en su gran palmarés, en sus 4 Campeonatos de la Premiere League, 2 Charity Shield, 3 títulos de la FA Cup y la Recopa de Europa de 1994. Destacando de manera especial los dobletes de Liga y Copa de 1998 y 2002, la Recopa de Europa conquistada en 1994 ante el Parma al que venció 1-0, y aquella otra final de Recopa de 1995, en la que cayó ante el Zaragoza.

Un manto de nubes chispeando electricidad cabalgan desde el recuerdo para enmarcar en bronce los catorce años como capitán que contemplan aquella escultura que alza sus interminables brazos al cielo plomizo de Londres, ciudad en la que quedó encerrada su leyenda. A Mr.Arsenal le temblaban las manos y las ideas al contemplarse a sí mismo junto al Emirates.

A nivel individual resulta complicado encontrar mayor compromiso, mayor arrojo, mayor valentía con una camiseta, por tanto mayor historia. Tony Adams fue una de aquellas últimas rarezas que se permitió el fútbol moderno pues su condición de one-club man le integró dentro de una especie en extinción.

George Graham lo llamó “my colossus”, Arsène Wenger lo describió como un “maestro de la defensa”. Ambos tenían razón. Tácticamente, Adams fue un defensor supremo, sus tackles, su lectura del juego y su capacidad aérea le convirtieron en un muro infranqueable. A su insaciable batalla, su resistencia física y mental, sumó su ya conocida imponente y referencial figura, razones por las cuales llegó a ser un héroe para los fieles Highbury.

Aquellos que hoy al llegar al Emirates de las manos de sus hijos, y tras contemplar con ojos vidriosos la escultura de bronce del mejor Henry, señalan con orgullo la estatua de Adams para aleccionar a sus vástagos con la siguiente reflexión: “Aquel francés arrodillado era mi gran ídolo, un genio, Wenger decía que Higbury era su jardín, pero este otro gigante inglés que alza sus brazos al cielo representa nuestro orgullo, el corazón gunner que te late en el pecho, y el brazalete del que será por y para siempre nuestro gran capitán…”

Mariano Jesús Camacho

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