El fútbol, su lenguaje contiene connotaciones bélicas, está considerado como una metáfora bélica sin disparos, pero mucho me temo que tan bello deporte por el que sentimos en muchos de los casos fascinación nos muestra de cuando en cuando su rostro más triste y su faz más oscura, aquella en la que los grupos reducidos de violentos e incontrolados se escudan para apestar el fútbol con un hedor a carroña y vil bajeza.

Y es que para desgracia del fútbol la línea que separa la fiesta, el deporte y el espectáculo de la radicalización y la violencia es en ocasiones tan delgada que la citada metáfora bélica deja de ser una parábola para convertirse en pura realidad. Especialmente tras contemplar los lamentables incidentes que se han producido en Port Said, en el enfrentamiento entre el conjunto local Al  Masry y el populoso y poderoso conjunto cairota del Al Ahly, en el que al menos 73 personas han perdido la vida y un número no preciso de heridos, que rondaría los mil, fueron víctimas y protagonistas de una batalla campal. Una batalla al parecer iniciada tras conseguir el tercer gol de la victoria del Al Masry, cuando un grupo de aficionados radicales del conjunto local invadieron el campo con la intención de agredir a los jugadores rivales. Aquella, la mecha que prendió la desgracia y provocó la respuesta violenta del grupo de radicales del Al Ahly.

Tras ser testigo de otra tragedia más de la crónica negra del fútbol, solo queda el amargo y regusto sabor metálico de la sangre en mi paladar y la inquietante sensación en mi cerebro de que lo poco o mucho que hemos avanzado, se puede tirar por la borda en tan solo unos segundos con situaciones límite como las vividas en Egipto. Resulta realmente preocupante que el fútbol pueda encauzar este tipo de incalificables situaciones, que difícilmente contemplamos en otros deportes. Por ello sería bueno que desde todos los puntos del planeta, aquellos que viven y trabajan, por y para el fútbol, envíen el mensaje correcto y bajen el nivel de decibelios a los que cuatro pirados se agarran para delinquir con una bandera, unos colores que jamás les correspondió y una pelota ajena a ellos que nunca debió ser utilizada como arma sino como elemento de paz.

Resulta evidente que para algunos sectores radicales de las aficiones, el fútbol dejó de ser una actividad poco belicosa para convertirse en un juego beligerante, que la guerra es una metáfora del juego y el fútbol el juego de la guerra. Que el mero hecho de una victoria sirve como excusa para el vale todo y renunciar a celebrar sanamente un hecho histórico. Soy consciente de que muchos de vosotros pensaréis que en este caso concreto hablamos de un incidente aislado, de un país inmerso en una ola radical y una espiral de violencia que traspasó las fronteras del fútbol. Y seguro que os asiste la razón, pero me entristece comprobar cómo estas situaciones las hemos contemplado al menos hasta en tres ocasiones en los últimos meses y en puntos dispares de nuestro planeta. Por todo ello y como siempre defendí, lo que realmente me inquieta es que son ya demasiadas ocasiones en las que el fútbol ha sido utilizado como vehículo idóneo y excusa perfecta para que los violentos se camuflen en el anonimato de la masa para dar rienda suelta a su ira y sinrazón.

En el caso de Egipto todo apunta a que sus campos están siendo utilizados como punto de enclave político y la relación entre ello y el deporte se vuelve cada día más problemática. Aunque son varias las versiones que circulan sobre cómo tuvo inicio la batalla, parece claro que tal y como ha apuntado la Confederación de Fútbol Africano (CAF), los activistas que protestaron por la retirada del líder son los mismos que se batieron a muerte en uno de los episodios más violentos de la historia del deporte. Y aunque los radicales del Al- Masry al parecer eran partidarios del régimen de Mubaraky, mientras que los del Al-Ahly son fervientes defensores del cambio de gobierno, otras informaciones apuntan a un hecho planificado por células y remanentes del régimen anterior. Si a todo ello sumamos que las fuerzas de seguridad culpan de los hechos a los “Ultras” o “Diablos rojos” (los hinchas de Al Ahly), que se han enfrentado a ellos en varias ocasiones, acaba por componerse este puzle de sangre que ha estallado en Port Said para desgracia de este deporte, cansado de contemplar desgracias como estas que casi teníamos olvidadas.

Egipto aún no se ha recuperado de su convulsa situación social y no ha normalizado el rumbo y camino que pretende tomar de aquí en adelante, por ello eventos del calado del fútbol no reúnen las condiciones de seguridad mínimas para que puedan llevarse a cabo. “Desde la revuelta, los operativos de seguridad en los campos de fútbol son escasos. La fuerza policial ha prácticamente desaparecido después de su actuación espantosa durante la revolución.” Por ello la Federación Egipcia de Fútbol debería replantearse por segunda vez la suspensión de una competición que no debió reanudarse hasta una vez recobrada la normalidad social y política del país, puesto que el fútbol para desgracia de muchos siempre será utilizado por los violentos como arena de circo romano.

Y aunque Egipto pueda considerarse un caso aislado y particular, me pregunto qué tiene el fútbol que atrae este mundo de sombras en el que se cobija toda nuestra mierda, hacia qué campo desconocido viaja con la belicosa mentalidad de estos grupos radicales que no representan a nadie. Y sobre todo, qué demonios esperan los clubes para dejar de dar pábulo a los desalmados y erradicarlos para siempre de un deporte, que en plena Segunda Guerra Mundial fue capaz de provocar una tregua de horas entre franceses y alemanes para celebrar un evento de paz.

Mariano Jesús Camacho