19 de febrero de 1957, Angelo Dundee y su pupilo Willie Pastrano se desplazan a Louisville para enfrentarse a John Holman. En la noche previa al combate ambos se encuentran descansando en la habitación del hotel mientras ven la televisión, en aquel momento suena el teléfono de recepción, y al otro lado del hilo telefónico el tono grave y decidido de un chico de 15 años sorprende a Dundee, que le escucha expresarse en los siguientes términos: “Soy el Sr. Cassius Marcellus Clay tengo el campeonato de los Guantes de Oro y muchos más premios, voy a ganar los Juegos Olímpicos y algún día seré campeón del mundo de los pesos pesados. Me gustaría hablar con usted”.

La insolencia y el arrojo de aquel chico llaman la atención de ambos que lo dejan subir, junto a su hermano Rudy. Dundee y Pastrano comparten su pasión durante horas con los hermanos Clay. Cassius se despide con la certeza de que el destino, su destino queda y le aguarda en aquella habitación de hotel, en la figura de Dundee, aquel que se convertiría en su prócer y ángel de la guarda durante toda su carrera. Dos años más tarde y nuevamente en la ciudad de Louisville, la insistencia de aquel atrevido joven llamado Cassius (que ya contaba con 17 años), dio sus frutos. Clay convenció a Angelo para hacer de sparring de Pastrano durante un par de asaltos. Un par de asaltos en los que el insolente Clay machacó a Willie, que tras la exhibición del chaval de Louisville solo acertó a comentarle a Angelo lo siguiente: “Mierda, qué paliza me ha dado el chico este”

Cassius Marcellus Clay y Angelo Dundee se encontraban entonces en el camino para construir a un mito del boxeo y escribir con letras de oro la historia legendaria de Muhammad Ali. Y es que resulta complicado y tremendamente injusto concebir al boxeador, la táctica, la técnica y la motivación de Ali, sin vincularlo a la figura de Angelo Dundee, pues desde que asumió la preparación de Clay en 1960, le llevó a la conquista de tres títulos mundiales de los pesos pesados, un record histórico.

Tal y como dijo el más célebre comentarista de la historia del boxeo, Howard Cosell, el talento de Ali era una cuestión sobrenatural, pero el boxeador que saltaba a las dieciséis cuerdas era una creación de Angelo Dundee, las horas de preparación, el estudio de las flaquezas propias y de sus adversarios, la inigualable capacidad de Angelo para motivar a sus púgiles. Él creó aquella mariposa y abeja jamás nunca vista, potenció sus cualidades y minimizó al máximo sus defectos. En definitiva como dijo Cossell “Dundee sería el único hombre en el mundo al que le confiaría a mi propio hijo”.

Y Dundee fue el ángel de la guarda de Ali, aquel que jamás se entrometió en las cuestiones políticas que rodearon al legendario boxeador del Louisville, pero que moldeó al boxeador y supo siempre tocar la tecla necesaria para que Ali no descuidara su preparación y llegara a los combates con la motivación por las nubes y sus puños ávidos de gloria. Por ello la noticia de su fallecimiento, del fallecimiento de Angelo Mirena, nombre original que se cambió para que sus padres no supieran que andaba metido en asuntos de boxeo junto a su hermano Chris, promotor en el citado mundo, debe representar motivo de pesar, recuerdo y admiración para aquel que fue genio de la preparación y motivación pugilística. Unas bases del boxeo al más alto nivel competitivo que aprendió de Lou Stillman y consolidó dirigiendo a Carmen Basilio, primer púgil al que convirtió en campeón del mundo en junio de 1955, tras derrotar a Tony De Marco por el título mundial de peso welter.

Aunque pueda resultar un tanto exagerado no creo que haya existido jamás otro preparador capaz de desequilibrar el curso de un combate desde una esquina, tal y como hizo y demostró Dundee. Pues Angelo fue aquel que hizo bailar a Ali durante todo el round cuando el entrenador de Liston, usó Monsel’s solution (una sustancia ilegal) en el corte sobre el ojo de su pupilo, que acabó contaminando los guantes de ambos púgiles y cegando a Ali en Miami en 1964, Angelo fue también aquel que aflojó las cuerdas cuando en la histórica pelea de  ‘The Rumble in the Jungle’, en 1974 en Kinshasa, Congo, Big Foreman le tenía acorralado. Y Angelo Dundee le mantuvo en pie en la mortífera pelea de “Thrilla in Manila” en 1975 en Filipinas, contra Joe Frazier, con ambos púgiles al borde del colapso y un frenético diálogo que pasó a la leyenda eterna del boxeo:

Ali: “No puedo más. No puedo más”; Dundee. “Sólo quiero una cosa. Levántate y sobre todo mantente en pie cuando suene la campana”

Todo ello instantes antes de que Eddie Futch, arrojara la toalla al ring y dijera en alto las siguientes palabras: “Joe, es suficiente. Jamás olvidaremos lo que has hecho hoy aquí”.

Ese fue Angelo Dundee, un genio del boxeo que en el famoso Stillman´s Gym en Nueva York y especialmente en el mítico Fifth Street Gym de Miami, moldeó el cuerpo y la mente de una quincena de campeones mundiales como Willie Pastrano, Muhammad Ali, Sugar Ray Leonard, José ‘Mantequilla’ Nápoles, George Foreman, Jimmy Ellis, Carmen Basilio, Luis Rodríguez…

Aquel al que se le pudo ver en una de sus últimas apariciones profesionales en 2008, junto a Oscar de la Hoya en su combate frente a Manny Pacquiao. Un genio de los cuadriláteros que pese a la dureza extrema de su deporte, mostró una actitud familiar y cariñosa hacia todos sus púgiles, a los que hipnotizó con su palabra y aquel acento de Philadelphia capaz de motivar la resurrección de un muerto viviente. Además su profundo respeto e integridad por el deporte del boxeo propició que sus compañeros de profesión le respetaran como el gran maestro que fue.

En 1994 entró por derecho propio al Salón de la Fama tras una carrera que duró seis décadas y veinte años maravillosos junto a su mayor creación: Muhammad Ali, aquel al que hace tan solo dos semanas fue a visitar y felicitar en su setenta cumpleaños.

Quizás sin saberlo una forma y manera sutil de adelantarse a los acontecimientos para decir el último adiós a su chico, de animarle a seguir luchando y soltarle una de sus inmortales frases de motivación. Dos semanas antes de decir adiós sin previo aviso en Tampa (Florida), donde colgó su inmortal leyenda, aquella que pasó por encima de la mafia y que pese a la pérdida física del ser humano, pasará también por encima de la muerte, de su quejumbroso y sonoro olvido. El triste deceso de un grande que provocó que el organismo dispusiera como homenaje que se tocaran diez campanadas en los rings de todo del mundo en su recuerdo. Y cuyo recuerdo permanecerá por y para siempre vivo en los libros de la historia del boxeo, pero sobre todo en la memoria de todos aquellos que amaron y vibraron con este durísimo deporte.

DEP Angelo Dundee

Mariano Jesús Camacho