En estas líneas quisiera exteriorizar mi absoluta admiración y apoyo incondicional hacia todos aquellos entrenadores anónimos que en las categorías base del deporte compaginan su profesión habitual con la de técnicos y educadores, aquellos que sin ningún tipo de ánimo de lucro entregan y pierden horas de dedicación a su familia, con tal de ver cumplido su sueño de portar en el barbecho que llevan al hombro, un semillero de futuras estrellas.

Quisiera ensalzar la importante labor formativa y personal de estos técnicos, que jamás protagonizarán portadas de periódicos. Y es que su oscura labor, aquel valiosísimo trabajo es llevado a cabo en olvidados campos de tierra, donde el fútbol auténtico podría descubrir a un nuevo Messi, en gimnasios perdidos de barrios anónimos, como el del barrio de La Mina, donde un campeón como Defer trabaja ilusionado con las evoluciones de sus pequeños gimnastas, en Senegal, donde en un pabellón perdido de Dakar fue descubierto el High School de basket más alto de EEUU, en las empinadas rampas de un  pueblo de la sierra perdido, por donde un pelotón de niños comienzan a dar por primera vez pedales con la intención de coronar la cima de sus pequeñas vidas. También en las calles de Accra, en Ghana, donde un viejo anciano improvisa un partido animando a los chicos a emular a sus ídolos, olvidando por un momento la punzada del hambre.

Ellos sin duda conforman la base de la pirámide, y con una adecuada formación pueden cumplir la función de permitir que el deportista se desarrolle al máximo tanto a nivel deportivo y físico, como personal. En el caso de un deporte de equipo, remarcando el valor del sentido solidario y asociativo, la importancia del grupo y los compañeros, recurriendo a la improvisación tan solo para marcar la diferencia. En el caso de un deporte individual otorgando vital importancia al entreno, la preparación física y mental, el sacrificio. Y aunque el deporte de elite resulta duro y complicado a esas edades, pues requiere en muchos de los casos renuncias y duros sacrificios por parte de niños que ceden parte de su infancia a cambio de una futura profesionalidad, intentar en todo momento que no se traspasen los peligrosos umbrales que separan la formación de una presunta explotación infantil.

Fabricar una estrella no es para nada fácil y el 80 por ciento de los chavales se quedan en el camino, pero en el caso de que uno de estos sembradores del futuro se den de bruces con un talento en ciernes, asegurarse de que el pequeño genio es feliz y siente pasión practicando deporte. De lo contrario aconsejar a sus padres sobre la conveniencia de anteponer la felicidad y la infancia del niño ante un futuro repleto de éxitos monetarios pero hueco de valor, pues solo habrán construido un robot que a la larga pagará un alto precio a nivel psicológico.

Por ello estas líneas dirigidas a los olvidados sembradores de estrellas no pretenden generar polémica, sino ensalzar el valor de la figura de aquel educador deportivo, que en un parque cualquiera de nuestra ciudad, hará brotar la siguiente generación de deportistas que nos levantarán de los asientos y se convertirán en nuestros próximos ídolos.

Un trabajo invisible que se hace a la luz del día y va calando en los chavales con las últimas luces del crepúsculo, cuando la noche se apodera de sus sueños y los chicos transportan sus futuras ilusiones a un mundo onírico que en un futuro próximo podría convertirse en realidad.

Tal y como sucede en un anónimo parque de Kaunas, Lituania, donde la estatua de un sembrador, que bien podría ser uno de estos olvidados entrenadores del deporte base, se puede contemplar durante el día haciendo una labor que pasa desapercibida, como muestra la foto:

Pero cuando llega la noche, la estatua justifica su título y la base piramidal cobra todo su sentido:

Mariano Jesús Camacho