No debe ser fácil identificar el sentido de la pertenencia cuando tus orígenes, tus raíces anudaron culturalmente y buscaron su sustento en otro continente, escalando entre las escarpadas montañas del norte de Argelia, en la cabileña Beni Djellil, cuya villa Tighzert, fue fundada entre otros por tu abuelo. No debe ser fácil conocer que en tu ADN quedó marcada la escasez sufrida por el pueblo amazigh (bereber), que vivió su particular ruina tanto bajo mandato francés como argelino. Tampoco conocer que Da Lakehal, (tu abuelo) tuvo emigrar en la década de los 50 de su natal Tighzert, donde residía junto a sus ocho hijos por el citado motivo. Y no debe ser fácil nacer en Bron, un suburbio de Lyon en el que los abismos quedan separados por la ruleta del destino.

Menos aún sentirse en parte bereber y  argelino, en parte musulmán y francés, puesto que partiendo de la raíz genealógica de la familia de Karim, encontramos a un pueblo llamado a sí mismo como imazighen (en singular amazigh), que significa “hombres libres”. Quizás por todo ello, aquel joven nacido un 19 de diciembre de 1987 en Lyon, identifique su pertenencia vital en mayor medida con el suburbio de Bron, al norte de Lyon,  sobre todo a aquellas parcelas de hierba silvestre en las que construyó sus primeros sueños en derredor de una pelota. Aquellas parcelas salvajes de hierba que pusieron distancia entre él y la suburbial marginalidad.

Como sexto de nueve hermanos un enorme descanso para su padre Hafid, que fue testigo de cómo su hijo Karim salía cada día del número 33 dela calle Youri Gagarine, en dirección a la escuela Jean-Lurgat. También de su pasión por el fútbol, aquella a la que dio cobijo el CD Bron-Terraillon, su primer equipo. Ocho años tenía el reservado Karim, cuando comenzó a despuntar y el Lyon le hizo su primera ficha federativa. Inició entonces una etapa de seis años en la que alternó sus estudios en el colegio Jean Moulin de Gerland y los entrenamientos en el Centro Tola Volage, semillero futbolístico del conjunto lyonnais.

Cuentan aquellos que compartieron infancia y adolescencia con Karim, que fue allí donde pasó de ser uno más a despuntar por la calidad que atesoraba en sus botas y su incipiente elegancia. Aquella que buscó ávidamente en aquellas fotos de Drogba, Anelka y Ronaldo, que cubrían las paredes de su habitación nº5 con vistas a Gerland. Especialmente en la del delantero brasileño, su espejo y máximo ídolo, aquel que otorgó sentido a sus ansias de golear. No sabía por aquel entonces que su talento y elegancia no la encontraría en aquellas fotos, en aquellos videos de Ronaldo, sino en su interior, en sus raíces amazigh, sus ansias, trabajo e ilusión por convertirse en un gran futbolista.

Y es que algo debe tener aquella escarpada faja de tierra de montañas del norte de Argelia para que en tan pequeño radio de corteza terrestre se acumule tanto talento en cuanto a fútbol se refiere. Talentos como el de Madjer, Zidane, Nasri y Benzema encontraron el poso mágico de su fútbol en la tierra de sus antepasados, en el pueblo bereber, que por alguna mágica razón parece conectar con el don de la pelota. Y aunque Karim siempre ha identificado su principal sentido de pertenencia hacia aquel irregular terreno de su barrio de Bron, en el que se sintió futbolista y jamás abandonó al olvido, resulta cuando menos digno de estudio la conexión especial de aquellas montañas argelinas con el don del fútbol.

Un don del fútbol que comenzó a desplegar en Tola Volage, donde Guillaume Tora, modeló su estado físico y afiló su velocidad. Para cuando hizo tres goles en un partido ante el Sochaux, todo el mundo comenzó a ser consciente del diamante en bruto que se pulía a pocos metros del Estadio de Gerland. Bernard Lacombe, lo reconoció al instante, vio en el chaval de Bron aquellas aptitudes que convierten a un futbolista en diferente al resto. Por ello Jean-Michel Aulas, le entregó buena parte del protagonismo en la gran transformación del OL.

Karim encontró un vestuario que le acogió como suele suceder con todo chaval que llega nuevo, entre bromas y risas, pero el joven delantero les dejó claro desde un inicio que no había llegado al primer equipo solo para aprender y compartir, sino para competir. Benzema se acercó a las vacas sagradas del OL y les dijo: ¡No sé de qué os reís, he venido a quitaros el puesto!

Aquel era el verdadero Karim, un chico reservado pero decididamente obstinado a convertirse en la futura estrella del fútbol francés y del Olympique, como luego demostró. Con sólo 17 años debutó con la camiseta de “Les Gones” ante el Metz, y en poco tiempo acabó ganándose el cariño de la afición. Sus goles fueron decisivos para que el conjunto francés jalonara una etapa gloriosa en la que obtuvo cuatro títulos de liga, uno de copa y tres Supercopas.

Con la aparente frialdad de su fútbol, el introvertido y reservado, Karim, mostró la extrovertida elegancia de sus acciones, sus desmarques, sus goles. Para entonces media Europa ya le conocía y la otra media ansiaba hacerse con su fichaje. Por ello Florentino Pérez en persona llamó al timbre de la casa familiar en Lyon, para convencer a la familia Benzema de que su nuevo  lugar de pertenencia lo encontraría en Madrid, como luego así fue.

Y en Madrid, Karim se sintió quizás perdido, lejano a aquella parcela de hierba silvestre de su barrio en la que todo comenzó. Benzema se encontró disperso, superado por el idioma, la ciudad, por la constelación de estrellas entre las que su brilló menguó. Madrid conoció entonces a un talento apático, frío, ausente y en busca de su verdadera identidad, su sentido de la pertenencia perdida.

Y entre perros y gatos, Mourinho supo dar con la tecla exacta para rescatar de aquella gélida ausencia al mejor Karim, tras la que resurgió aquel chico de Bron que soñaba ser Ronaldo pero que goleaba con la firma de Karim. Un fastuoso delantero bereber, argelino, musulmán y francés, que ante tantas raíces siente absoluta pertenencia hacia su modesto barrio de Bron. Un chico que tras unos meses aturdido en un mundo demasiado grande para él, pudo encontrar en el camino verde del Bernabéu la pertenencia a un equipo y un escudo. Por ello, ahora que ha protagonizado el despertar bereber, el despertar amazig, el despertar de Karim, se le echa tanto en  falta cuando las lesiones le apartan de su camino. El camino de un chaval que quiso ser Ronaldo, pero que se mostró como Karim, sintiendo y expresando con su fútbol, la idea de libertad y libre personalidad que portó en su interior desde que su abuelo aseguró la descendencia de la familia Benzema en las montañas de Beni Djellil.

El lugar en el que todo comenzó y permitió al planeta fútbol, contemplar la elegante y estilizada figura de Karim haciendo un sombrero maravilloso en el área al mejor central mundial de la última década: Puyol.

Magia en estado puro, AMAZING!

Mariano Jesús Camacho

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