Al respirar, el perfume de la hierba mojada inunda mis sentidos de historias y nombres que caen en cascada por esta hoja en blanco de la memoria. Aquella que hoy viaja decidida a recordar y constatar en el transitar de la historia y el tiempo, que el éxito continuado embriaga nuestros sentidos y nos hace perder el sentido de la realidad. El éxtasis de una realidad virtual, que instalada en el carro de la felicidad maquilla de naturalidad la victoria y nos hace olvidar lo complicado que históricamente siempre resultó.

Por ello tiene tanta importancia y valor lo conseguido por la generación Xavi, Messi e Iniesta, por ello tiene tanto calado lo conseguido por Pep. Y por ello, por lo enormemente complicado que históricamente resultó, no quisiera que el aficionado culé olvidara que lo conseguido por esta generación es excepcional y se sale absolutamente de la normalidad histórica que dictó el transitar del tiempo y los campeonatos por los colores del legendario club azulgrana.

Y en estos días en los que quisiera salirme de lo habitual para rebuscar entre los archivos del recuerdo otro de aquellos momentos que brillaron en la historia del Barça por la tremenda magnitud de su excepcionalidad, debo detenerme en la figura de un sensacional extremo diestro azulgrana que pasa por delicados momentos de salud y contribuyó con su velocidad y talento a escribir una de la páginas más brillantes de la historia del club.

Su nombre Estanislao Basora, su alma cosida a un número siete y su talento el manantial inagotable de un extremo diestro de leyenda…

Nacido un 18 de noviembre de 1926 en Colonia de Valls (Barcelona) el pequeño Estanislao fue uno de aquellos niños que como cantó Serrat no paran de joder con la pelota. Un chico que entre adoquines y calles de tierra comenzó a dominar con enorme precisión una pelota de trapo que se cosía a sus zapatos a través de sus jirones de tela.

En las filas del Colonia Vall, conjunto de su ciudad natal estrenó su don natural, pero comenzó a jugar al fútbol de una forma más seria casi de casualidad. Cuentan que su hermano mayor jugaba en el Súria y un día entrenando solamente tenían diez jugadores. Momento que aprovechó su hermano para decirles que Estanislao era lo suficientemente bueno como para ser el jugador nº11. Aunque en aquel momento le contestaron:  ‘¡Pero si tiene 14 años!’, solo le bastó unos minutos para demostrar que había nacido para ser futbolista.

Así entró a forma parte del Súria, conjunto en el que jugó antes de ser recordado en las filas del Manresa como el ‘noi de Manresa’, y captar la atención del FC.Barcelona. Llegó al Barça en 1946 para dar continuidad a su imparable y letal carrera jugando una temporada en el filial (Barcelona At.) y subiendo al primer equipo en 1947.

Debutó con el FC Barcelona en la temporada 46/47, cobraba en aquel entonces 10.000 pesetas de la época. Pronto la grada descubrió la rapidez y calidad tanto en el golpeo como en el regate de un extremo diestro que para el conjunto azulgrana fue lo que Gento para el Real Madrid. Basora fue fijo para Samitier, que le abrió las puertas del primer equipo, también para el uruguayo Enrique Fernández y sobre todo para el checo Fernando Daucik, técnico que dirigió al recordado Barça de las cinco Copas. Como cité al inicio del texto uno de aquellos equipos que sin llegar a la magnificencia del Barça de Guardiola convirtió la victoria en algo común y habitual.

No en vano entre 1951 y 1953, el Barça ganó todos los títulos en juego (las Ligas 1951-52 y 1952-53 y las Copas 1950-51 1951-52 y 1952-53). Especialmente recordada aquella temporada 1951-52, la de las Cinco Copas: en la que se consigue la Liga, la Copa, la Copa Latina, la Eva Duarte y los trofeos Duward y Martini Rossi, que se concedían a los conjuntos más goleador y menos goleado del campeonato.

Aquel equipo que lideró Kubala y en el que Estanislao jugó un papel muy destacado, brilló en todo su conjunto, pero pasó a la posteridad por aquella delantera que los aficionados recitaron de carrerilla. Una legendaria línea de ataque a la que Joan Manuel Serrat cantó poniendo música a sus goles y coloreando su grandeza con la incomparable armonía poética de su  voz:

“Fills d’Una, Grande y Libre…Metro Goldwyn Mayer…

Lo toma o lo deja…Gomas y lavajes…

Quintero, León i Quiroga…

Panellets i penellons…Basora, Cesar, Kubala, Moreno i Manchón.”

Basora dejó el sello y la impronta de un extremo puro, de aquellos que corrían la banda, encaraban y la ponían en el corazón de las emociones, en el área de las ovaciones. Aquellas a las que se hizo acreedor el que para muchos fue uno de los mejores extremos diestros, uno de los mejores números siete europeos de su generación.

La estela de Basora levantó la pintura blanca de la raya de cal y esparció defensas por la hierba, aquella alfombra verde de cinturas quebradas que fue testigo de sus 373 partidos y 153 goles con la camiseta blaugrana. También dejó su huella en la selección española, pues el ‘noi de Manresa’ debutó un 12 de junio de 1949 en un Rep. Irlanda 1 – 4 España, disputado en Dublín, en el que el extremo anotó el tercer tanto de la selección. Tan sólo una semana después, un 19 de junio, completó la que posiblemente constituyó su mejor actuación con el combinado nacional. Fue un partido histórico, pues España se impuso a Francia por 1-5 en París, en el mítico estadio de Colombes. Basora rompió aquel partido y volvió loca a la zaga francesa,  logró tres de aquellos cinco goles y su estelar actuación le dio fama internacional. “L´Equipe”, se rindió a la exhibición del jugador azulgrana y le dedicó un gran titular calificándole como “El Monstruo de Colombes“…

Para muchos de los que le vieron jugar el extremo del Bages pertenece a aquella estirpe de futbolistas que en el Olimpo de la raya de cal perfilaron su leyenda, aquella que dibujó de gloria y emoción una forma y concepto estético del juego. Un idioma futbolístico interpretado tan solo por los Garrincha, Jairzinho, Matthews, Best…

En el mundial de Brasil de 1950, en el que España había conseguido la mejor clasificación de su historia (hasta Sudáfrica), Basora fue considerado el mejor extremo del Campeonato.  Todos recuerdan a Zarra, su gol, pero olvidan que Basora fue el mejor español en aquel campeonato del Mundo, no en vano el extremo azulgrana hizo dos goles a los uruguayos, entre los que Basora tenía a un gran admirador. Aquel admirador era el legendario Alcides Gigghia, que llegó a declarar que Basora era el mejor extremo del mundo y que aunque España tenía un gran equipo, Basora era el mejor con diferencia. Basora fue una de las estrellas y marcó 4 goles que lo convierten en uno de los máximos goleadores españoles en la historia de los mundiales. Jugó su último partido como internacional en un España 4 – 1 Escocia, en Madrid, un 26 de mayo de 1957.

 A la edad de 30 años y pese a que aún podría haber seguido jugando algún año más, decidió colgar las botas. Una tarde de junio de 1958 que se presentó lluviosa prologó su despedida oficial, el Barça disputaba una semifinal de Copa en el Camp Nou. El mítico extremo no pudo despedirse mejor, puesto que lo hizo marcando dos goles. Los aficionados que habían desafiado a la lluvia y estaban en las gradas le despidieron en pie, tributándole una prolongada ovación para agradecerle su contribución al engrandecimiento deportivo del club.  Posteriormente un 29 de junio de 1958, aquel día en el que Pelé ‘sombrereaba al mundo’ y la leyenda poniéndose el fútbol por montera en tierras suecas, a miles de kilómetros, en un partido amistoso frente al equipo holandés del Twente Enschede, el Barça venció 8 a 3 con un festival de jugadas, centros y pases de gol del extremo del Bages. Aquel día el Camp Nou se rendía por última vez a sus pies y le tributaba una emotiva y calurosa despedida final al que había sido dueño de la línea de cal azulgrana durante casi una década.

Aunque jugó durante un tiempo en las filas del Lleida, la personalidad de Basora le hizo llegar a la conclusión de que pese a que el fútbol era lo que más amaba, había llegado el momento de parar, de marcharse a tiempo en la cima de su juego, de su recuerdo. Aquel recuerdo que dejó en el aficionado el bouquet de un fútbol excelso para el que no hubo homenaje, prometido  por el entonces presidente Francesc Miró-Sans e ignorado por el tiempo. No así por la grada, que siempre homenajeará eternamente el veloz y genial desempeño diestro de Basora con una pelota. Aquella que ayer, hoy y siempre hará grande al Barça, pues en la naturalidad de la victoria y la derrota, ineludiblemente encontrará perfiles como los de “El Monstruo de Colombes”. La excepcionalidad de un perfil, un equipo, que pone de manifiesto la compleja conjunción planetaria que requiere reunir a una generación de jugadores capaces de eternizarse en la victoria continuada.

Mariano Jesús Camacho