Hay ciudades en las que la identidad de un pueblo queda ritualizada en un flamear de banderas y pañuelos al viento, hay pueblos que se expresan cantando al unísono con sus desgarradas gargantas, hay colores que visten de emoción un sentimiento y, hay sentimientos que gozan de culto y rango de religión.

Por ello la religión rojiblanca del Athlétic  jamás tuvo ateos y exhibió a sus deidades con tanta brillantez histórica, y por ello en aquel instante mágico en el que la rutina se olvida, solo existe un templo: La Catedral.

Y en La Catedral único templo en el que no está permitido orar, sino animar, uno de los pesos pesados de la historia del fútbol ha conocido la maravillosa divinidad futbolística de San Mamés. Un ilustre equipo inglés que en esta ocasión no llegó con los poblados mostachones de antaño, ni con la intención de llevar a cabo su evangelización futbolística por la ría de Bilbao a bordo de los pataches  de la línea regular “Mc&Andrew”, sino para ser evangelizado por un equipo y una afición que les hizo doblar sus nobles rodillas ante la superioridad de un rodillo rojiblanco.

El Manchester superado por el ambiente, por aquella peregrinación ritual de una afición que luce como nadie en un marco incomparable, solo pudo dejar un zarpazo de genialidad de la botas de Rooney, inglés al que La Catedral ovacionó, al igual que a un grande del fútbol como Ryan Giggs, el Dorian Gray del United, que se marchó ovacionado por una afición que eriza el bello y da lecciones cada fin de semana. Una afición que vibra y llora con este Athlétic, del que ya muchos jóvenes vascos, comienzan a comentar que es el mejor que vieron en su generación. Muchos, con buen criterio pensaran que solo se ha pasado una eliminatoria, pero aun asistiéndole el peso de la razón y la prudencia, olvidan que esta fecha se recordará para siempre en la memoria histórica del Athlétic. Aunque algunos pretendan minimizar la gesta, aludiendo a un Unietd en horas bajas, los Bielsa Babes con una media de tan solo 23 o 24 años han conseguido hacerse hueco en la memoria de bronce del aficionado y  los corazones de la gente, pues el corazón siempre tuvo razones que la razón desconoce.

Como la afición del Athlétic siempre tuvo corazón y conciencia única de jugador número doce, da lecciones de tal fervor y aliento que son capaces de llevar a su equipo en volandas hacia la leyenda. Tal y como hizo ante el Manchester, como siempre ha hecho a lo largo de su historia, y como seguirá haciendo con tal de volver a ver navegar por la ría a su Gabarra ya jubilada.

Y con fútbol de pura Gabarra, un vendaval  rojiblanco aplastó al United a partir del minuto 13, cuando un balón al palo de Muniain, a pase maravilloso de Llorente, dio el primer aviso de una tarde legendaria. Aquella que vivió su mayor momento de algidez en el minuto 23, cuando un milimétrico pase de cuarenta metros que brotó de la zurda de Amorebieta, cayó del cielo plano y suave, para impactar en la sutil bota de Fernando Llorente, que sin dejarla caer voleó  al rincón quimérico del portero español David de Gea.

Así inició una mágica tarde para la que nos quedamos sin calificativos, una exhibición para la que sobran las palabras, pues mil palabras nunca dejarán una huella tan profunda como una acción. Y por mucho que intente expresar en unas líneas lo sucedido en la Catedral, estas jamás se acercarán lo más mínimo a la exhibición de fútbol, entrega, compromiso, orden táctico y presión ofrecida por el Athlétic.

Mucho menos, lo mostrado por su fiel, caballerosa y espectacular afición, aquella que inundó de magia San Mamés con un desgarrador y único cántico: ¡Atlheeeeeeeeeeeeeeetic!

Caen las sombras sobre el estadio, La Catedral queda vacía, el aficionado regresa feliz a casa, la humedad cae sobre el cemento y hace brillar a la grada, que luce banderas dormidas y extasiadas. La ovación se dispersa en el recuerdo, las luces y voces se apagan, el estadio queda solo, y en la tribuna, el busto de Pichichi, al borde de una emoción de bronce deja escapar por sus mejillas centenarias, eternas lágrimas rojiblancas.

Mariano Jesús Camacho