En ocasiones el fatal destino parece conjurarse en una fatídica conjunción planetaria para  hacernos ver, comprender, que el fútbol no es más que un entretenimiento, un deporte que en el trascendente juego de la vida goza de una importancia mínimamente relativa. Y es que únicamente cuando vivimos situaciones que nos colocan ante nuestros límites existenciales, somos capaces de reaccionar y percatarnos de que aquellos deportistas a los que idealizamos, idolatramos y en cierto modo convertimos en inalcanzables deidades, no son más que humanos adornados por unos atributos físicos y motores que no les libera de debilidades humanas como la muerte, enfermedad, sufrimiento y dolor, todos implícitos en nuestra existencia.

Y semanas como la pasada, especialmente dura y complicada, repleta de aquellas situaciones límites de las que os hablé, está siendo profundamente edificante en ese sentido.  Por ello ante tanta adversidad, lo más importante será tomar nota y conciencia docente de la actitud que sus protagonistas tomaron ante ella, pues su ejemplo sin duda nos hará crecer.

Cuando tan solo se cumplía un día de que Basora había demostrado que su cuerpo era mortal pero su leyenda inmortal, Eric Abidal nos impactaba una vez más tanto por el anuncio de su trasplante de hígado, como por su actitud ante la enfermedad. Aceptándola como un hecho muy real, no rindiéndose ante ella y contando con ella para poder hacer rendir al máximo su parte sana. En definitiva haciendo lo que tantos millones de personas anónimas hacen cada día, personas que viven y conviven junto a nosotros, pero que por el mero hecho de no ser deportistas de elite o famosos, no son reconocidos como héroes. Es la vida, sin más, tan valioso como ella, tanto que Abi, podría haber encontrado un donante de hígado en uno de sus amigos de infancia. El resto lo conocemos todos, solo debemos echar un vistazo a nuestro lado, donde seguro encontraremos a verdaderos héroes que luchan denodadamente con una actitud ejemplar ante la adversidad, ante la enfermedad y la amenazadora mueca espectral de la muerte.

Una sombra doliente que sobrevoló ayer tarde sobre el césped de White Hart Lane, cuando Fabrice Muamba (23 años), jugador inglés de origen congoleño del Bolton, se desplomó en el minuto 41 del encuentro que estaba disputando su equipo con el Tottenham en la FA Cup. Una parada cardiorrespiratoria le dejaba inmóvil, en sus ojos perdidos se reflejaba el terror y la desesperación de sus compañeros, también los denodados esfuerzos de los equipos médicos por reanimarle sin éxito durante diez minutos. Diez interminables minutos en los que el fútbol pasó a un segundo plano para vestir el césped de rezos, lágrimas y desesperación. Una vez más el destino quiso componer aquel fatídico puzzle límite existencial, que hemos contemplado en otras ocasiones sobre un campo de juego. Y digo de juego porque desde ese mismo instante y como muy oportunamente consideró el colegiado Howard Webb, el fútbol dejó de tener sentido ante la tragedia de un joven que se debatía entre la vida y la muerte. Un chico que afortunadamente pudo ser estabilizado en North London Hospital, donde respira por sí mismo y se está a la espera de su evolución en la Unidad de Cuidados Intensivos.

Y es que como dije, hay semanas en las que el destino parece empeñarse en demostrarnos nuestra pequeñez, nuestras absurdas actitudes y batallas ante lo que únicamente es solo un juego. Un pasional entretenimiento que representa tan solo un ínfimo porcentaje del verdadero juego de la vida. Aquel que nos iguala, nos humaniza y sobre todo nos hace grandes a través de nuestra actitud ante los límites existenciales, aquellos de los que extraemos un profundo aprendizaje, nos hacen crecer y perfila la lucha de verdaderos héroes anónimos en cada barrio, cada casa, cada calle, cada esquina, cada rincón…

Mariano Jesús Camacho