El ser humano tiende a englobar y valorar la discapacidad, la minusvalía física, en el marco de la compasión y la marginación, infravalorando gravemente la innata capacidad de adaptación y superación que poseen aquellos que nacieron o tuvieron que enfrentarse en un momento de sus vidas a alguna de ellas. Jamás deberíamos olvidar que nuestra ignorancia supina, durante largo tiempo marginó a los discapacitados físicos considerándolos como tullidos e incapaces de toda actividad. Así fue hasta que el afán de superación de este colectivo de personas demostró que si se le facilitaban los medios necesarios, no existía traba física que pudiera impedir su integración y aportación intelectual como personas realizadas de nuestra sociedad.

Afortunadamente el cambio de mentalidad se produjo y la concienciación social otorgó el impulso económico necesario para el estudio y mejora de la calidad de vida de los discapacitados. Cuando comenzamos a eliminar las barreras arquitectónicas y sociales de nuestras vidas, nos percatamos de que eran otro tipo de discapacidades (afectivas, sociales, culturales…) las que bloqueaban realmente a los seres humanos.

Por la citada razón en esta ocasión he elegido para este reportaje polideportivo la figura de Alix Louise Sauvage, una chica nacida un 18 de septiembre de 1973 en Perth, Australia que rompió barreras desde aquel día en el que abrió sus ojos por primera vez para combatir y competir  incesantemente ante la adversidad. Y es que Louise nació con una grave enfermedad congénita llamada mielo displasia, que inhibía la función de la mitad inferior del cuerpo, permitiéndole tan solo un control limitado sobre sus piernas.

De padre de las Seychelles y madre de Leicestershire, ambos lucharon denodadamente para que Louis tuviera la calidad de vida mínima requerida para aquella niña de tres años que adoraban.  En 1976 formó parte del programa Perth Teletón de Canal 7 para recaudar fondos para niños discapacitados.  Louise usó muletas con las que a duras penas podía caminar hasta que recibió su primera silla de ruedas. Con tan solo diez años la frágil morfología de su cuerpo acumulaba ya hasta 21 operaciones quirúrgicas y, es que como contó Rita (su madre) la pequeña Louise nació con una pierna por debajo de ella y la otra en la parte superior, justo por encima de su hombro.

Sauvage creció en Joondanna, Australia Occidental, donde asistió a la Escuela secundaria Hollywood High, antes de completar un curso de TAFE en estudios de secretaría. En aquellos años recibió el incondicional apoyo de sus padres, que la alentaron en todo momento para que construyera su personalidad en derredor de aquella demoledora sentencia que en su honor hoy adorna el puerto de Sydney : “Nunca sabrás lo que puedes hacer o lograr hasta que lo intentes.”

Por ello la animaron a hacer deporte desde edad muy temprana; con tres años la inscribieron en cursos de natación en la piscina del barrio para que fortaleciera la parte superior de su cuerpo. Siguió a su hermana Ann en su pasión por el deporte, Louise era el único miembro del club de natación con una discapacidad e intentó practicar deporte en la escuela junto a sus compañeros de clase, pero su discapacidad complicó las posibilidades para ello.

A la edad de ocho años los deportes en silla de ruedas entraron poderosamente en la vida de aquella niña que soñaba con ser atleta. Comenzó a competir de forma seria en las carreras en silla de ruedas a los 15 años, mientras las compaginaba con la práctica del baloncesto en la citada modalidad. Se involucró apasionadamente y brilló en todos los deportes que practicó, para ella no había retos imposibles de superar. Así fue hasta que en 1987, su sueño de convertirse en atleta quedó en el aire debido a los devastadores efectos en su columna de una escoliosis progresiva. Louise contaba con 14 años de edad y para ella fueron los peores años de su vida. Una nueva cirugía corrigió con varillas de metal insertadas en su espalda la curvatura de su columna, pero lo que debería haber sido dos operaciones se convirtieron en tres, pues una de ellas no salió según lo previsto. Durante meses una cama de hospital constituyó la pista de competición de Sauvage, que luchó denodadamente para salir de aquel infierno.

La capacidad de determinación y fuerza de voluntad de Louise posibilitaron una recuperación increíble. En 1990 ya había vuelto a la pista e hizo su primera aparición en una competición internacional, el Campeonato del Mundo de Assen, Holanda, en el que estableció un nuevo récord mundial y consiguió el oro. Aquel oro constituyó la prueba más fehaciente de que la pasión nos puede llevar a metas inimaginables, que el sentimiento y el deseo abren sendas, pero que desear no es suficiente, sino que es vital la capacidad de soñar para encontrar el vigor necesario con el que tocar brillantes estrellas lejanas no imposibles de alcanzar.

Y en la cegadora luz de aquel oro, la leyenda de Louise Sauvage comenzó a escribir sus páginas más brillantes. Su participación en los Juegos Paralímpicos de Barcelona, le reportaron grandes éxitos y fama internacional, llegó a casa con dos oros y una plata colgados a su cuello. Australia había encontrado en aquella niña discapacitada de Perth, a una de las más brillantes luminarias del deporte. Como tal, le fue reconocido el mérito con la Medalla de la Orden de Australia.

Sauvage entró de lleno en el circuito internacional de carreras y brilló a tal punto que logró desbancar en el maratón de Boston de 1997 a otra leyenda del deporte para discapacitados como Jean Driscoll, conocida como la ‘Reina de Boston’. Precisamente junto a ella protagonizó duelos épicos, como aquel memorable momento de 1998, cuando en Boston, solo la ‘foto finish’ pudo dilucidar cual de ellas había ganado la carrera. Louise venció dos títulos más en la ciudad norteamericana en las ediciones de 1999 y 2001.

Sus nueve medallas de oro y dos de plata conseguidos en los tres Juegos Paralímpicos que disputó, sirven para catalogar el valor y peso histórico de esta atleta que vivió otro gran momento: los Juegos Olímpicos de 1996 en Atlanta, en los que consiguió la primera medalla de oro femenina en pista para Australia en una prueba de demostración. En Atlanta, Louise fue la reina en las pruebas de 400 m, 800, 1500 y 5000, pese a competir con una lesión en la muñeca. Estableció récords mundiales en los 1500 m, y los 5000 m. obteniendo el oro en 5000 y 400 con tan sólo una hora de diferencia.

El perfil legendario y el explosivo rodar de su silla de ruedas dejó su estela en las más prestigiosas carreras del circuito mundial: Berlín, Los Ángeles, Boston, Atenas, Tampa, Newcastle… Todas aquellas ciudades, sus maratones, sus carreras, fueron testigo de su grandeza y rivalidad con otra gran competidora como la canadiense Chantal Petitclerc.

Medio mundo certificó el afán de superación de esta mujer para la que hay una cita que difícilmente podrá olvidar: los Juegos de Sydney del año 2000 y el caluroso recibimiento que recibió de sus entregados compatriotas. Ella se encargó de encender el pebetero y según contó Sauvage, que ganó tres medallas, (dos de oro y una de plata), el atronador aliento del estadio Olímpico la llevó en volandas por aquella pista.

Una pista sobre la que su determinación y fortaleza constituyeron un modelo a seguir, aquel que cada día, truene o llueva, se lanza a la carretera para regresar tras 42 kilómetros de carrera con aquellas manos rojas que atravesaron el mundo rompiendo barreras.

Pues para Louise Sauvage, como debía ser para muchos de nosotros: Impossible Is Nothing.

Mariano Jesús Camacho