Como esta Bitácora navega en gran medida rumbo al recuerdo he rescatado de las historias del ayer, los recuerdos de infancia de aquellos niños que jamás necesitaron una Play para soñar, tan solo el rodar de su imaginación y una faja de tierra o cemento sobre la que volar. En este caso dos octógonos de cemento a los que el verdín del olvido convirtió en el parque más frío de La Tacita, aquel que en otro tiempo muchos niños encontraron el Estadio Olímpico de su barrio, su niñez.

Articulo publicado por Moisés Camacho en su Blog: Cádiz, Más cerquita que la mar

Tras unos meses de inactividad del blog, me gustaría retomarlo, brindándole un pequeño homenaje a aquellos que compartieron infancia conmigo, de ahí el título del artículo: El Estadio Olímpico de mi barrio.

Es común entre los jóvenes, soñar con sus ídolos, e imitar sus comportamientos, y sobre todo cuando uno se refiere a temas deportivos. Pero mi barrio era diferente, no nos contentábamos con darle al esférico aunque era nuestra verdadera pasión y dónde se escondían nuestros verdaderos referentes, encabezados por aquel salvadoreño- gaditano que de vez en cuando se dejaba ver por las inmediaciones con su amigo Emilio-, mi barrio era todo en sí, una competición deportiva.

Hoy día, en el que el consumismo y las telecomunicaciones, han hecho a los jóvenes y no tan jóvenes quedarse junto a una pantalla la mayor parte del día, sin vivir realmente lo que es el contacto humano, quiero poner en valor lo que aprendí con mis compañeros de aventuras, los que me hicieron tener una mente abierta y educarme en valores como el compañerismo, la lealtad, el respeto,… que nunca una pantalla cuadrada enseñarán, mis compañeros de juegos, y de deportes, los niños de mi barrio, que me consta, que aun habiendo ya algunos formado sus familias, despojándose del divino tesoro de la juventud con la careta de madurez, seguro que, como yo, llevan dentro aquel niño para el que cada día era como unos juegos olímpicos.

Un simple palo de madera, que cogíamos de la extinta carpintería que se encontraba en los alrededores y una pelota de tenis gastada, que nos tiraba un compañero desde un balcón, nos servía para jugar al beisbol, con sus bases y sus equipos, así nos convertimos en los mejores bateadores de Cádiz y todo el barrio se movilizaba cuando jugábamos uno de esos partidos que duraban horas.

Los campeonatos de tenis (algo parecido al pádel actual) eran algo más emblemático. Jugábamos torneos a la par que lo echaban en la tele, nos entraba la fiebre con Roland Garros, Wimbledon, etc., y veíamos nuestra competición como uno de los grandes torneos. Duraba semanas, y contábamos en cada partido con su hinchada correspondiente que se arremolinaba al lado de “nuestro campo” con sus pipas, gusanitos y chucherías, dispuestos a ver a los mejores del barrio enfrentándose. Había competitividad, tanto jugando solos como en pareja.

 También nos servía nuestro barrio para hacer contrarrelojes ciclistas, cuando empezaba el Tour de Francia, siendo nuestro ídolo primero Perico Delgado y luego Induráin. Las etapas más largas las realizábamos por los alrededores. Era impresionante ver como 20 niños más o menos se lanzaban en tromba con sus bicicletas, colocando incluso avituallamientos.

El baloncesto también era considerado un deporte de barrio, y cuando queríamos practicarlo con más tesón, saltábamos la tapia del colegio de al lado, y allí nos pegábamos horas con nuestros torneos. El judo, el boxeo y deportes de contacto, tampoco se salvaban, y eran practicados, aunque con menor asiduidad, por el miedo a escoñarnos seriamente.

De entre todos los deportes destacaba como no, el fútbol, pisos rojos contra pisos verdes, y en el mismo patio, grandes liguillas de dos para dos que nos llevaban jornadas enteras. Así crecimos en mi barrio, y así entraron en mí, la mayoría de los valores que conservo, amistad, competitividad, sacrificio, compañerismo, solidaridad, etc.

La verdad que siento pena, por los niños de hoy, considerándome como una de las últimas generaciones que dio utilidad de verdad a su infancia, en la que no nos hacían falta campos de fútbol cuidados, ni equipaciones, ni nada que se le pareciese. Utilizábamos nuestra imaginación como mejor podíamos, y conseguimos entre todos, y a través del deporte y los juegos, afianzar en nosotros unos valores que ya nunca se perderían.

Por todo ello, estoy agradecido hasta mi muerte a todos aquellos niños de mi barrio, que me hicieron crecer de forma sana, e incentivaron mi imaginación, que todavía, me lleva a aquellos momentos, sintiéndome con añoranza muchas de las veces, como aquel niño que soñaba con ser campeón de campeones dentro de su barrio, y que felicitaba a quien ganaba, e incluso lo admiraba.

Hoy que mi barrio está invadido por columpios, la mayoría de las veces vacíos, tras año de dejadez y abandono, donde desaparecieron nuestras porterías, nuestras canchas, nuestro campo de tenis….. a veces aun se escuchan los gritos de las últimas generaciones que con su imaginación, y muchísimos menos recursos, consiguieron llevar una infancia plena, en la que los valores nos ayudaron a ser mejores personas.

Nene, Vadillo, Jose Alberto, Chaves, Carlos el nazi, Paco Luque, Rafa Real, Óscar, Ivan, Falcón, Migue de la Curva, Migue Ronaldo, Antoñito, Lololailo, Alberto, Cristian, Dani, Juan Carlos, David el Pato,  Fernandito, Sergio el Fregona, Paco Sánchez, Sergio Sánchez, Nani, Oscar Mole, Jonás, Rubiales, Velez, Luis David, Dani el Piti, David el Piti, Rober, Artur, y muchos más que se me olvidan, fueron mis compañeros y contrincantes, en el gran estadio olímpico de mi Barrio. Gracias a todos por la infancia que me brindasteis.

Por Moisés Camacho