Desde el principio de los tiempos el ser humano ha buscado en su medio natural los recursos naturales necesarios para paliar las debilidades físicas de nuestra maravillosa máquina vital. El nacimiento del hombre se produjo al mismo tiempo que el de la enfermedad, por ello curanderos, charlatanes, sanadores, chamanes y brujos, compusieron el mapa antropológico e histórico de la medicina durante siglos, hasta que la ciencia y la farmacia comenzaron a evolucionar siguiendo el rastro dejado por los sabios de aquella medicina primigenia.

Gracias a ello nuestra expectativa de vida ha crecido exponencialmente pero no siempre la medicina tiene respuesta y solución para todo, por lo que ofuscados por la desesperación, buscamos en la superchería, la religión y la fe, el brebaje y la pócima milagrosa para nuestros males.  Y en este pantanoso terreno en el que la razón se nos escapa entre los dedos y en el que algunos indeseables hacen negocio de nuestra desesperación, (y en muchos de los casos incultura) encuentro uno de los elementos más recurrentes y socorridos de la historia del deporte y el fútbol: el agua milagrosa. Elemento milagroso a través del cual quisiera introduciros en la carrera legendaria de una figura poco reconocida, que a la sombra del médico y con una botella de agua milagrosa y linimento Sloan “El tío del bigote”, ejerció como sanador de los grupos musculares del deportista por los campos de fútbol de todo el planeta.

Un personaje sin duda sabio, como aquellos chamanes del Amazonas que conocían las propiedades medicinales de las plantas, en muchos de los casos entrañable, mediador y motivador de un equipo o grupo deportivo. De manos milagrosas y conocedor al milímetro de los grupos musculares del cuerpo humano, su universidad no fue otra que la experiencia y el mapa físico y mental del deportista herido, lesionado. Entre vendas, camillas y toallas hizo más fácil la vida del futbolista, que vio en él a la figura de un confidente, sanador y principal objetivo de sus bromas. No en vano en aquellas camillas de recuperación se consumieron muchas horas y se gestaron muchos de los éxitos y fracasos del deportista, que ya fuera por sus manos milagrosas o el efecto placebo del agua milagrosa y sus palabras, siempre tuvo en el perfil olvidado del masajista a su gran salvador.

El perfil de un profesional que en los últimos años ha experimentado una evolución y especialización tan drástica como la medicina deportiva, pues su figura ha evolucionado hacia la del recuperador deportivo, un profesional universitario de carrera especializada llamado fisioterapeuta. Y es que aunque el agua siga haciendo milagros por los campos de fútbol levantando heridos por el efecto placebo del cambio de temperatura o la picaresca antideportiva del jugador, la entrañable figura del masajista, utillero, psicólogo, confidente y motivador, ha quedado reemplazada por la de un recuperador que aún en la sombra, cada día cobra más importancia en el rendimiento a largo plazo del deportista.

No en vano su trabajo en la prevención y recuperación de lesiones resulta esencial entre las bambalinas del día a día del fútbol actual. Un trabajo para el que no hay horarios pues los fisios, como aquellos masajistas de antaño, llegan antes de los entrenamientos para realizar sus tratamientos con los profesionales del balón.  La terapia manual con la que logran la recuperación y readaptación funcional del futbolista para volver a jugar. 

Ellos han introducido el concepto de los tres tiempos en el fútbol moderno, puesto que aunque para el futbolista y el espectador solo sean dos, para los fisios siempre habrá tres: el primero antes del entrenamiento o el partido, en el que trabajan en el calentamiento aplicando vendajes preventivos y estiramientos, el segundo durante el transcurso del partido, en el que prestan atención en todo lo que sucede por si es necesaria su intervención, y el tercero al finalizar la sesión, cuando trabajan las descargas musculares propias del deporte de élite para evitar futuras lesiones.

Por todo ello creo absolutamente esencial su labor para el correcto funcionamiento de un equipo y el óptimo rendimiento de los jugadores. De ahí mi más absoluta admiración para los fisios, masajistas del siglo XXI que a su habilidad con las manos sumaron la preparación universitaria de aquel que posee conceptos y conocimientos de entrenamientos, adaptación al esfuerzo y adaptación muscular.  Introduciendo a la ya tradicional masoterapia, tratamientos y avances cada vez más especializados como la osteopatía para recolocar estructuras óseas, termoterapia y crioterapia, la electrolisis percutánea intratisular o el ya popular kinesiotaping: aquellos llamativos vendajes elásticos pegados a la piel para el tratamiento neuromuscular y la reducción de la inflamación.

En definitiva es justo que en un deporte en el que se pone en juego tanto trabajo, dinero, sueños y emociones, rescatemos del olvido para instaurar su recuerdo a la entrañable figura del hechicero del agua bendita, al masajista sanador que antaño fue amigo, confidente, confesor y recuperador. Aquel que ahora como profesional de carrera especializado constituye uno de los pilares fundamentales sobre los que se sustentan los éxitos de los futbolistas. Pues sin ellos, posiblemente Andrés Iniesta (que se llevó su recuperador personal a Sudáfrica) no habría conectado aquel derechazo que nos elevó al Olimpo futbolístico en el Soccer City de Johannesburgo, escenario e instante que representó para muchos de nosotros aquella agua milagrosa capaz de sanar todos nuestros males.

Mariano Jesús Camacho