Bucarest es conocida como la ciudad de la alegría debido a que tomó su nombre de un pastor llamado Bucur (cuyo significado es alegre), pese a ello la gran mayoría de las personas que han tenido la oportunidad de visitarla coinciden en describirla como una urbe vetusta, grisácea y melancólica. De clima plomizo y edificios faraónicos deficientemente conservados, herencia del gobierno comunista, por sus enormes avenidas, arterias de cemento de una decadente ciudad, se refleja el rostro sombrío del Este de Europa.

Por esas mismas avenidas hoy el gris plomizo de aquella ciudad abrirá paso al apasionado color rojo del fútbol, pues Atleti y Athlétic inundarán la ciudad en rojo sobre el blanco de la memoria. Y Rumanía que no solo tiene lugar en sus fronteras para paisajes grises, sino que esconde entre ellas parajes y gemas tan bellas como el Lacu Roșu (Lago Rojo), creerá ver correr por las calles de su capital los riachuelos y ríos de estratos de óxido de hierro que desembocan en el imponente lago de la Garganta del Bicaz-Hasmaș. Pues la colorida marea rojiblanca de dos grandes aficiones serpenteará por las calles de Bucarest para hacer bueno aquel apelativo con el que en otro tiempo se la conoció. Bucarest será la ciudad de la alegría por un día, el legendario Orient Express que hizo escala en la capital rumana, en esta ocasión transportará la leyenda del fútbol, la historia de un club que transita por el recuerdo de más de treinta años sin vivir una final europea y la de otro que pretende estacionar su leyenda en Bucarest tras dos años de la inolvidable noche de Hamburgo.

En Bilbao una Gabarra calienta motores al borde de una ría y en Madrid un dios afila su tridente al borde de un mar de cemento, en Rosario Doña Nelly, de alma leprosa y Bielsista de corazón, aguarda ansiosa la llegada del partido con una bufanda del Athlétic, en cambio en su oficina de Puerto Madero, Natalia Simeone, de alma colchonera, sueña subida en tacones de aguja que el Cholo, su hermano, se convierta en el primer técnico argentino en conquistar la Europa League.

El elegante Estadio Nacional de Bucarest acogerá una apasionante final, en la que los 55.200 espectadores que coparán sus gradas, serán testigos del duelo del “Rey león”  con “el Tigre”, de Fernando Llorente con Falcao, de la seda de Adrián con el descarado estilo ofensivo de Muniaín, el Rooney del Botxo. Del valiente control ofensivo del maestro Bielsa, al acero contragolpeador del alumno Simeone, de la estética con el pragmatismo, de la intensidad con la intensidad. Del fútbol con el fútbol, la pasión con la pasión, del Athlétic con el Atleti, de Neptuno con San Mamés.

De un equipo bipolar, capaz de lo mejor y lo peor, cuya esencia permanece y resiste eternamente a los cambios y el transitar del tiempo, porque en asuntos del Atleti con el corazón hemos topado, pues en el fútbol hay muchas maneras de ser y sentir, pero solo una de ser colchonero y rojiblanco. Como rojiblanca es la memoria del Athlétic Club, pues ser del Athlétic siempre fue mucho más allá de vibrar con un club de fútbol, pues las emociones y las sensaciones se multiplican cuando la Gabarra calienta motores para el equipo txapeldun, que dicen viaja a Bucarest con la firme decisión de cobrarse su deuda histórica con el torneo continental y adjudicarse el primer trofeo europeo de sus 114 años de existencia.

Y por todo ello, desde estas modestas líneas que resbalan por la emoción de un anónimo aficionado al fútbol, quisiera desear lo mejor para uno y otro, además de expresar mi más sincera felicitación a ambos por hacernos vibrar, por disfrazar a la gris Bucarest con los vivos rojos y blancos de la pasión del fútbol e instaurar nuevamente en la vetusta urbe del Este de Europa, el apodo con el que antaño se hizo célebre: “La ciudad de la alegría”

Mariano Jesús Camacho

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