Desde que el hombre es hombre, desde los primeros albores sociales de la humanidad el ser humano ha recurrido al arte y la iconografía para representar en clave artística y simbólica, sus dioses, sus ídolos. Un hecho histórico que vivió enorme apogeo en la antigua Grecia y durante el Imperio romano, cuando fueron erigidas estatuas de grandes personajes que transmitieron no sólo un recuerdo de la persona representada, sino también el valioso contenido histórico y emocional de una época. Esculturas discursivas y aleccionadoras, que conducen inevitablemente a la docencia, al recuerdo, a acercarse al personaje que nos saluda desde lejos y nos invita a mitificar su huella, su legado, los emocionantes instantes que nos hicieron vivir.

Y el fútbol como vehículo de expresión social, como fuente inagotable de héroes e instantes históricos para sus aficionados, ha sembrado con el bronce artístico del escultor, sus calles del recuerdo y los panteones de su leyenda. Una leyenda que en Inglaterra encuentra sin duda al pueblo más sensibilizado con su propia historia. Como tal, me atrevería a asegurar que en lo referente a la iconografía del héroe futbolístico, Inglaterra es lo que la antigua Grecia y el Imperio romano representaron para la iconografía histórica de la humanidad.  

Por todo ello no me resulta nada descabellado imaginar un viaje hipotético hacia el futuro, un paseo por el condado metropolitano del Gran Mánchester, por las calles colindantes del City of Manchester Stadium, por Eastlands y, la visión de una estatua de bronce en el camino hacia el recuerdo y la leyenda de un gol que supuso una Premier y uno de los instantes más emocionantes de la historia citizen. La imagen de un futbolista cuya mirada de pillo me remonta a un 2 de junio de 1988, cuando en Flores, Capital Federal vino al mundo para gambetear sombras juguetonas por González Catán y Don Bosco. Para soñar con hacer aquel gol en el último segundo en los potreros del barrio de Los Eucaliptos, en los clubes de barrio de Loma Alegre y en Los Primos de Berazategui. Para ser Independiente de la pelota y rojo de Avellaneda desde los nueve años, para debutar a los 13 años en La Novena de Independiente firmando tres goles en la victoria de su equipo 6-0 ante Estudiantes.

También para ser dibujo animado y apodarse Kun, para dar el salto de la Octava a la Primera y un 5 de julio de 2003, entrar en la historia al destronar a Diego Maradona como jugador más joven en debutar en la Primera División argentina. 15 años, 1 mes y 3 días, tenía cuando Oscar Ruggeri, que quedó enamorado de las condiciones de aquel chaval, le hizo saltar al terreno de juego en sustitución de Rivas en el minuto 24, en el partido ya intranscendente del Torneo Clausura que enfrentaban Independiente y San Lorenzo. Un joven que a sus 17 años era ya fijo en la titularidad del rojo y retrotraía a los grandes pensadores del fútbol argentino, a los matices estéticos de otro dibujo animado llamado Romario.

Aquel que aprendió junto a Óscar Ruggeri, César Luis Menotti o José Omar Pastoriza, pero que explosionó con el ‘Rojo’ de la mano de César Falcioni, su último técnico en Independiente. Un chico muy talentoso que dejó claro su singular y estética relación con el área, con el gol. Pese a ser un goleador los matices estéticos de su juego y sus evoluciones por el terreno de juego, le permitieron asumir sin ningún pudor el reto de portar a su espalda un dorsal con tanto peso como la número diez de Independiente, que en su momento llevaron nombres tan ilustres como el “Bocha” Ricardo Bochini, Mario Rodríguez, Grillo y Seoane entre otros.  Agüero había nacido para el fútbol, para ser y hacer algo grande, para rodearse de la historia tanto fuera como dentro del terreno de juego. Para convertirse en yerno de D10S y ser padre de Maragüero, también para mostrar su fútbol en la vieja Europa por primera vez con los colores de una afición que le guardó un lugar de privilegio en su corazón rojiblanco.

Una afición hoy un tanto dolida, pero que difícilmente olvidará su debut un 27 de agosto de 2006, en la victoria de su equipo 1-0 como visitante frente al Racing de Santander, entrando a los 22 minutos del segundo tiempo en sustitución de Mista. Tampoco su primer gol con el Atleti un 17 de septiembre, en la visita al Athlétic de Bilbao, a los diecinueve minutos del segundo tiempo. Este el primero de unos recuerdos que se arremolinan de gambetas, amagos geniales  y una pareja de baile con la que hizo disfrutar a una afición. El recuerdo de una Liga de Europa, de la final vencida al Fulham inglés (2-1) con dos maravillosas asistencias al uruguayo Diego Forlán. De la Supercopa de Europa conquistada ante el Inter marcando uno de los dos goles atléticos pero sobretodo de una forma de concebir el juego que estéticamente dejó en la afición retazos animados de Romario pero una personalidad única y absolutamente propia de expresar y golear.

Un imborrable recuerdo y mejor negocio para el Atleti, quizás un revés para su afición, que conociendo la responsabilidad directa de la dirigencia del club en lo referente a su salida del Atlético, encontró una pequeña gran decepción en las formas de marcharse del que era su ídolo. El ídolo que pasó del barro a la escultura en la Premier, pues desde su debut sus regates de seda, sus goles, causaron sensación. Estrella entre las estrellas que se hizo hueco en el corazón citizen y en los planteamientos tácticos del prudente Mancini.

Protagonista del inmenso desembolso económico del accionariado del club de Manchester, su fútbol se asoció de inmediato con el talento de un mago canario llamado Silva y tejió la seda de la leyenda que llevó al club citizen a entonar nuevamente Hey Jude, himno extraoficial del Manchester City –los Beatles compusieron esta canción en mayo de 1968, el mismo año que los citizens habían ganado su última liga–. Y con esta banda sonora, con la afición citizen celebrando sus goles de espaldas, a modo y semejanza de los seguidores del equipo polaco Lech Poznan, descubrió una tarde de mayo que el fútbol es pura emoción, pura pasión, y su grandeza, su pequeñez se cuenta por instantes que penden del hilo incierto del destino y el caprichoso rodar de un balón.

El rodar de una pelota y un juego en el que los millones marcan goles, pero que giran constantemente en la ruleta de la fortuna. Una ruleta que solo reserva sus números y casillas elegidas a los privilegiados del balón, a niños como Sergio Leonel “Kun” Agüero, pequeño dibujo animado que la rompió en los potreros del barrio Los Eucaliptos y soñó desde entonces con hacer un gol para la historia.

Mariano Jesús Camacho