Reza un cantar popular que no hay mayor pena que ser ciego en Granada, pues no hay mayor ciego que el que no quiere ver. Dicen que no hay mayor ciego que el que tiene nublada la razón y es incapaz de ver más allá de su ombligo, pues más allá de este es incapaz de valorar justamente la creatividad ajena. Y no hay mayor error que intentar dar valor e importancia a una obra, menospreciando e infravalorando el  trabajo de otros, pues la importancia de las grandes obras, jamás precisaron de cotejo para adquirir por sí mismas su verdadera dimensión y peso histórico. 

Y aunque en el fútbol el ying siempre precisó del yang, siempre necesitó de la cohabitación y lucha con su rival como vehículo de las emociones, motor de la motivación y sustento de la competición, cada club, cada futbolista y cada entrenador, escribe su propia historia. Por ello  al que suscribe estas líneas, que es un enamorado de la historia de la Liga española y se encuentra cómodo buceando entre sus archivos, no le resulta complicado comprobar que se ha de ser ciego para no constatar que no existe precedente semejante a los 100 puntos conseguidos por el Real Madrid, hecho para el que se nos agolpan y agotan los adjetivos calificativos, pues para la historia quedará la brillante campaña de los Ronaldo y compañía. Hasta aquí ‘chapeau’… me saco el sombrero y rindo pleitesía a un equipo que ha mostrado su superioridad como justo campeón de la Liga española.

Quizás por ello me resulta tan complicado comprender que en el deporte, entre deportistas se utilicen palabras envenenadas por la egolatría y el cianuro del resentimiento para firmar declaraciones carentes de rigor y vacías de peso histórico.

Y la historia que os voy a contar comienza en la temporada 50/51 cuando un tal Telmo Zarraonandia Montoya, que no anotaba goles sino que a cada uno de ellos los bautizaba con un estilo y una firma legendaria, hizo 38 goles que no sirvieron para nada. Para nada porque según una palabra envenenada, con aquellos 38 goles el Athlétic no consiguió el Campeonato de la citada campaña, sino que firmó una discreta séptima posición en la tabla.  38 goles para nada, tan solo para permanecer vigente en los números de la Liga y la memoria de la gente durante 39 años, cuando Hugo Sánchez compartió con Don Telmo el privilegio anotador en una sola temporada. 39 años de vigencia y 60 temporadas de imbatibilidad e inmortalidad, que tan solo un año después de que Cristiano Ronaldo con 40 goles hiciera recuperar su valía e importancia en la pasada campaña, ahora parecen no contar para nada.

Y no sirven para nada porque en el hilo sesgado de la ceguera nos topamos con la figura de un rosarino que ha pulverizado la leyenda del gol con la firma de su izquierda e inigualable bota dorada. Y para nada dicen que sirven los 50 goles firmados por un argentino, que como los de un astro vasco, un astro mexicano, un astro luso, jamás nos regalará con una sola obra, un solo gol inservible e inútil para las retinas, para nuestra memoria.  Pues estos cincuenta goles que hoy no sirven para nada pulverizan otra cifra histórica, que desde la temporada 76/77 (35 años), permanecen vigentes en los legajos estadísticos de la Bota de oro desde que el rumano Dudu Georgescu, alzó sus brazos y gritó hasta en 47 ocasiones la palabra que ilumina el fútbol de lo más puro de su esencia.

Igualmente para nada sirven los 73 goles marcados por Lionel Messi en una sola temporada, que le permiten hablar de tú a tú a uno de los más sabios profetas del gol, cuyo torpedo no conocía objetivos imposibles. 73 goles para nada, tan solo para superar a un desconocido llamado Gerd Torpedo Müller, que desde la temporada 72/73 en la que anotó 67 goles con la firma de un goleador irrepetible, se convirtió en el máximo goleador histórico en una sola campaña.  

Pues eso 50 goles para una bota de oro legendaria y 73 goles para la historia de un genio del fútbol al que jamás le vi hacer un gol para nada. Y es que difícilmente los genios de cualquier disciplina humana, emprendan una nueva obra o firmen un nuevo trabajo, con la intención de no expresar ni transmitir a sus congéneres absolutamente nada. Mucho menos que no sirvan para nada, por ello en estas líneas de cierre, en las que la opinión se debate con la historia, rescato del inicio aquel cantar popular que reza que no hay mayor pena que ser ciego en Granada, pues no hay mayor ciego, mayor incultura y mayor pena, que considerar que el arte y la historia no sirven para nada.

Mariano Jesús Camacho