La personalidad es un patrón complejo de características profundamente enraizadas en nuestra infancia, en el entorno familiar, social y político en el que crecemos y, en el caso de Larisa Semyonovna Dirij, encontramos al fiel producto de la adversidad, la lucha de una de aquellas hijas anónimas forjadas a las sombras de las guerras. En la gravedad de las sombras y la estridencia de las bombas, que ni el lucero del alba es capaz de iluminar. Agarrada de aquel frágil pero poderoso hilo de luz entre tinieblas, surgió un ser etéreo, encantador, grácil y armonioso que puso a sus pies al mundo con la elegante e irreal volatilidad de una mariposa.

En Kherson, importante puerto entre el Mar Negro y el Río Dniepper, un ser alado posa su delicada, armónica y bella presencia de mujer por el agua de la vida. De una época complicada, labrada en el seno de una familia predestinada a volar en mil pedazos por la voraz sed de sangre de la guerra. Aquella una grácil mariposa que nació entre obuses de la vida, en cuyo rostro se dibujaban los surcos del hambre. Mientras la URSS sometía al pueblo con el régimen de Stalin y los nazis invadían para exterminar, la pequeña Lariss Dirij (nombre de soltera) lo vivía intensamente en su primera línea de batalla vital. Su padre Semyon fue víctima de la ‘RattenKrieg’ de Stalingrado en enero de 1943, y tan solo un año después perdió a Natasha, su madre, que murió tras una cruel enfermedad que la convirtió en una de las millones huérfanas de la guerra.

Pero bajo las duras facciones de la vida se esbozaba, sonreía la suavidad de la inocencia, entre el sangriento belicismo que marcaron sus primeros años de vida se forjó la Larissa, que a los once años entró a formar parte de un programa para el Estudio del Arte y la Práctica del Deporte. Y aquella fue la luz universal que marcó su camino, pues Larissa llegó a la gimnasia por el arte, a través de la danza, el ballet, hasta que su coreógrafo abandonó la ciudad y se decantó por la gimnasia. Tenía trece años y la citada decisión comenzó a gestar unos maravillosos ejercicios de suelo que para Roberta Bonniwell, entrenadora de EEUU, constituyeron el más puro acercamiento del deporte al arte.

No le faltaba razón puesto que desde su ingreso en el Instituto Politécnico Lenin comenzó a descubrir las infinitas posibilidades artísticas que recién estaban abriendo paso a una Diosa del Olimpo. Mikhail Sonichenko le acercó a la expresión, a la danza, mientras que Alexander Mishakov, le mostró la dureza de la competición. Un sacrificio, una dura lucha que la marcó profundamente, pero que con lo vivido durante su infancia, constituyó tan solo un duro juego de niños. A diferencia de lo que vemos hoy en día, a la gimnasia aun no habían llegado las atletas niñas, Larissa que se había casado con Ivan Latyny, y había adoptado el nombre de su marido “Latynina”, llegó a expresar su talento con un envidiable cuerpo de mujer.

Su primer triunfo internacional llegó en 1954, en el Festival de la Juventud de Varsovia y, dos años más tarde, hizo su aparición estelar en los JJOO de Melbourne. En aquellos Juegos una reina húngara, Agnes Keleti, que hasta esos 35 años había dominado con autoridad la especialidad, ya avistó la armónica figura de una Diosa que dio comienzo a una nueva época. Keleti se llevó cuatro medallas, dos de oro y dos de plata, mientras que Latynina  se hizo con dos oros (salto de caballo y barras asimétricas), empató en suelo, una plata y el primer puesto en el concurso completo, que la convirtieron en la legítima sucesora de la reina húngara.

Posteriormente en los Mundiales de Moscú de 1958, las puertas del Olimpo comenzaron a abrirse de par en par para una mujer embarazada de cinco meses. Latynina que portaba en su interior el fuego emocional de una madre, sembró de arte y emoción el pabellón ruso. Cinco oros (concurso completo, barras asimétricas, potro, barra de equilibrio por equipos) y la plata en suelo, certificaron la belleza de la gimnasia, el amor por la estética, el sacrificio por la expresión y la sensación corpórea deportiva de la belleza.

Una nueva Afrodita había nacido para gozo de la gimnasia, Larissa Latynina, Diosa por siempre, pues pese a que Phelps la salude desde lo más alto del Olimpo, allá arriba en los más alto del Monte Olimpo, la leyenda trepa cual madreselva de nubes y hazañas de grandes dioses. Y como Diosa llegó a Roma, con la guerra fría circulando por sus venas y el fuego del Monte Olimpo saliendo por sus maravillosas manos y pies. Y Roma la eterna, quiso ver a Venus en aquella Afrodita de la gimnasia, pues en el reino del amor, de aquellas últimas mujeres gimnastas ‘la Latynina’ brilló con su arrolladora magia. Le ganó la partida a Sofía Muratova, Polina Astakhova, y a Vera Caslavska… Todas rindieron pleitesía a su gran Diosa, tan solo la checoslovaca Caslavsca osó subir al Olimpo para disputarle la leyenda. Una vez más Larissa con un oro en suelo, plata en equilibrio y barras asimétricas y, por equipos, dejó colgada a la gente del Monte Olimpo.

Su leyenda aumentó en los Mundiales de Praga de 1962 y cómo no, en los JJOO de Tokyo de 1964, donde una vez más embarazada, portando la bandera de Afrodita, su hijo Andrei deslizándose suavemente por el líquido amniótico de la genialidad, fue testigo de tres oros más, en suelo, barra de equilibrio, y potro. Nueve oros, cinco platas y cuatro bronces que convirtieron a Larissa durante cuarenta y ocho años en la Diosa del Olimpo, aquella que hacía llorar a periodistas, técnicos y jueces, una gimnasta mujer que a día de hoy prefiere no ser recordada por ganar tantas medallas, pero quizás, sí serlo por la emoción que generó en la gente. Todo ello en tiempos pretéritos en los que aun la televisión no había llevado la sutileza y majestuosidad de las gimnastas al sofá de nuestros sentimientos y el corazón de nuestras casas.

A los treinta y dos años, en Dortmund, en el Campeonato del Mundo puso punto y final a su leyenda, con un buen puñado de medallas colgadas a su cuello pero una infinidad de instantes sinónimos del silencio, vencedores de una infancia salpicada de ruido y desgracias y una juventud que a través de la gimnasia se convirtió en pura metáfora.

Posiblemente por todo ello, porque Larissa es una niña de la guerra, una Diosa de la danza y la gran mujer de la gimnasia, se siente feliz de que Phelps, casi cinco décadas después, se haya sentado un escalón por encima suyo, en el Monte Olimpo, del que hace tiempo que Larissa bajó para vivir la vida cotidiana y del que la paradoja del recuerdo y el olvido se encargó de rescatarla.

Fuentes:

http://www.sccs.swarthmore.edu/users/08/ajb/tmve/wiki100k/docs/Larissa_Latynina.html

http://www.elmundo.es/elmundodeporte/2012/07/31/masdeporte/1343751364.html

Mariano Jesús Camacho

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