Una de las mayores virtudes que puede tener una persona es gozar de la capacidad de reírse de sí mismo, un acto que lleva implícito el hecho de desdramatizar lo que nos sucede. Una forma de afrontar y resolver con sentido del humor todo tipo de problemas, y es que hasta que no hayas conseguido ridiculizarte a ti mismo no tendrás el camino libre para disfrutar. Muy equivocado está todo aquel que piensa que el humor es la reacción del superficial, del que no sabe tomarse la vida en serio, del que se evade cobardemente de ella. Nada más lejano de la realidad puesto que el humor es una manera de ser objetivo ante las circunstancias, las situaciones, y de darles un acento más sereno y relativo. Es más, para llorar hemos de poner en acción a más de 300 pequeños músculos, mientras que para reír solo necesitamos poner en funcionamiento tres. El caso es que por un motivo u otro el ser humano suele tender a dramatizar situaciones que afrontadas desde la perspectiva positiva que nos aporta una acción tan sana y simple como la risa tendrían mucha menor trascendencia y más fácil solución.

Y os cuento todo esto porque en demasiadas ocasiones el aficionado ha utilizado este juego de pasiones para canalizar sus frustraciones diarias y las fuerzas del poder para desviar la atención de la grave situación que se vive en la sociedad. Por todo ello y aceptando que el fútbol es pasión, sentimiento e incluso puede llegar a ser la metáfora de una religión, lanzo una botella con mensaje al mar y destino hacia la inminente temporada a comenzar.

La Liga española y la batería de clásicos que viviremos debería servirnos para expresar y dar rienda suelta a nuestras sensaciones, emociones, pero sobre todo para disfrutar, y desdramatizar la trascendencia de un deporte que puede que sea más que un juego, pero que no debería ir más allá de sí mismo.  Por todo ello me gustaría que viviéramos los sentimientos que generan nuestros equipos con pasión, pero con conciencia humorística, con aquella cascada de felices endorfinas que tanto echamos en falta en estos jodidos tiempos.

Es más quisiera que disfrutáramos de un Madrid Barça como “el  Clásico del humor”, pues en estos tiempos que corren el fútbol no debe representar otra cosa que una excusa para reir y ser feliz. El aficionado debe recurrir a los automatismos que le permiten poseer el acertado juicio de discernir las situaciones que nos hacen puntualmente felices de las situaciones que nos permiten ser felices. Aunque no soy nadie para ello, simplemente mi deseo pasa por que los aficionados disfruten sin complejos, pero no envilezcan ante el pan y el circo, pues en nuestra misma casa, a la vuelta de la esquina se forman colas interminables de personas que no aguardan por una entrada sino por un plato de comida.

En el deporte siempre hay vencedores y vencidos, pero en la vida en la mayoría de las ocasiones los vencidos son los mismos. Lo verdaderamente importante es como dije saber disfrutar y discernir, tomarse con humor y filosofía el fútbol, su derrota, con pasión y alegría la victoria, siempre respetando al rival y desdramatizando en todo momento lo que en definitiva no es más que un juego. En definitiva saber ganar, saber perder, y no dejarse engañar, simplemente, tan complicado y sencillo como eso.

Todo ello con un único y principal protagonista: el balón, capaz de hipnotizarnos a todos y acaparar el papel protagonista de aquella magnífica historieta que el  legendario dibujante de comics español Francisco Ibáñez nos contó en uno de sus maravillosos “Clásicos del humor”. Una historieta de Mortadelo y Filemón en la que el genial dibujante ridiculizaba y desdramatizaba todo lo relacionado con el fútbol. Genial historia titulada El balón catastrófico, en la que Ibáñez imaginó una divertida trama en la que combinaba la euforia futbolística (capaz de “emburrecer”) con el terrorismo islamista, mucho antes de ser conocido como hoy lo conocemos. En la misma un balón de fútbol inflado con un gas bacteriológico convierte en burro a quien lo aspira. Ese balón que prepararon unos terroristas del mando del coronel Gamberraffi (sosias de Gadafi), de Gibia, para atentar en los Estados Juntitos de Norteamérica y que llegó a España tras un accidente aéreo. Un balón que ha de ser detectado y destruido antes de que lo encuentren los terroristas, una misión que encomiendan a los agentes Mortadelo y Filemón y para la que toman un antídoto del profesor Bacterio (contra su voluntad).

Una desternillante historia en la que Ibáñez usó el doble sentido y la ironía como solo él sabe creando constantes confusiones entre los deseos y la realidad que llevan a transformarse en asnos a directivos de fútbol, hombres notables, damas de alta alcurnia, aldeanos del pueblo de Valdecascote de la Ciénaga… El gas que contiene el balón genera diversos desastres hasta que logran traspasar el gas de la pelota a una escafandra autónoma preparada para realizar submarinismo. Surrealismo del puro.

Sin duda la mejor forma de desdramatizar, la clave que nos muestra un dibujante que se burla de todo lo que rodea al fútbol, pero a su vez el mensaje magistral que nos muestra la forma e importancia de reírnos de nosotros mismos para percatarnos del momento en el que en el circo de la política comienzan a reírse de nosotros. Pues los aficionados y el pueblo queremos fútbol pero comenzamos a estar hartos del circo ante la preocupante escasez de pan.

Y es que como decía Unamuno: “todos deberíamos aprender a ponernos en ridículo ante los demás”. Para ilustrar esta idea utilizó la siguiente anécdota: “Murió D. Quijote y bajó a los infiernos, y entró en ellos lanza en ristre, y libertó a todos los condenados, como a los galeotes. Cerró sus puertas y quitando de ellas el rótulo que allí viera el Dante – Abandona todas tus ilusiones – puso el que decía: ¡Viva la esperanza!, y escoltado por los libertados, que de él se reían, se fue al cielo”

Mariano Jesús Camacho.