Cuando hace casi un mes tuve la ocasión de preguntarle en rueda de prensa en el Ramón de Carranza, Luis Fernando Tena me impresionó por su sesuda capacidad de juicio y su serenidad, por la tranquilidad de aquel que sabía lo que llevaba entre manos. Pese a la derrota el ‘Flaco’ Tena supo transmitir su mensaje de prudencia y esperanza satisfecho por el trabajo realizado  y por hacer. El técnico del Tri era consciente de que la historia de un sueño, abría un capítulo más para una generación de jugadores que recién comenzaban una carrera de superación. El fuego olímpico y sus metáforas, iluminaban sus caminos hacia el juego y viaje de una antorcha de luz cuyo ardiente brillo procede del universo.

De esta forma ‘El Flaco’ Tena pudo hacer historia al llevar a la selección mexicana a la conquista de su primera presea olímpica, para ello los que a partir de ahora serán conocidos como Los olímpicos del Tri, trabajaron paso a paso una conquista histórica que difícilmente podrán olvidar. Difícilmente lo harán futbolistas como Jesús ‘Chuy’ Corona, guardameta decisivo en los encuentros ante Senegal y Japón, Diego Reyes, afincado sólidamente en la defensa junto al rayado Hiram Mier, también Carlos Salcido, lateral zurdo reconvertido en pivote defensivo que con su trabajo en la basculación, la recuperación, se consagró como uno de los líderes del equipo, de un futbolista con más de 100 partidos con el Tri y dos mundiales a sus espaldas poco más se puede decir. Javier Cortés, que selló la medalla para México con aquel tercer gol histórico ante Japón. Muy significativa también la aportación del ‘Pancrema’ Javier Aquino, volante diestro de Cruz Azul, descarado, valiente y rápido, encarando siempre con velocidad y peligro, brillando en muchos momentos del campeonato por encima de sus compañeros. Marco ´Fabián, mediapunta de Chivas, nº8 de México, talento y dinamismo de un equipo en el que no apareció con la asiduidad necesaria para demostrar que es el futbolista con más inspiración y calidad del grupo, pero que aun así resultó clave en los automatismos ofensivos del mismo junto a Oribe  el ‘Cepillo’ Peralta, pieza de mucho peso, delantero del Santos Laguna que llegó lesionado a los Juegos pero acabó aportando su gran trabajo y goles en el mejor escenario, en la catedral del fútbol mundial, en una final olímpica y con un doblete de leyenda

Todos ellos, más ‘Piloto’ Jiménez, Giovanni Dos Santos, el ‘Chatón’ Enríquez, Héctor Herrera y alguno más que me dejo en el tintero, han constituido la base de un equipo en el que es harto complicado destacar a algún elemento por encima de los demás, pues persiguiendo un sueño han creído en sí mismos a través de un juego sólido, prácticamente sin fisuras, sacrificado y absolutamente coral que les ha llevado al oro contra todo pronóstico y toda justicia. Y pocos días después de que México despidiera a Chavela Vargas, en el universo de las simples cosas, de la humildad, una dama con poncho rojo grita Viva México con la música que les trasladó hacia un mundo soñado. Hacia el oro olímpico que bañó de gloria una selección que como Chavela desplegó su juego con la desnudez del blues y la desolación de la ranchera.

Pues en el tallo arquitectónico de nuestros sueños florece el espíritu olímpico, el juego de tronos de una historia pretérita que ancló sus raíces en una forma de vida en la que la actividad física y el mito, fueron consubstanciales a la formación de un ser humano que expresó su intelectualidad declamando talento, y convirtiendo en música, poema y espectáculo, la iconográfica escultura del Discóbolo de Mirón, figura pétrea en la que se transfiguró Oribe Peralta con un doblete legendario ante Brasil. Todo ello en el mítico Wembley, donde los once olímpicos del Flaco Tena se convirtieron en tan inmortales como el laurel, que jamás se marchita, y conserva íntegro su aroma y sabor a través del tiempo.

Mariano Jesús Camacho