Dicen que el barrio,  la calle, es tan grande y varia como el mundo, cuentan que en todo el mundo no hay más de lo que existe en tan solo una de aquellas calles de mi barrio. Que en aquel medio tan hostil como acogedor podemos encontrar nuestros peores enemigos y peligros tan reales como ciertos, pero que en el citado medio, repleto de aristas que nuestra sociedad ejemplar ignora, la luz de la esperanza se filtra a través de las sombras de escasez, la marginación y la droga. Pues siempre defendí que no es necesario contemplar el semblante del pueblo africano para descubrir un mundo de remiendos y harapos donde el frío es asesino y el alimento es un milagro.

Y en uno, en varios de aquellos marginales barrios un buen samaritano construye una de esas historias de vida que cuando empiezan no tienen ni pies ni cabeza, pero que jamás tienen fin. Una historia que comenzó hace veintisiete años en el Polígono Almanjayar de Granada, donde por primera vez se dejó ver con su furgoneta de la esperanza. Más

Anuncios