Dijo Shakespeare “Estamos hechos de la misma materia que los sueños”, “Toda la vida es sueño” decía Calderón de la Barca, y como un sueño vivió la vida y el fútbol un ‘carasucia’ capaz de arrancar una sonrisa al hincha del Ciclón que nace simultáneamente a la vez que su nombre aparece en los testimonios históricos del club de San Lorenzo. Pues Narciso Horacio Doval fue capaz de poner a sus pies el Viejo Gasómetro y reunir a los torcedores de Flamengo y Fluminense en una misa anual que se celebra en cada aniversario de su muerte y en honor a su memoria.

Y es que el ‘Loco’ fue niño de la calle, de un recuerdo que se arremolina en la emoción de los aficionados del Ciclón, que encuentran en su figura el mito de los Carasucias: Narciso Horacio Doval, Fernando José Areán, Victorio Francisco Casa, Héctor Rodolfo Veira y Roberto Marcelo Telch, cinco jóvenes que nacieron en las inferiores del club y que pese a que tan solo jugaron tres partidos oficiales juntos, marcaron un sello propio dentro de San Lorenzo sobre todo por lo que representaron. Por la austera apuesta del club por su semillero, por ese fútbol habilidoso y clandestino de jugadores como el ‘Bambino’ Veira, surgido de las trasnoches lúmpenes del cine Pablo Podestá de Rioja y Caseros, también de Doval, atorrante rubio que como dicen en Argentina guapeó la punta derecha del ataque con su inmortal insolencia callejera.

Mucho barrio, calle y esquina, una efímera pero nueva versión de los legendarios ‘Carasucias del 57’, aquellos cinco jóvenes regresaron el fútbol al potrero, a las baldosas rotas y la arena. Rompieron moldes con su imagen, con aquellos aires cercanos a la onda beatle, con su fútbol alegre, canchero y sus irreverentes gambetas que cautivaron a la tribuna de madera. La memoria de un mito, pues sobre un mito escribimos cuando constatamos que José Barreiro alineó a cuatro de aquellos Carasucias (Doval, Areán, Veira y Casa) en sólo tres ocasiones en la recordada temporada de 1964. Pero aquel mito vive y pervive aun en la memoria colectiva del hincha cuervo, que jamás olvidará a un pibe del barrio de Palermo que vistió el azulgrana por primera vez a la edad de trece años. Un chico que en sus inicios jugaba en la posición de portero, desde la que solía salir regateando a los rivales para luego pegarle fuerte a la bola.

Debutante en noviembre de 1962, nada menos que ante River que peleaba por el título y en el Monumental, el Gringo Doval fue el fútbol con un toque novela, la historia de una sociedad inmortal con el Bambino Veira, una amistad esférica hecha amague, pisada, toque claro, pique corto, freno, desmarque y cambio de dirección. El suyo un ensayo novelístico de la diversión, la desdramatización del fútbol y la vida, rebeldía, desvergüenza e insolencia de un joven experto en el juego del engaño, en la escapada de las concentraciones. De broma en broma la anécdota perfiló constantemente su desenfadada existencia. En una gira por Centroamérica con el Ciclón, un papagayo, símbolo nacional del país que visitaban, no paraba de hablar y de gritar. Y Doval y el Bambino Veira sin tener conciencia de lo que representaba el pájaro para los lugareños, tramaron la desaparición del loro multicolor, montándose un alboroto de tales proporciones que casi llega a la embajada guatemalteca.

Ese era Doval, un incorregible que entre 1962 y 1967 paseó su leyenda por las canchas argentinas. Y cito deliberadamente el año 1967 porque la citada fecha marcó profundamente su carrera. En un vuelo regular del equipo, un veterano compañero suyo casado se sobrepasó con una azafata (le tocó el culo) y Doval para cubrirlo y evitar el escándalo asumió la culpa. El suceso fue duramente castigado por la AFA, que le apartó durante un año y le privó de integrar la histórica delantera de “Los Matadores”, que se consagraron campeones en el Metropolitano del 68.

Regresó en el 69, pero el suyo fue un regreso efímero y fugaz, pues en Copacabana fútbol y garotas le estaban aguardando. Elba de Padua Lima “Tim”, se lo llevó para Río y, Flamengo acogió el largo recorrido de un fenómeno del barrio de Palermo que triunfó plenamente dentro y fuera de las canchas brasileñas. Las garotas se arremolinaban a los pies de su toalla de playa y los defensores rivales buscaban su cintura en la desvergonzada y potente prosa poética de su carrera. El ‘Loco’ pasó a ser ‘Gringo’, Maracaná de día, Copacabana e Ipanema de noche, futvoley de un carasucia, un argentino con alma carioca que se consagró campeón estadual y goleador del torneo en 1972 y 1974.

En Doval Flamengó encontró al goleador y a uno de los emblemas del equipo brasileño durante la década del setenta. En 1971 por falta de entendimiento con Yustrich, regresó al fútbol argentino como cedido. Doval jugó un año en las filas de Huracán, a su regreso en 1972 su concurso y sus goles fueron decisivos en los éxitos del Fla. Un tal Zico encontró en Doval a su primer gran socio y según el propio craque a uno de los futbolistas más habilidosos con los que compartió ataque. En el corazón de los torcedores de Flamengo, que es la sede pasional y física rubropreta, Doval encontró un lugar de privilegio, por ello cuando se produjo su marcha al máximo rival, un sentimiento de profunda decepción y traición anudó en el sentir colectivo de la torcida. Aquel sentimiento quedó inmortalizado en una samba creada por Jorge Ben llamada Troca, que aún suena por las pasillos del Gavea, en los que se le sigue amando tanto como se le añora.

Doval se marchó en 1976, cuando entró en un intercambio promovido por el por entonces presidente tricolor: Francisco Horta, con el portero Renato y el lateral Rodrigues Neto. De esta forma el Gringo Doval llegó a Laranjeiras (Fluminense), donde se proclamó Campeón carioca y máximo goleador con 20 tantos en 1976. Narciso se tornó nuevamente en ídolo y formó parte de un extraordinario conjunto que contaba con jugadores de la talla de Carlos Alberto Torres, Rivelino, Dirceu y Edinho.

Doval paseó su guapeza por Río, y su fútbol de novela primero por Maracaná, luego en el estadio das Laranjeiras, marcando el gol decisivo en la final disputada ante el Vasco que le dio el título a Fluminense en 1976. Y es que permaneció en el Flu hasta 1979, cuando regresó a casa para poner fin a sus 112 partidos y 40 goles como futbolista cuervo. Un 21 de octubre se despidió de San Lorenzo ante Chaco, sus 34 años y el sistema Bilardo no daban para más irreverencias del menino rubio surgido del bonaerense barrio de Palermo.

Una calle, un barrio, en el que se comenzó a escribir la novela de su alegre existencia, la narración en prosa poética de un artista que se marchó tan rápido como el wing que era, en 1991, cuando cayó fulminado en Belgrano a la salida de una discoteca. Se marchó como quiso, a la luz de las lunas suburbanas, con la diversión como timón, envuelto en la materia de los sueños, con la noche por sombrero y el fútbol de la calle como lienzo en blanco de su genial pierna derecha.

Mariano Jesús Camacho