Ser aficionado del Atleti es tan inmensamente placentero como jodido, pues hacer circular los colores rojiblancos por las coronarias de un corazón colchonero es vivir la vida en los límites de los sentimientos y en los bordes de la locura. Como decía Camus la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga y en el caso del Atleti esta es una sentencia tomada al pie de la letra.

En la memoria del fútbol, que es sensiblemente efímera y débil, hay pocas afirmaciones que perduran a través del tiempo sin perder un ápice de su fuerza, pero en la perversa fascinación que el Atleti ejerce sobre sus simpatizantes y aficionados, acostumbrados tanto a lo sublime como al purgatorio, subyace de forma poderosa e inmortal la frase en la que se asegura que el Atleti es otra cosa y que ser colchonero es por tanto algo único.

Y ser único es llevar el contragolpe en la bendita memoria como seña de identidad durante décadas, es encontrar incesantemente las piezas necesarias para seguir siéndolo pese al harakiri de sus pésimos rectores temporada tras temporada. Y en el reino del contragolpe, en el ideario de un colchonero llamado Simenoe, al que Luis mostró la ecuación universal de una contra de libro, el presupuesto se iguala con el corazón. Y las finales se ganan con grandes matadores del contragolpe más la excelencia de un delantero irrepetible, cuya sublimación del gol, entierra arqueros sin darles si quiera opción a escribir un epitafio.

Pues el gol cada vez menos frecuente en los tiempos modernos no solo encuentra derechos de autor en Messi y Ronaldo, sino que además tiene firma y sello colombiano. En su concepción más pura, el gol, orgasmo del fútbol como decía Galeano, encuentra su mayor depredador mundial en la figura de un colombiano llamado Radamel Falcao, mejor delantero centro de su generación. Dicen que cuando ‘el Tigre’ controla en el área los guardametas tiemblan y sólo ven la estampa de un verdugo que les hace sucumbir con el filo de su espada.

El liquidador de las finales, un tigre dotado de un hambre voraz e insaciable que convierte la acción del desmarque y el remate, en todo un tratado artístico de la acción definitiva e individual del trabajo colectivo. Y digo colectivo porque en Mónaco, Falcao ha vuelto a demostrar su privilegiada calidad individual, pero ha sido el colectivo el que ha pasado por encima de un equipo que prácticamente nunca en los últimos cuatro años ha encajado cuatro goles.

El ‘Cholo’ que en su genética porta el nervio y en su corazón la manera única de aguantar, palmar, sentir, vivir, soñar y ganar, que cantaba Sabina, ha hecho historia una vez más. En momentos en los que debatimos enfermizamente sobre la excelencia de Madrid y Barcelona, me resulta muy grato toparme con un equipo capaz de sumergirse en el destierro de las lunas suburbanas y resurgir cual ave Fénix con la excelencia de su genético contragolpe. Radamel como dije es verdugo cuyo filo de espada habla en nombre de un equipo único, que como Swarzenagger siempre vuelve.

Para esta histórica ocasión decidió regresar con un partidazo colectivo en el que brillaron por encima de todos, dos futbolistas, Falcao, el tigre de la jungla de cristal y un turco de extremidades exiguas pero talento sobrado llamado Arda Turán, que dio toda una lección de fútbol en el Stade Louis II. Y por las ventanas de nuestras casas entra un inexplicable sentimiento que envuelve de historia su leyenda teniendo presente su valor eterno. El valor eterno de una final para el recuerdo y una primera parte sencillamente sublime, que ha hecho feliz a hermanos colchoneros del destino, voces que a lo lejos cantan la suma de lo ganado y lo perdido.

En las manos negras de la noche que caen sobre Mónaco, la luz colchonera se disfraza de luna para iluminar su historia; con el corazón sudado y henchido de emoción, ‘el Cholo’ levanta sus brazos para seguir sintiendo y hacer sentir a sus futbolistas de manera única por el mero hecho de portar esa camiseta. Aquella a la que ya aguarda impaciente Neptuno,  ser poderoso, superior, pero inestable como el mar, como aquel conjunto madrileño que festeja sus triunfos a los pies de sus caballos de mar,  y junto a los delfines que juegan entre las hidroturbinas de su carruaje de concha. Un ser mitológico y un equipo mítico cuya mitología se confunde con el agua de piedra de su inmenso espectáculo de luz y belleza.

Un grande que debe volver a ser, volver a creer, volver a sentir, aprender a vivir y disfrutar de los momentos, sufrir bordeando caminos de locura y eternizando los instantes vividos, valorar lo único que siempre será vuestro: el bello e inexplicable sentimiento atlético.

Mariano Jesús Camacho