Hoy quisiera hacer un texto sencillo para definir una personalidad compleja, para comprender a un niño que en esencia jamás dejó de serlo y desde pequeño creció imponiéndose retos y metas para salir del brocal del pozo en el que se sentía atrapado. Aquel pequeño aprendió a hacer, decir o actuar de una forma en la cual la atención siempre estuvo sobre él, ya fuera positiva o negativamente. En mitad de aquella lucha se movió entre sentirse superior e inferior constantemente, comparándose incesantemente con sus iguales desde el altivo ego que modeló la coraza que esconde su débil y verdadero yo interior.

Este joven que luchó por ser el mejor en una actividad deportiva para la que había nacido con un don natural, huyó encomiablemente de la escasez y encontró la salvación en la copa de un eucalipto, desde la que su inmenso ego llegó a contemplar el mundo creyéndose el centro del universo. Y en el citado centro universal, la pesada cortina de su ego se fortalece entre la queja y la reactividad, pues la ilusión del ego necesita del conflicto porque su identidad separada se consolida al luchar individualmente por seguir siendo el centro de todo y demostrar que esto soy «yo» y no aquel otro «yo» que venden los demás.

Quizás por todo ello este futbolista para el que los adjetivos calificativos se agotan, arremolinándose cual tornado de emociones junto a su imponente carrera, su genial expresión técnica, su brillante definición y su inmensa ambición, se siente solo y no todo lo querido que para sí su kilométrico «yo» reclama. Y posiblemente en el solitario refugio del «yo», Cristiano Ronaldo haya contemplado cara a cara a la soledad del guerreo, que la solitaria condición del genio rebelde impregnado de una falsa autoestima haya construido un personaje que cree ser, y que no necesariamente es la que es o la que puede llegar a ser.

Posiblemente por ello algunos defienden con vehemencia que en las distancias cortas descubren en Cristiano a aquel niño que jugaba en las calles de Madeira, pero mucho me temo que tras esta bomba inteligente, con la que Ronaldo ha cantado a los cuatro vientos la balada de la melancolía otoñal, subyacen temas contractuales que podrían desvelar los verdaderos motivos de su repentino ataque de pesadumbre.

En la jerarquía salarial implantada por Florentino Pérez, Ronaldo es el futbolista mejor pagado de la plantilla, pero en la carga de profundidad soltada por el excelso jugador luso (apuntando motivos estrictamente profesionales a su melancólico estado ánimo), se vislumbra la reclamación de un trato exclusivo y personalizado que le sitúe en otro plano. Ahora cobran mayor sentido sus declaraciones a Marca, su mensaje cara a cara reclamando la atención del club y su ‘deseo’ de retirarse en el Madrid. Ronaldo no quiere entrar en la jerarquía del club, piensa que la jerarquía es él y por tanto como sucede en otros clubes debe recibir un trato personalizado y exclusivo por parte de todos los estamentos del club. En este sentido quedarían englobados tanto los temas económicos como sociales y personales, en los que el luso piensa que debería estar mucho más respaldado.

Y en este punto aun reconociendo que el único que conoce los verdaderos motivos es su propio «yo», creo que podría radicar el epicentro de este pequeño terremoto causado por el grandioso futbolista luso. Un  genio que juega con la gran baza de sus imponentes registros y la certeza de que es el futbolista más determinante del Real Madrid, pero que en lugar de disfrutar de la admiración que anida en todo aquel que le ve jugar, ha descubierto apesadumbrado el rechazo generalizado que genera la compleja personalidad que muestra al exterior. La acorazada personalidad de un futbolista admirable que no concibe el deporte sin trazarse nuevos retos, pero al que la obsesión por ser el mejor le pasa demasiada factura.

Bajo mi punto de vista estas son las claves de una historia que ponen de manifiesto una peligrosa lectura que tendrá que resolver el máximo mandatario del histórico club que preside. Y es que si Florentino como se presupone acaba cediendo a las peticiones internas de ‘apoyo’ de Cristiano, corre el peligro de anteponer los intereses individuales de un futbolista por encima de los de un club centenario por el que han pasado las más legendarias figuras de este deporte.

En cualquier caso, sea por un motivo u otro, esta no es más que la historia del ego, de un inmenso ego que mientras se ha sentido reconocido y recompensado por el exterior, se ha sentido pleno y ufano, pero que en cambio cuando no se ha sentido lo suficientemente valorado y reconocido por este, ha experimentado emociones de inmensa variedad, partiendo de un ligero enfado hasta intensa rabia, y a la tan traída tristeza del guerrero solitario del «yo».

Su mirada a cámara y la célebre frase “que injusticia” retrataron una construcción inconsciente con la que el niño de Madeira logró salir del brocal del pozo de la escasez, pero una construcción laberíntica y faraónica de la que no puede salir y en la que acaba cayendo constantemente en la negrura del brocal de la soledad.

Cristiano el futbolista, el niño que porta en su interior genera en todos nosotros una profunda admiración, en cambio Ronaldo el producto nos genera rechazo, su avinagrada personalidad de genio nos impide disfrutar al completo de su excelsa calidad. La calidad de un genio al que Mou ha exprimido y sacado lo mejor a nivel profesional, alimentando un ego que le sirvió para convertirse en el mejor, pero al que su rigidez e inflexibilidad le imposibilitó la apertura y el aprendizaje hacia la alegría, la cercanía y el crecimiento personal.

Y en esta historia de saudades sin nombre, de sauces y eucaliptos impregnados de melancolía solo existe un camino para pisar la tierra y volver a contemplar el mundo con los pies desnudos, alegría plena y una pelota de trapo por montera: aprendiendo a manejar, construir y transformar el ego. Pues en Cristiano siempre identifiqué al niño y en Ronaldo al producto, cuyo lema preferido no es otro que el “Ego, luego existo”

Mariano Jesús Camacho