Como escapado de un cuento de Fontanarrosa surge la espectral figura de un genio que se difumina por la niebla del olvido pero pasea imperturbable su grandeza por la memoria de todo un pueblo. Y es que como en un cuento del ‘Negro’  no sé si os acordáis lo que era Rosario en aquellos días anteriores al partido. ¡Y qué digo días! ¡Desde semanas antes ya se venía hablando del partido y la ciudad era una caldera, porque eso era lo que era la ciudad!

Pues su leyenda es común en toda la ciudad, forma parte de la iconografía que perdura en la memoria futbolística de unos habitantes que disfrutaron al lírico de la pelota. A Tomás Felipe Carlovich, símbolo del romanticismo del fútbol, un jugador fantasma del que apenas existen materiales gráficos pero que dejó en el reloj de arena del potrero todo un tratado de la sobrenaturalidad del juego.

Un pibe producto de la necesidad que no tuvo otro juguete que la pelota de trapo y otro lienzo que la cancha de tierra, el potrero, para expresar su creatividad.  Su padre llegó a Argentina con la crisis del 29 procedente de la extinta Yugoslavia y formó una familia numerosa de siete hijos, dejando para el último un don natural para hipnotizar al resto de sus congéneres con una pelota.  Una flor en el potrero de estilo rosarino, donde la técnica y la habilidad se llevan hasta las últimas consecuencias,

Aquel que con tierrita en el bolsillo y la chispa de la genialidad fue portador de la genética de la ciudad. El caño de ida y vuelta, la historia del desplante, recurriendo a términos taurinos la pureza del toreo al natural, el arte de transportar suavemente el engaño de zurda hacia los límites más puros de la expresión y la estética.

Y es que Carlovich solo había uno, tanto por su juego como por su personalidad, justamente ahí encontraremos las respuestas a las dudas que plantea su genial pero espectral figura solitaria. Para llegar a ser figura profesional del fútbol además de cualidades futbolísticas se requieren otras capacidades como el sacrificio y la dedicación. Y ‘el Trinche’ nunca concibió el fútbol como una actividad profesional sino como un juego, por ello jamás le gustaron los entrenamientos, las concentraciones y todo aquello que tuviera relación con el sacrificio físico. Además  era un chico introvertido al que le gustaba la soledad y que tenía una personalidad quizás no preparada para soportar la presión de la alta competición, quizás por ello nunca tuvo continuidad en el fútbol de élite. Carlovich no quiso pertenecer a la era de la ‘revolución del físico’ sino crear su propia era aparte, un mundo propio que fue creando en derredor de la pelota desde que nació en 1949 en el barrio Belgrano.

Era un convencido de la pelota por encima de todas las cosas, ‘el Trinche’ fue un jugador de ascenso y prefirió disfrutar jugando al fútbol cerca de sus padres y de su barrio, donde mantenía largas charlas con su amigo el ‘Vasco’ Artola. Comenzó a jugar al fútbol en 1965, en las secciones inferiores de Rosario Central, posteriormente se marchó como cedido al Sporting Bigand, conjunto al que participaba en la Liga Deportiva del Sur, en la que Carlovich se coronó campeón.

En 1969 regresó a Arroyito y debutó en Primera, aunque solo llegó a jugar dos partidos en la máxima categoría con la camiseta canalla. Carlovich como dije no quiso sumarse a la ‘revolución del físico’ y mucho menos someterse a la disciplina de grupo implantada por, Miguel Ignomiriello, técnico que optó por un fútbol físico y no toleró las reiteradas ausencias de los entrenamientos de ‘El Trinche’. En 1970 abandonó la disciplina de Rosario y se marchó al Flandria, posteriormente por su cabeza pasó la seria idea de abandonar el fútbol, pero fue convencido por su gran amigo Jorge Ainza, para enrolarse en las filas de Central Córdoba, donde desde su debut dejó patente que marcaría época.

En su primera noche con la camiseta charrúa le hizo dos goles a Sarmiento de Junín y el club de la B descubrió con regocijo la grandilocuencia de la zurda de Carlovich. Una aparición que copó la cancha de sus sueños y desbordó de dicha las manos de los aficionados, que reventaron de ovación. Descubrieron entonces el armar pausado del llanero solitario y aquella camiseta  con publicidad Paladini que hoy tiene valor de reliquia sagrada para los hinchas de Central.

Además fueron legión los que le siguieron, los que le recuerdan, los que le quisieron imitar sobre un terreno de juego.  Carlovich era lento a la vista pero sumamente elegante y sobre todo muy veloz mentalmente, medio segundo antes que el resto de los mortales, antes de recibir la pelota, sabía la acción a ejecutar y la dirección que esta debía tomar. Era tal la devoción que generaba su figura que las ansias por verle jugar desbordaban los límites del reglamento, en una ocasión un colegiado llegó a readmitirle tras ser expulsado y en otra la junta directiva rival llegó a pedir el concurso de Carlovich, pese a no portar el documento reglamentario para poder participar en el encuentro.

Y como todo mito vivió su momento cumbre, el instante en el que todos los duendes del fútbol convergieron en el espacio y el tiempo para generar la leyenda. Una leyenda que aconteció un miércoles 17 de abril de 1974, cuando “el Trinche” desplegó toda su magia con un combinado de Rosario que se enfrentó a la Selección argentina que se preparaba para el Mundial de Alemania. Había cinco jugadores de Newells, cinco de Rosario y uno solo de la Segunda División: Carlovich.

“El Trinche” se erigió junto a Mario Kempes en el gran protagonista de un histórico choque en el que el combinado rosarino bailó a la selección argentina endosándole un inapelable 3 a 1. Un partido que tiene guardado en un lugar muy especial de su memoria y del que conserva un cuadro colgado en la casa en la que nació: “Los jugadores de la Selección se habían puesto nerviosos. Nos insultaban porque no les salían las cosas. Pero esos partidos son especiales. Capaz que jugás 200 y perdés todos. Aunque esa vez les ganamos 3 a 1“.

El periódico La Tribuna que ejerció de notario de su leyenda tituló “Con alegría y desencanto” haciendo referencia a la doble lectura del partido, por un lado la desbordante alegría rosarina y por el otro el desencanto nacional, pero sobre todo enfatizando la osadía de Carlovich, el don natural desplegado esa noche por el mago rosarino.

A Carlovich lo disfrutaron también otros equipos de las divisiones menores del fútbol argentino, Independiente Rivadavia de Mendoza, Colón Sta Fe y Deportivo Maipú fueron testigo de su tremenda calidad, pero Carlovich fue algo más que un bello sueño, fue un tipo aparte que se alejó conscientemente de la pasarela reservada para el desfile de los triunfadores. Un tipo que iluminó la cancha en lugar de ser iluminado por los focos de la popularidad. Aquel que en la fortaleza de la soledad se disfrazó de ídolo y antihéroe, se convirtió en leyenda en el espectro de un tiempo que se añora y del que no existen archivos documentales de video, sino la crónica de un mito y la memoria hablada de todo aquel que le vio jugar y le recuerda.

Regresó a Central Córdoba en 1980, una segunda etapa con los charrúas en la que consiguió su segundo ascenso a la “B”, en 1982, tras ganarle la final del Octogonal a Almagro. Permaneció en Central Córdoba hasta 1983 y tras tres años de inactividad regresó en 1986, para poner fin a su carrera ese mismo año a la edad de 37 años con la camiseta que siempre llevó en su corazón, la del barrio de Tablada. Un barrio en cuya memoria aun sigue vibrando una frase que retumba en los tablones del Gabino Sosa: “Hoy juega el Trinche”

Aquel que provocó una curiosa anécdota muchos años después, pues cuentan que cuando Maradona fue a Rosario para jugar en Newells, un periodista de Rosario le dijo que era un orgullo recibir en nuestra ciudad al mejor jugador. A lo que Diego respondió: “el mejor jugador ya ha jugado en Rosario y era un tal Carlovich”.

Sin duda uno de aquellos hombres que como dijo Uría en su libro pudieron pero no quisieron reinar, aquel que descubriréis en mayor profundidad en un maravilloso Informe Robinson. Un número cinco sin parangón en la historia, un metafórico y emotivo silencio enjuga hoy nuestras lágrimas, que añoran ovación y diversión. Una diversión que en Rosario tuvo nombre y apellidos: “El Trinche” Carlovich, de puro sobrenatural

Mariano Jesús Camacho