Hay esculturas que hablan, que constituyen más que una forma de arte, pues son una manera de expresar sensaciones y sentimientos.  Existen lugares en los que el recuerdo queda simbolizado por el virtuosismo creativo de un artista cuyas manos logran inmortalizar en bronce la crónica e historiografía legendaria del fútbol. La iconografía del fútbol, una realidad plural, una jungla de mitos y dioses cartografiados con claridad en el recuerdo de la gente.

Obra plástica de culto que en el caso que nos ocupa encuentra ubicación en el Parque Juliska, en Praga, donde frente a un estadio abandonado del mismo nombre el perfil de bronce de un jugador de leyenda recibe la visita diaria de las palomas, privilegiadas y aladas espectadoras del recuerdo.

De una escultura que habla y expresa el lenguaje simbólico que emana de la memoria del aficionado y narra los pensamientos míticos que generaron sus ídolos. Ídolos como Josef Masopust, joven que construyó sus primeros sueños esféricos en la aldea rural de Strimice, demolida para hacer una mina de carbón y ubicada en la República checa, al norte de Bohemia, al filo de la frontera con Alemania Occidental. Siendo hijo de minero y el cuarto de seis hermanos criados en el seno de un humilde núcleo familiar, llevó su sueño hasta las últimas consecuencias, sobreponiéndose a la demoledora experiencia de una invasión y una Guerra Mundial.

Pero la pasión y el talento demostrado por Josef era inmensamente superior a los obstáculos encontrados por el camino. Las calles fueron el lienzo de su creatividad con una pelota y el Uhlomost Most le brindó las herramientas necesarias para emprender su imparable camino hacia el oro que le convertiría en inmortal. En las filas del Uhlomost Most (hoy Banik Most) el fútbol checo descubrió a un genio, a un futbolista muy completo con un recorrido físico muy destacable y unos conceptos técnicos anudados al talento y la genialidad.

Masopust paseó su talento por el fútbol regional hasta 1950, cuando fue recomendado por uno de sus técnicos al FK Teplice, club que acababa de lograr el ascenso a la Primera División y en el que tuvo la ocasión de debutar en la máxima categoría. El Teplice fue un mero puente para que el ATK (Dukla de Praga) lo llamara a las filas del equipo afiliado al poder del ejército rojo, que reclutaba a los mejores futbolistas del país sin opción alguna de renuncia.

Masopust se ganó la admiración de los aficionados del Dukla, pero el lógico rechazo de los seguidores del Sparta y el Slavia, que despreciaban los manejos del equipo vinculado al poder. En cualquier caso la figura de Masopust estaba muy por encima de discusiones y debates políticos, la media que conformó junto a Pluskal forma parte de la leyenda del fútbol de su país y tejió el fútbol de alta escuela que llevó al Dukla a la conquista de ocho títulos de la liga checoslovaca entre 1953 y 1966.

Firmó 79 goles y participó en 386 encuentros en la Liga nacional, los embarrados campos de la extinta Checoslovaquia acostumbraron a acoger por las verdes praderas de sus recuerdos la imparable carrera de un checo que bien podría haber nacido en Río, pues sus explosivos regates parecían surgidos de lo más profundo y racial de una favela. Además su motor de explosión le vestían de huracán para infiltrar su genialidad entre las líneas enemigas, que quedaron devastadas ante su eslalon, tan temido y conocido que deshacía defensas y cinturas por doquier a su irresistible paso. Pues la crónica periodística del fútbol acuñó el término “Eslalon de Masopust” para definir la sucesión de regates en carrera que le caracterizó.

Aunque su tremenda calidad logró liberarle del trabajo defensivo, Masopust era un consumado recuperador y su figura perfiló en su momento a la de un nuevo modelo de crack mundial, mucho más completo y concienciado en la preparación físico-mental.  Siendo ya una figura consagrada del fútbol de su país llegó a Chile para disputar el Mundial del año 1962, pero aquel que era odiado y venerado en su país, era un perfecto desconocido para el resto del planeta. Quizás por ello cuando el mundo le descubrió quedó rendido al manantial de poesía futbolística que brotaba bajo sus pies. En el Mundial de Garrincha un checo llegó a ganarse el respeto y la admiración del mundo del fútbol, también el cariño de su gente, que por fin le dejó de ver como el villano que dirigía la manija del Dukla y descubrió al héroe nacional que hizo dudar a la omnipotente Brasil.

El impacto de su visión fue tal que Pelé llegó a dudar si era un futbolista europeo, pues encontraba en él las cualidades que se exportaban y brotaban en cada ‘pelada’ de su país. También encontró la caballerosidad de un deportista que cuando se lesionó el genial número diez de la canarinha, decidió respetar su leyenda y no aprovechar una situación de franca inferioridad ante un futbolista cojo sobre el terreno de juego. Aquellos gestos de grandeza con y sin balón le hicieron acreedor a su leyenda, a la leyenda de un nº6 que hizo soñar a todo un país hasta aquel histórico 17 de junio de 1962, en el que hicieron dudar al mundo sobre la arrasadora irrupción de Garrincha y los suyos, que tuvieron que empelarse a fondo para remontar el maravilloso derechazo de Masopust a los quince minutos de juego.

Pues Masopust llevó la manija de una gran selección en la que destacaron futbolistas como Ladi Novak, Svatopluk Pluskal, Jan Popluhar, Tomas Pospichal, un equipo que murió a la orilla del éxito pero logró la inmortalidad en la memoria de la gente y sus compañeros de profesión, que encontraron en el plano individual al genial Masopust, que para nada quedó vinculado al bando de los perdedores. Y es que el futbolista de Strimice perdió un Mundial, pero ganó un Balón de oro al mejor futbolista europeo del año y sobre todo la admiración de todo el planeta.

Por fin aquel que había permanecido oculto tras las barreras políticas de su país pudo mostrarse al mundo y aunque no fue autorizado a iniciar su eslalon fuera de las fronteras checas hasta 1968, cuando integró las filas como jugador/entrenador del Royal Crossing Molenbeek de Bélgica, su leyenda jamás será engullida por la imparable máquina del olvido.

Hoy en el Parque Juliska una figura de bronce inicia un poderoso eslalon y ahuyenta palomas del olvido al filo del lirismo silencioso de su carrera, de la carrera de un genio que al contemplar la escultura erigida en su honor apenas tuvo fuerzas para esbozar las siguientes palabras: “No me recupero de la impresión. Creo que es un honor excesivo para una única persona”.

Pues hay esculturas que hablan y personas que nacen para hacer de su propia virtud y su talento, pura leyenda.

Mariano Jesús Camacho