La protagonista de esta historia encontró la infinitud de su sentimiento en la vieja cancha de madera de Racing, pesebre en el que para la eternidad académica nació Elena Margarita Mattiussi. Dicen que entre las calles Mozart y Corbatta existe un estadio con alma de mujer, cuentan que en el Cilindro el espíritu de una vieja dama aun sigue pululando zurciendo y lavando zamarras que cuelgan de los viejos tenderos que se forman con banderas y bufandas.

Y en el Cilindro de sus sueños que fue su casa siempre hubo lugar para sus niños de La Academia, para los que consideró como hijos, también para el Loco Corbatta, genio al que Tita rescataba de sus delirios alcohólicos a base de duchas de agua fría que le hacían regresar al mundo de los vivos, donde el bueno de Corbatta hacía delirar a la gente al borde de la raya de cal. Como hizo un día ante Estudiantes, cuando tras las duchas de Tita, le dijo a Raúl Oscar “La Bruja” Belén: “no me pasés la pelota que no la veo”, jugó el partido y marcó 2 goles.

Y al filo de lo imposible, consumido por los efluvios alcohólicos del olvido, ya en sus últimos días, encontró la generosidad y el cariño de Tita, que lo acogió en el vestíbulo de su enorme corazón que era el Cilindro. Pues en el credo Académico de Racing Club hay un lugar de privilegio reservado para Santa Tita, que vivió lo mejor y lo peor de la historia del club, pero que siempre reservó su memoria para lo bueno, para el equipo de José, para el gol del Chango Cárdenas, y para esos viajes a Glasgow y Montevideo costeados por sus chicos del 67.

Todos eran buenos muchachos para la dama del Cilindro, pues por el mero hecho de vestir los colores de Racing ya los consideraba hijos, amigos, hermanos… Y en la hoja de ruta de su marcado destino, que quiso llevarse a Tita antes de ver de nuevo a Racing campeón, estaba ineludiblemente anudado a su corazón el Cilindro y sus sabias maderas. Sus padres, Ida y César Mattiussi, llegaron al club a través de un anuncio en el diario La Prensa en 1915. César canchero y diestro con la guadaña, Ida lavandera y encargada de enseñar el oficio a su pequeña hija, que nacería cuatro años después…

Una niña alumbrada para iluminar la historia del club, para sentarse en la gloria racinguista a la diestra de Carlos Gardel y junto a Ochoíta, crack de la afición. Para despertar a Corbatta y hacerle zigzaguear de manera infernal entre las mesas de un bar, rivales imaginarios que no pueden con lo imposible… Como solía decir una mujer en una cancha de fútbol, que vivió para el celeste y blanco todos y cada uno de sus días. Pasaron directivos, futbolistas, entrenadores pero ella jamás pasó sino que permaneció vívido en la memoria de todos ellos, como el ‘Coco’ Basile, al que le tiembla su profunda voz rememorando su recuerdo. Sus cábalas y supersticiones, como cambiarse de ropa en el entretiempo, al igual que hacen los muchachos, o escuchar y cantar religiosamente antes de cada partido la “Marcha de Boca”.

Siempre dispuesta para ofrecer un mate o un café, hoy sigue siendo la hincha nº1 de Racing, pues en la popular del cielo sigue zurciendo historias y nubes blanquicelestes que resbalan por los recuerdos. No queda un solo sentimiento libre en el Cilindro que no vinculen a Racing con Tita, pues en esencia son lo mismo. Tampoco quedó un solo hueco vacío en su corazón, pues Tita lo entregó todo a sus ‘hijos del fútbol’. Como cantan desde las tribunas, la vieja dama no puede haberse marchado, pues como el club anda naciendo todo el tiempo y no supo vivir ni un segundo sin respirar el aire de Racing.

Hay personas que forman parte de una historia, de un lugar indisoluble a su esencia, cuya pertenencia sobrevive al río desafiante del olvido y, Tita Mattiussi, que jamás anotó un gol con la camiseta de Racing, bien podría haber soltado aquel zurdazo de 35 metros del Chango Cárdenas en el Estadio Centenario, que cambió para siempre la historia del club. Ella estuvo allí y seguro que empujó con todas sus fuerzas el viaje de aquella pelota hacia la leyenda. Hacia la leyenda de aquella que era tratada de igual a igual por los chicos de Pizutti y siempre permanecerá, pues entregó su vida a Racing hasta el 3 de agosto de 1999 en el que falleció.

Hoy y desde septiembre de aquel año 99, un predio del semillero de Racing (unos terrenos de entrenamiento) lleva su nombre. Como rezaba aquella pancarta que se exhibió el día de su inauguración: “Y Tita siempre está”, su amor por los colores siempre renace y esa locura llamada Racing no se podría concebir sin aquella etérea figura que sigue dejando su estela de energía por las gradas del Cilindro, estadio que desde hoy para mí siempre tendrá alma de mujer.

Mariano Jesús Camacho