El viernes 26 de octubre de 2012, Xavi e Iker Casillas recibieron con toda justicia el premio Príncipe de Asturias de los deportes. Capitanes de Barça y Real Madrid, e iconos de una generación del fútbol español que nos ha hecho disfrutar por sus excelencias deportivas y su naturalidad, representan sin duda un racimo de valores que son tomados como ejemplo para la sociedad. Por ello desde todos los estamentos de la misma solo surgen unánimes palabras de admiración y respeto hacia ellos, pero sumándome a la citada unanimidad y desde un prisma absolutamente personal, quisiera expresar mi más sincera preocupación al comprobar cómo la amistad ha pasado a ser  considerada una virtud tan destacable y excepcional como para recibir un Premio Príncipe de Asturias.

Y no busquéis en mí intención alguna de envenenamiento de una noticia positiva, tampoco el menosprecio del concepto de amistad sino todo lo contrario. Esta sucesión de renglones torcidos, de sincera opinión, solo se dirigen hacia la reflexión personal, hacia el ejercicio de nadar contra la corriente generalizada que os conducirá hacia alguno de los numerosos artículos de opinión en los que serán ensalzados los lazos de amistad de Iker y Xavi, dos tipos que se conocen desde hace más de quince años y han competido desde entonces casi como hermanos.

Me parece muy estético el discurso del Príncipe: “Ambos simbolizan los valores de la amistad y compañerismo pese a la rivalidad, son un modelo para los jóvenes por su amistad que dura muchos años y por sus títulos”. Pero insisto ¿por qué le damos trato de excepcionalidad a algo que debería de entrar dentro de la normalidad?, y mucho más en lo que al concepto deportivo se refiere. ¿Qué pasa en nuestra sociedad para convertir en excepcional algo tan puro como la amistad? Algo que Aristóteles definió como un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita en dos almas.

Mucho me temo que seguimos confundiendo valores y aunque soy consciente de que muchos de vosotros no estaréis de acuerdo con mi punto de vista, me parece un craso error elegir como pilar fundamental de la concesión del citado galardón, la amistad de dos tipos excepcionales. Dos amigos que seguro que lo que consideran menos excepcional es precisamente la amistad que conservan desde que se conocieron cuando aun eran niños.

Para mí el gran valor de estos dos deportistas de excepción radica en la naturalidad, la cercanía y el exponencial talento deportivo que les caracteriza, pues en el caso de Xavi nos topamos casi con toda seguridad con uno de los mejores medios creativos de todos los tiempos, de trazos pitagóricos y tecnología artesanal,  compilado en un genio mesócrata de Tarrasa. Y en el caso de Iker con el de un portero de trazos felinos y vuelo de ave rapaz sobre la piel del cielo, derramando su talento en ejercicios aéreos que no se veían desde tiempos de Zamora, Iribar o Yashine. Por la citada razón apoyo quizás con mucho mayor énfasis la parte del discurso del Príncipe en el que habla de: “Han conseguido la excelencia personal y profesional y redundan en beneficio del deporte. El deporte es inherente de ganar al rival y conseguir más títulos que él”

Y por todo ello en este articulo de opinión, también de felicitación, uno de los más cortos pero directos de los que jamás he escrito, apunto milimétricamente al corazón de la gente, de nuestra sociedad, quizás también al interior de mi corazón, al que pregunto y os pregunto: ¿Qué habremos hecho tan mal como para otorgar a la amistad, la deportividad, el valor de excepcionalidad y no el de normalidad, de naturalidad?

No tengo duda de la virtud y el talento de estos dos grandes deportistas que deben ser reconocidos como tal y formar parte  del patrimonio del deporte, pero reflexionemos sobre ello y consigamos entre todos dotar de normalidad a valores que aun gozando reconocimiento universal y formar parte del patrimonio de la humanidad, deberían representar la regla y no la excepción que la confirma.

Mariano Jesús Camacho