A medida que vamos acercándonos a la fachada principal del legendario Celtic Park acertamos a divisar el perfil en bronce del hermano Walfrid, fraile marista que nos recibe sentado para darnos la bienvenida. Aquel fraile de babero blanco y sotana negra, padre de un club de fútbol surgido de la hambruna de la patata que asoló a Irlanda a mediados del siglo XIX y provocó la masiva llegada de inmigrantes católicos a tierras escocesas. Su apacible figura mimetizada con el matiz gris verdoso del escenario que contemplamos a su espalda, acoge entre sus manos una Biblia en la que posiblemente además de la palabra de Dios esconda entre sus milenarias páginas las claves históricas de una pasión que únicamente se puede sentir a flor de piel en el fútbol de las Islas.

Dicen los que han tenido la ocasión de acudir al mítico ‘Paradise’ que un sobresalto histórico recorre la columna de los aficionados rivales al pasar junto al celestial regate bronceado del pequeño Jinky Johnstone. Cuentan que en aquel momento es inevitable respirar la leyenda de los Lisbon Lions, de Jock Stein y aquellos once chicos de barrio que pusieron a Europa a sus pies. Describen los vencidos que asistir a un partido en el escenario de los milagros supone todo un desafío personal que atraviesa la barrera futbolística para trascender lo meramente deportivo.

Y en aquellas tierras en las que el ‘passing game’ constituyó el mapa genético del futbol, los ‘The Bhoys’ insuflan con cánticos los pulmones de unos jugadores que demostraron ante el Barcelona que a veces el ‘kick and rush’ puede bastar para obrar milagros futbolísticos.  Que el fútbol puede llegar a ser tan sencillo y tribal como para que con un pelotazo y un saque de esquina doble sus rodillas un poderoso equipo que ha elevado a cotas de perfección el arte del ‘passing game’. Quizás por ello el fútbol sigue siendo tan grande, pues posiblemente sin milagros como el obrado por el Celtic este deporte acabaría hastiando al seguidor, que cansado de ver como gana siempre el poderoso dejaría de acudir al templo de culto de su fe.

En la libreta neuronal en la que los ‘The Bhoys’ anotan los momentos importantes de sus vidas quedará para siempre caligrafiada con la mirada eterna de la épica la victoria ante el Barcelona.  Fraser Forster será recordado como el escudo de armas de una pasión vivida en una tarde de otoño, mientras Wanyama y Tony Watt, eran coronados héroes por una afición incomparable.

Como incomparable es el fútbol británico porque jugar, contemplar, narrar o asistir a un partido disputado en las Islas no tiene nada que ver con el que se pueda desarrollar en cualquier otro punto del planeta. Los maestros escoceses e ingleses fundadores llevan cosida a sus botas la tradición y, el alma de su fútbol no se concibe de otra forma que no sea como un acto de fe y emoción, donde la sumatoria de los momentos vividos con pasión, entusiasmo, optimismo, valor, alegría y determinación hacen de un partido una experiencia plena.

Y aun siendo fiel devoto del fútbol que practica el Barcelona no puedo permanecer ajeno a una visión en la que al fondo Celtic Park abre las puertas de su templo futbolístico a un recuerdo ya inolvidable que quedó retratado en aquellas lágrimas que resbalaron por el rostro de Rod Stewart, que entonando orgulloso la canción “You’re in my heart” (tú estás en mi corazón), pudo contemplar como el hermano Walfrid cerraba su Biblia de bronce para anotar en ella una nueva lección de fútbol y dogma de fe.

Mariano Jesús Camacho