Uruguay 1930, el mundial de Nasazzi

En el mapa genético, en la cartografía del fútbol uruguayo existe un tipo de gen fundamental que define la personalidad enraizada profundamente en todo jugador procedente de aquel pequeño pero enormemente prolífico país. En el celeste curso de la historia del balompié, surgido de la capital que mira de frente al Río de la Plata, sobreviene la figura de aquel que Eduardo Galeano definió como el jugador al que no le pasaban ni los rayos X. El ‘Terrible’, ‘El Mariscal’ Nasazzi, como decía Don Eduardo el molino de viento de todo equipo que defendió, que funcionaba al ritmo de sus gritos de alerta, rezongo y aliento. Primer caudillo del fútbol uruguayo al que nunca nadie le escuchó una queja. Capitán de las selecciones uruguayas del 24, del 28, y sin duda bandera de la selección campeona del mundo en 1930, el primero de la historia disputado en su país, su mundial.

El sueño alado de Rimet

Victoire aux ailes d’or – Copa Jules Rimet

Sobre este primer mundial se podrían rescatar el archivo histórico y documental, también de la memoria, numerosas historias y personajes, por ejemplo hacer referencia al sueño cumplido de Jules Rimet, un sueño por el que había luchado firmemente y que no podría haberse llevado a buen fin si la Asociación Uruguaya de Fútbol, no se hubiera comprometido a correr con todos los gastos, como la travesía y el alojamiento de todos los participantes. A esta circunstancia hubo que sumar el hecho del papel garante jugado por Uruguay, que fue sin duda el país que más se implicó en la realización del sueño del Sr.Rimet. De hecho en Europa solo cuatro selecciones del Viejo Continente -con significativas ausencias como Inglaterra, Italia o España- apoyaron la iniciativa del hombre de las ‘Alas Doradas’ su “Victoire aux Ailes d’Or; la histórica estatuilla de oro macizo, valorada en $40.000, encargada al escultor francés Albert Lafleur que viajó a bordo del buque SS Conte Verde. Navío italiano que partió del puerto de Génova el 21 de junio de 1930 y atracó con la calurosa acogida del Río de la Plata, en el puerto de Montevideo y de sus gentes, casi diez días después.

John Langenus

Se tiene que citar a John Langenus, colegiado y periodista de profesión -trabajaba en el semanario alemán “Kicker” periódico al que mandaba las crónicas nada más finalizar los partidos que él mismo dirigía- que se encargó de dirigir como juez la final disputada entre Argentina y Uruguay. Rescatar la anécdota de que sintió tanto pánico ante la multitud enfervorecida y respecto a su seguridad, que llegó incluso a exigir a la F.I.F.A. un seguro de vida, en caso de perder el seleccionado local. Quizás por ello y ante la presión de 90.000 espectadores decidió dar por finalizado el encuentro seis minutos antes de llegar al tiempo reglamentario, para según diversas fuentes, poner pies en polvorosa y ‘desaparecer’ hacia el puerto de Montevideo. De la misma forma de ese archivo documental extraer otra curiosa anécdota referente al balón con el que se disputó la final, pues ambas selecciones, tanto la charrúa como la argentina habían llevado una fabricada de acuerdo a los criterios de su país, y los dos sostenían que jugarían con la pelota propia. Finalmente en el terreno de juego se decidió con una moneda al aíre que balón se usaría en cada tiempo.

Estadio Centenario y Pocitos

Sin duda se puede y se debe hablar del impresionante Estadio Centenario, construido para la ocasión en tiempo récord en tan solo 9 meses el que se convirtió en el estadio de fútbol de cemento más grande de América. Ajustándose a la veracidad de los hechos hay que dejar constancia de que el 3 de julio se anunciaron el ‘fin de las obras’, aunque con las tribunas América y Colombes apuntaladas y algunas dependencias sin terminar. Finalmente se inauguró -a medio terminar- el 18 de julio de 1930. Justo para aquel mundial en el que también entró en la historia una hoy olvidada estructura de metal que señala el emplazamiento exacto del lugar en el que se encontraba el campo y la portería del legendario Estadio Pocitos de Peñarol, El Field de los Pocitos. Ubicado en el barrio homónimo de la ciudad de Montevideo; recinto deportivo que junto al Estadio Parque Central de Nacional fue utilizado para albergar los primeros encuentros del primer Mundial

Lucien Laurent, primer gol

También el del partido inaugural disputado el 13 de julio 1930 entre Francia y México, que tuvieron el honor de protagonizar un duelo histórico que a las 15:19 horas vivió su momento cumbre para la leyenda. El histórico instante en el que el delantero galo Lucien Laurent -a centro de Ernest Liberati- envió el balón al ángulo de la meta defendida por el guardameta mexicano Óscar Bonfiglio, con una excelente bolea. Un balón imposible que se convirtió en el primer gol de la historia de los mundiales y que llevó la firma del delantero galo que se caracterizaba por jugar con su inconfundible boina rellena de papel y cartón para amortiguar la dureza del balón en los remates de cabeza.

Patenaude, primer hat trick

Tampoco sería justo dejar en el olvido a Bertram Albert Patenaude, futbolista estadounidense que se convirtió en el primero en conseguir un ‘hat trick’ en un mundial. Una gesta conseguida en la tarde del 17 de julio de 1930 en el estadio Peñarol de Montevideo, cuando Patenaude anotó su “hat trick” en la victoria 3-0 sobre Paraguay. Estadísticas no apoyadas por la FIFA, que en cambio atribuyó el primer ‘hat trick’ de la historia a Guillermo Stábile, que hizo tres dianas dos días más tarde ante México. Afortunadamente la FIFA acabó rectificando, quizás demasiado tarde cuando Bert ya no lo pudo disfrutar. De cualquier manera ahí quedó la alborada de un recuerdo, una memoria restaurada, la paz de un gran goleador estadounidense, al que aún se le recuerda por las calles de Fall River.

Guillermo Stábile, ‘el filtrador’

Precisamente sobre la figura de Guillermo Stábile hay que detenerse, pues el ‘Filtrador‘ fue un jugador imponente que brilló de manera especial en aquel mundial. Campeón y goleador, símbolo del Huracán de los años 20 -equipo argentino de la década junto a Boca-, que fue también figura en Europa, tanto en Génova y Nápoles como en el Estrella Roja de París. De hecho de no haberse producido aquella derrota en la final ante Uruguay habría sido el jugador del primer mundial, pues fue el máximo goleador con ocho tantos en un total de 4 partidos. No pudo ser, pero su figura se agiganta con el transcurrir de las manillas por la esfera del reloj, hijo del barrio del Parque Patricios con ascendencia italiana y argentina, su enjuta, delgada y frágil apariencia constituyó tan solo la encarnación del engaño. Stábile, que siempre llevó escudo del Globo en su pecho y en el alma a su selección, fue uno de los más grandes centroforwards de su época y de todos los tiempos. El ‘Infiltrador’ o ‘filtrador’ del área guapeó con precisión pintando trazadas de jugadas y goles entre el bosque de las piernas rudas de aquel primer fútbol en formación.

Pepe Nasazzi y su mundial

De un modo u otro y como ya se adelantó al inicio del reportaje, el amo y señor del Mundial fue José Nasazzi, alma de Uruguay, como ya lo había sido en los torneos olímpicos de 1924 y 1928. El corazón, el pulmón y el latido que los impulsó a dar la vuelta olímpica en el estadio Centenario. Capitán dentro y fuera de la cancha que solía decir: “La cancha es un embudo. Y en la boca del embudo, está el área” Y en el área estaba él, excelente defensa, de gran temperamento, poseía una técnica increíble para marcar, además de utilizar esa técnica para dar juego a sus compañeros. Un gigante cuya capitanía no se limitaba a portar un brazalete, pues era todo un estratega, un hombre con una bravura inigualable, imponiendo respeto pero sin caer en la violencia, un genio en la anticipación, dominador del juego aéreo y del tempo del partido. Capaz de decir la palabra justa en el momento justo, tanto a sus compañeros como al rival. En definitiva un zaguero perfecto y el jefe inigualable.
El chico que llevaba al Bellavista en su corazón, el club de su barrio, el también marmolero y pedrero Nasazzi -profesiones a las que se dedicó hasta que el fútbol se convirtió en su principal cátedra vital- que personificó como nadie al futbolista charrúa, a ese estilo dinástico que le convirtió en referente y llevó a Uruguay a la gloria mundial en cuatro oportunidades. José Nasazzi Yarza, un tipo que en sus comienzos jugó prácticamente en todas las posiciones pero que se consagró como zaguero con la camiseta Celeste de la selección. En la partida de nacimiento del fútbol uruguayo y del primer mundial de la historia Nasazzi, el capitán por excelencia y el único futbolista en recibir una medalla de oro en aquella cita, pues el resto de los campeones mundiales recibieron una de plata y esmalte.
El gran obelisco de la ‘Campana de Uruguay’ que en 1930 puso el colofón a su claro dominio con la conquista de la Copa del Mundo. Aquel mítico equipo formado por: Gestido, Nasazzi, Ballestero, Mascheroni, Andrade, Fernández, Dorado, Scarone, Castro, Cea e Iriarte, que se impuso 4-2 ante Argentina en la final. Aquel tipo del que decía Andrade ‘La Maravilla Negra’: “Difícilmente otro como él tuviera una visión tan completa del partido. Lo que decía José era sagrado para nosotros. ‘Saltá con él’, ‘tiráte a la derecha’, ‘a la izquierda’. Los 90 minutos hablando. Era nuestro capitán, nuestro consejero. Sus palabras, su aliento, hacían de Nasazzi el mejor compañero de todos”.
Un pedazo de la historia del fútbol, la de Pepe Nasazzi y su mundial, el de Uruguay rescatado en estas líneas como horizonte de búsqueda de la memoria, cuyo precio es el impagable de la historia, de lo irrepetible, de la dignidad de su recuerdo…

Fotos: Cartas Esféricas

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