Cali, domingo 30 de mayo de 1976, estadio Pascual Guerrero, quinta fecha de la segunda vuelta del Torneo ‘Apertura’ del fútbol colombiano. Deportivo de Cali y Santa Fe pelean por los puestos de privilegio, el equipo caleño es segundo y Sta.Fe tercero. El argentino Ricardo César Ruiz Moreno, pone en ventaja a Dpvo. y en el tramo final de la primera mitad José Antonio Tébez sitúa la paridad para el conjunto ‘Cardenal’.

Posteriormente a raíz de la expulsión de Oswaldo Calero, previa agresión al santafareño Luis Leonardo Recúpero, el técnico charrúa que dirige los designios técnicos del conjunto caleño se retira a los vestuarios, donde permanece durante unos minutos para luego reaparecer y reordenar a su equipo. Son las 17:57 de la tarde cuando en el banco técnico del Deportivo la figura legendaria de su entrenador se desploma víctima de un fulminante ataque cardíaco. De inmediato es auxiliado por Walter Colazos, gerente de la entidad. La ambulancia se demora unos minutos esenciales y rescata al entrenador en la puerta de maratón del estadio Pascual Guerrero. Del costado sur del estadio parte sin prácticamente hálito de vida hacia el Hospital Universitario Evaristo García, donde los esfuerzos médicos de los doctores Luis Carlos González, Óscar Bolaños y Camilo Reginfo, resultan inútiles. Su deceso se confirma hacia las seis y media de la tarde.

En aquel momento la consternación se apodera del fútbol colombiano y el pesar del fútbol sudamericano se hace patente al conocer la partida de Washington “Pulpa” Etchamendi, uno de los mejores y más sabios entrenadores de su generación, que como no podía ser de otra manera se dejó la vida en un campo de juego, espacio que para el charrúa siempre fue escenario metafórico de las calles de su barrio.

Un entrenador cuya vasta cultura de la calle, las letras y la vida, se arremolina en el arrabal de su personalidad arrolladora, porque en su mirada, en sus frases que siempre fueron diabólicas sentencias, quedan perfilados los portales viejos y sucias fachadas que destilan la sabiduría del pueblo. Por ello el concepto de futbolista para el “Pulpa” era el siguiente: “Al jugador lo quiero atrevido, acorazado, con las durezas de la vida callejera, irrespetuoso con la pelota y con toda la inventiva del vivo… Los quiero salidos de los barrios más humildes, de esos que alguna vez han tenido hambre de verdad y que por eso conocen el valor de ganarse un bocado. Con esos, no perdés nunca. Los que no tuvieron un colchón blando, ¿sabés cómo defienden una frazada?”

La sabiduría de aquel que un 2 de marzo de 1919 nació en Soto, hoy pequeño pueblito de Paysandú y creció en el barrio montevideano de la Aguada, del que cuentan tuvo que ensanchar sus aceras para dar cabida a las ocurrencias del “Pulpa”, el sabio de la Aguada. Un niño que soñó con la jugada imposible y por ello comenzó a ser apodado irónicamente “Pulpa” en referencia a Raúl Rodríguez, ídolo de Nacional. Un joven que desempeñó numerosos oficios, en una barraca de lana, de lavaplatos en un hotel, de canillita… Aquel que quiso ser balón pero acabo siendo profesor de la vida y educador de la pelota, pues una grave lesión en la rótula puso punto y final de forma prematura a su sueño de llegar a ser jugador profesional en las filas de Wanderers.

Y envuelto en el traje anónimo de la calle, donde las paredes tienen orejas y consciente de que para un elevado número de personas sus orejas tienen paredes, se dispuso a llevar una misión docente desde los banquillos. Con la vasta sapiencia del barrio por bandera pero innegociablemente apoyado por la ecléctica lectura de un inconformista que devora ávidamente a Zolá, Víctor Hugo, William Faulkner o Galeano.

El “Pulpa” dejó la imborrable huella de su empírica picardía callejera por muchos equipos, iniciando su andadura en las filas de Colón, dirigiendo también a Canillitas, Progreso, Defensor Sporting, Liverpool de Uruguay. A Unión de Santa Fé y Los Andes, en Argentina, luego a su regresó a su país natal a Cerro, Bella Vista, Nacional y por un breve periodo a Montevideo Wanderers. Dirigió también a la selección nacional del Paraguay y al León de México para finalizar su visceral forma de vivir y transmitir su concepto del fútbol en Cali, donde se dejó la vida a un costado de la cancha.

En todos y cada uno de los equipos por los que pasó se le recuerda pero de forma y manera muy especial en Nacional, donde consiguió una identidad y unión monolítica que llevó a los Albos a grandes conquistas. Logró salir campeón de Liga en tres ocasiones, en 1970, 71 y 72, y campeón de la Copa Libertadores e Intercontinental en 1971. Su arrolladora personalidad vistió incesantemente de anécdota su carrera,  el “Pulpa”, solía decir a los jugadores de Nacional antes de los clásicos: “Ya saben. A estos hay que ganarles y, si pueden, con un gol de penal en los descuentos… ¡así se van bien calientes!”

En Nacional la leyenda trepa cual madreselva por el recuerdo de su figura legendaria, cuentan que en una gira de Nacional por España, el embajador y expresidente de Uruguay Pacheco Areco, que les ofreció un banquete de recepción, se dirigió a Etchamendi en estos términos: ¿Cómo le va? ¿Cómo está el Uruguay? y el “Pulpa” respondió: “Cómo quiere que este como UD lo ha dejado, con la del 18 de julio teniendo que agachar la cabeza en cada esquina para esquivar a las balas”

En el año 72, Peñarol encontró en el rosarino Castronovo el elemento idóneo para establecer la diferencia y romper la hegemonía de Nacional. Aquel que era apodado el “Perro” firmó una imparable racha goleadora incluyendo dos goles en un clásico de pretemporada. Cuentan que entonces el “Pulpa” le consiguió una “novia” en Pocitos para ‘distraerle’ de su implacable voracidad goleadora, pero como no logró su objetivo, recomendó al delantero de Peñarol al Málaga, conjunto que acabó adquiriendo al punta aurinegro. Nacional fue campeón, con los goles de Mamelli y Artime. Precisamente este último ejerció de transmisor de muchas de las anécdotas que moldearon la leyenda del sabio de La Aguada.

Contó Artime que en una ocasión se dirigió en los siguientes términos a Luis el “Peta” Ubiña: “Peta, usted ya no es el mismo de antes… Lo tiró tres veces a su wing y el tipo todavía sigue respirando” También en un partido Calcaterra, recibió una pelota franca y en clara ventaja para hacer gol pero falló clamorosamente. Entonces en el vestuario, el “Pulpa” Etchamendi se dirigió a él con aquella sorna que le caracterizaba: “¿Qué le pasó?”. Y Calcaterra le contestó: “La verdad es que no esperaba la pelota…” El “Pulpa”se calentó: “¿Y qué esperaba? ¿Qué cosa esperaba en el área? ¡¿Que cayera un boniato en vez de una pelota de fútbol?!”

En otra ocasión al terminar el primer tiempo de un partido de Nacional, se dirigió de forma grave a Montero Castillo: “¡Mudo, le dije que se volcara a la izquierda y no me hizo caso, miro para ahí y hace rato que no lo veo!”. Castillo le respondió: “Pero, ‘Pulpa’, ¡si hace 20 minutos que me echaron!”. Y el técnico puso colofón a la conversación con la siguiente perla: “¿Ve como tengo razón en lo que le estoy diciendo?”

Un día de lluvia,  un jugador del primer equipo tricolor se ausentó del entrenamiento y a la siguiente jornada delante de todos los compañeros le recibió cantando “la otra tarde vi llover vi gente correr y no estabas tú “  Sin el más mínimo concepto de racismo aflorando en su interior, sino con su habitual forma de expresarse y motivar a los suyos solía decir: “Arquero y back derecho negro, ¡no! En EE.UU. los basquetbolistas son unos fenómenos porque tienen manos flexibles, parecen de goma! ¡Y el golero tiene que tener las manos de fierro! Además, a los morochos les gusta la cumbia, se mueven con plasticidad, son muy alegres… y ahí atrás, se precisa gente dura y seria!”

Hastiado por la tendencia general del fútbol y el mundo hacia un concepto cada vez más encorsetado y defensivo, quiso dejar claro su punto de vista con esta genial frase: “En el mundo cada vez hacen más falta dos cosas: ¡democracia y delanteros!” Del mismo modo y cuando el legendario Racing de Avellaneda del 67 de Juan José Pizzuti le sorprendió gratamente por su fútbol ofensivo y alegre declaró: “Pizzutti  los manda a todos al ataque porque es soltero; ¡si fuera casado y con tres hijos jugaría muy diferente!”

Los periodistas jamás se aburrieron con el “Pulpa” que regalaba titulares en cada comparecencia publica pues tenía un concepto único del fútbol y la vida. En una oportunidad, cuando le reprocharon que firmara a un gran jugador pero complicado como persona, el “Pulpa” se defendió diciendo: “Dónde está el problema, si yo no lo quiero para hermano ni para yerno. Yo lo quiero para que esté los domingos de tres a cinco de la tarde en la cancha, haciendo goles…”

Genio y figura en referencia a la forma de ser del uruguayo guardaba una peculiar visión en el amplio repertorio que escondía bajo la chistera de su afilada genialidad: “¿Saben cuál es el problema uruguayo?, que todos somos muy vivos. Habría que traer dos o tres camiones de bobos y mezclarlos, a ver si conseguimos mejorar la especie”.

Por todo ello, por su personalidad, su sapiencia, por el néctar exquisito de su buen humor y su forma de ver la vida considero al “Pulpa” como uno de los personajes inmortales del fútbol. Un hombre que hizo conocer el mundo a su manera, con el fruto redondo que germinaba del árbol de su experiencia. Y aunque ya partió hace 46 largos años, su sapiencia y sus inmortales frases jamás serán devoradas por el olvido. Un personaje así merecía una Carta Esférica pues que yo sepa, Washington “Pulpa” Etchamendi, el sabio de La Aguada, sigue en las calles recitando chispazos de genialidad.

Fuentes:

http://www.cuentosdelapelota.com.

http://www.arcotriunfal.com

Diario “El País” de Uruguay

Mariano Jesús Camacho