En los años setenta legiones de futbolistas sudamericanos llegaron al fútbol español acogiéndose a la polémica y controvertida normativa de los oriundos. La picaresca española utilizó entonces esta pequeña triquiñuela legal para saltarse la ley de forma encubierta. Fue entonces cuando una serie de personajes muy cercanos al Lazarillo de Tormes o los Rinconete y Cortadillo de Cervantes intentaron sobrevivir a la época y salieron a la luz en el fútbol español en la citada década.

Pura “Novela picaresca”, una trama llevada a cabo por la sutil y avezada picaresca de estos personajes capaces de sacarse de la manga genealogías imposibles extraídas supuestamente de hipotéticas fuentes orales y documentales de una de las ciencias auxiliares de la historia. A partir de aquí comenzaron a salir a la luz una serie de rocambolescos casos que destaparon un engaño de grandes proporciones. Estos avezados personajes (agentes o intermediarios del los futbolistas o los clubes) aprovechaban un arco de edad elevado para elegir al familiar directo. Fue lo que se llamó ancianidad del progenitor, un recurso con el que jugaban con la importante baza del más que posible fallecimiento del mismo.

La trama llegó tan lejos que de entre los muchos engaños destacó el caso de tres futbolistas: Diarte, Cabrera y Leguizamón, tres ‘hermanos’ paraguayos. Y es que a los protagonistas de esta Novela picaresca en toda regla se les pasó por alto que Antonio Martínez Rubalcaba, un español emigrante en Paraguay, contaba con 54 años de edad y vivía ajeno a todo en Asunción, donde era propietario de una planta industrial gráfica.

Don Antonio se quedó de piedra cuando fue informado sobre el hecho de que Carlos Martínez Diarte (Zaragoza, Valencia, Salamanca y Betis), un goleador de clase con el apelativo de Lobo; Diomedes Martínez Cabrera (Elche) y Luis Óscar Martínez Leguizamón (Barcelona, Sant Andreu, Valladolid y Calvo Sotelo de Puertollano) eran vástagos suyos surgidos por obra y gracia del Espíritu santo.

Paradójicamente gracias a este hecho delictivo encubierto, el fútbol español pudo disfrutar entre otros de la presencia y el juego de Carlos Martínez Diarte, un número nueve que dejó su impronta y sello futbolístico por los campos españoles. Nacido un 26 de enero de 1954 en Asunción (Paraguay) “El Lobo” Diarte, era un guaraní de raza y espíritu al que su compañero en el Olimpia, Mario Rivalora, colocó el citado apelativo porque en su zancada larga y rápida, residía la mitología de Tupá, también Ñamandú, el susurro huracanado de los vientos originarios, más en su salto y poderoso remate de cabeza se manifestaba el Ñanderú, el gran corazón del primer Padre.

Carlos nació para el fútbol en Asunción  y se consagró en la punta de ataque en el Olimpia, club en el que debutó tan solo con 16 años. El joven Diarte se curtió en mil batallas y acostumbrado a competir con chicos mayores desarrolló su poderoso físico y su zancada. Tras triunfar en el Olimpia de Asunción, y protagonizar aquella historia con la que inicié el texto firmó por el Zaragoza en el invierno del 74. El conjunto maño pagó por él siete millones de las antiguas pesetas y su llegada en enero de aquel año propició la formación de los Zaraguayos, un grupo de futbolistas paraguayos que dirigidos por Luis Carriega dejaron un buen recuerdo en la ciudad aragonesa.

Diarte, Arrúa, Soto y Ocampo formaban parte de aquellos Zaraguayos entre los que brilló de forma especial la pareja que constituyeron Arrúa y “El Lobo” Diarte. Juntos aunque no consiguieron ningún título, lograron las mejores clasificaciones en la Liga: 3º y 2º puesto en las temporadas 1973/1974 y 1974/1975, respectivamente y el 25 de junio de 1976 disputaron en el Santiago Bernabéu la final de Copa ante el Atlético Madrid, pero cayeron ante los rojiblancos por 1-0.

Posteriormente en 1976 se marchó al Valencia, donde formó parte de una delantera de lujo junto al argentino Mario Alberto Kempes y el holandés Johnny Rep. Aunque logró con la camiseta valencianista la Copa del Rey de 1979 ante el Real Madrid y comenzó como un tiro haciendo once goles en siete partidos, una dura entrada de Jaén –defensa del Sevilla- condicionó su trayectoria como valencianista.

La lesión le pasó factura y en la temporada 79/80 se marchó al Salamanca, donde dejó grandes recuerdos poco antes de firmar por el Betis, conjunto en el que llegó a disputar la Copa de la UEFA junto a futbolistas de la talla de Biosca, Cardeñosa y Morán. El atacante asunceno militó en el Betis entre 1980 y 1983, año en el que se marchó al fútbol francés para enrolarse en el Saint-Étienne hasta 1985.

Tras su retirada regresó a su país para comenzar una dilatada carrera técnica en Olimpia de Asunción, carrera a la que tuvo que poner fin de manera brusca cuando la enfermedad se cruzó en su camino cuando dirigía a la selección de Guinea Ecuatorial.  El cáncer se cebó con su poderosa figura y aunque acabara venciéndole en el plano físico, jamás pudo con aquella alma guaraní que ardía en su interior. Sus palabras, sus últimas declaraciones así lo certifican, “Soy un guerrero, el Lobo nunca se rinde”, declaró el pasado febrero al diario valenciano Superdeporte. “El fútbol lo tengo pegado a los talones y me sube por el corazón”, declaraba también al diario El País.

Ahora que su alma pulula libre haciendo escala esférica entre Asunción, Zaragoza y Valencia, quisiera recordar su leyenda, fútbol, vida y anécdota. En el fútbol un nueve puro; en la vida una persona de buen fondo con grandes inquietudes estéticas, profundo admirador de la poesía y la generación del 27, (registró cerca de doscientas obras, entre poemas cortos y narraciones, en la propiedad intelectual de Valencia) e incluso cantante, campo en el que también hizo sus pequeños pinitos; y en la anécdota personaje directo e indirecto de la novela picaresca española que se vivió en el fútbol español con la normativa de los oriundos.

Conocido por todos como Carlos “El Lobo” Diarte”, y recordado a partir de hoy por el que suscribe estas líneas como “Ñanderú, el de corazón grande”, un guaraní enérgico, guerrero y cazador.

Mariano Jesús Camacho